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Full text of "La cuestion palpitante"

OBRAS COMPLETAS 

DE 

EMILIA PARDO BAZÁN 

TOMO I. 



LA CUESTIÓN PALPITANTE 




OBRAS DE LA AUTORA 

NOVELAS 
Pascual López , 3. a edición , un vol. 
Un Viaje de Novios, 3. a edición, un vol. 
La Tribuna, un vol. 

La Dama joven, un vol. (Edición ilustrada. Agotada.) 

El Cisne de Vilamorta, un vol. 

Los Pazos de Ulloa, dos vol. (Acotada.) 

La Madre Naturaleza, dos vol. (Idem.) 

Insolación, un vol. (Edición ilustrada.) 

Morriña, un vol. (Edición ilustrada.) 

Una Cristiana, un vol. 

La Prueba, un vol. 

CRÍTICA É HISTORIA 
San Francisco de Asís (siglo xm), 2. a edición, dos 
volúmenes. 

La Cuestión Palpitante, 4. a edición, un vol. (3 pe- 
setas.) 

La Revolución y la Novela en Rusia, 2. a edición, 

un vol. ( 5 pesetas.) 
De mi tierra (Galicia), un vol. (5 pesetas.) 
La Leyenda de la Pastoriza, opúsculo. (Agotada.) 
Estudio crítico sobre Feijóo, un vol. (Agotada.) 

LOS PEDAGOGOS DEL RENACIMIENTO, OpÚSCUlo. 

El Padre Luis Coloma. (Biografía y estudio crítico.) 
Pedro Antonio de Alarcon. (Biografía.) 

VIAJES 

Mí Romería, un vol. (2,50 pesetas.) 
pie de la Torre Eiffel, un vol. 
.¿ Francia y por Alemania, un vol. 

POESÍAS 
Jaime (poema), un vol. (Agotada.) 

EN PRENSA 

(En Madrid en castellano y en Nueva York en ingles.) 

La Piedra Angular. (Novela.) 

Los Pazos de Ulloa. (Id., segunda edición.) 

La Madre Naturaleza. (Id., id.) 



EMILIA PARDO BAZÁN 

OBRAS COMPLETAS. — TOMO I 



LA 




CUARTA EDICIÓX 




Es propiedad de la autora. 
Queda hecho el depósito 
que marca la ley. 



PROLOGO DE LA CUARTA EDICION 



ebe de ser muy parecida la impresión 



JLy que produce el reeditar un libro hace 
tiempo agotado — sobre todo un libro como 
éste, de tan viva polémica — al sentimiento 
que se despierta en el alma cuando abrimos 
un cajón atestado de correspondencia anti- 
gua, donde yacen apagados y mudos los 
viejos afectos, los viejos intereses y las vie- 
jas tribulaciones. Con melancólica sorpresa 
escarbamos en las cenizas, releemos cari- 
llas y más carillas, y el pasado renace una 
hora, j Cuan bien discernimos entonces los 
yerros ajenos y propios! ¡ Cuan disculpable 
engreimiento nos domina al advertir quizás 
que no en todo errábamos , que por ventura 
la experiencia de hoy corrobora las previ- 
siones de ayer! 

Al repasar las hojas de La Cuestión Pal- 
pitante, antes de resolverme á reimprimir- 




6 



EMILIA PARDO BAZÁX. 



la al frente de mis Obras completas , noto 
más deficiencias en la composición del libro 
que diferencia entre mis ideas estéticas de 
entonces y las de ahora.— Si intentase corre- 
gir ó refundir , tendría que añadir mucho, 
sinvariar esencialmente nada. Como que en 
realidad, la discutida, combatida, asende- 
reada y— perdóneseme la afirmación— leidí- 
sima Cuestión Palpitante, no fué catecismo 
de una escuela, según erradamente creye- 
ron los que la vieron con ojos maliciosos ó 
descuidados, sino exposición de teorías que 
aquí se habían entendido al revés , con saña 
y reprobación tanantiliterarias como ciegas, 
y ensayo de crítica de esas mismas teorías, 
sin pasión ni dogmatismo. Hoy, que se ha 
serenado el cielo, cualquiera que se tome el 
trabajo de repasar las hojas de mi libro verá 
que no es tal Biblia del naturalismo, (así le 
llamaba, en chanza probablemente, cierto 
sapientísimo historiador), sino una tentativa 
de sincretismo, tan batalladora en la forma 
como serena y tolerante en el fondo. 

No diré que no se hayan modificado poco ni 
mucho mis ideas estéticas desde 18S2, fecha 
en que insertaba La Época mis artículos 
titulados La Cuestión Palpitante. Se han 
modificado, ó, mejor dicho, han devenido, 



LA CUESTIÓN PALPITANTE. 



7 



de un modo tan orgánico y natural como el 
íruto sobre el árbol. La raíz y tronco no po- 
dían mudar ni mejorar: lo afirmo, precisa- 
mente porque estos principios inmutables 
é inmejorables en que se basa mi estética, 
ni me pertenecen ni pertenecen á nadie 
en propiedad exclusiva: son á la critícalo 
que el método experimental á la ciencia : el 
fundamento , la base, el báculo para caminar 
y no caerse : desde ellos se puede lanzar el 
juicio á otras regiones ; sin ellos no se va á 
ninguna parte. Y por su misma fecundísima 
amplitud es por lo que , sin renegar de ellos, 
puede el espíritu ir cambiando suavemente 
su primitiva orientación, en busca de hori- 
zontes cada vez más anchos, de mayor ar- 
monía y totalidad artística y humana. Com- 
pletarse sin desmentirse, es tal vez el ideal 
del pensamiento. 

Sobre todo lo que aquí indico en cifra, 
y sobre otros diversos puntos de vista que 
me sugiere La Cuestión Palpitante releída 
hoy, podría yo, claro está, intercalar diser- 
taciones que cuadruplicasen el texto primiti- 
vo , y refundir y variar éste, hasta dejarlo 
como nuevo. Podría también llenar vacíos, 
que reconozco y lamento, y extenderme en 
completar el boceto ligerísimo que tracé 



EMILIA PARDO BAZÁN. 



de la novela europea. La omisión más evi- 
dente en La Cuestión Palpitante es la de 
la novela rusa : omisión doblemente perju- 
dicial, porque no es sólo laguna en la eru- 
dición, sino algo peor, supresión de un lado 
entero de la cuestión misma, que completa, 
[repara, ensancha, rectifica, explica el otro, 
representado por la novela francesa , y úni- 
co á que en el presente libro atendí. Ver- 
dad es que, si mío fué el agravio, el des- 
agravio mío fué también. Era en España la 
moderna novela rusa, de tan profundo sen- 
tido y capital importancia, mucho más des- 
conocida en 1887 que la francesa en 1882, 
cuando me arrojé á exponer en el Ateneo su 
desarrollo, carácter y significación, logran- 
do por primera vez allí y en la prensa alguna 
resonancia los nombres exóticos de Gogol, 
Tolstoy, Dostqyeuski, Turguenef, Chedrine, 
y demás astros del realismo ruso Hoy el 
público español está casi familiarizado con 
esos nombres ilustres, especialmente con el 
del granTolstoy; y como mis tres lecturas en 
el Ateneo sobre La revolución y la novela 
en Rusia forman un grueso tomo, me sería 
fácil.... hasta la ignominia , rellenar La 
Cuestión Palpitante con noticias de un 
asunto que tan conocido tengo. Ni tampoco 



LA CUESTIÓN PALPITANTE. 



9 



me parece arco de iglesia añadir á las pági- 
nas dedicadas á la novela rusa otras suple- 
mentarias, donde más ó menos analíticamen- 
te se estudiase el realismo italiano, el belga, 
el inglés, el sueco, noruego y dinamarqués, 
el yankee, y unas miajillas el alemán — que 
apenas existe.— Revistas , periódicos, cartas 
y libros he recogido en los ocho años que 
transcurrieron desde la publicación en tomo 
de mis cartas á La Epoca, donde tengo alma- 
cén más que suficiente para extraer materia- 
les y tapar esos huecos, que soy la primera 
en notar y reconocer. Y en cuanto á nuestra 
novela nacional, ¡qué de páginas podría 
suplir quien se propone historiarla en plazo 
no muy remoto, y quien ya tiene escritas 
sobre un sólo novelista de los de primera 
línea, Pedro Antonio de Alar con, más de 
doscientas páginas! 

Á dos razones he mirado para no añadir 
párrafo ni línea ni quitar coma ni punto de 
La Cuestión Palpitante. La primera y prin- 
cipal, que este libro posee cierto carácter 
histórico; que señala y encarna, por decirlo 
así, un momento, una fase de las ideas estéti- 
cas en España , y que valga poco ó nada , sea 
intrínsecamente bueno, mediano ó malo de 
remate , es lo que es, y perdería todo su ser 



10 



EMILIA PARDO BAZÁN. 



con la menor alteración, reforma ó embe- 
llecimiento que en él introdujese su propia 
autora. -La segunda razón , de orden menos 
elevado y más práctico , es que, desde hace 
un año que se agotó enteramente el libro, na 
han cesado de pedirlo en librería , y como 
supongo que mis amables y constantes lecto- 
res de América y de España lo que solicitan 
es aquella misma Cuestión Palpitante de 
antaño , juvenil y belicosa, la que ocasionó 
el gasto de tantos frascos de tinta, no veo 
con qué derecho les he de dar, en vez de la 
que piden, otra obra, que, víctima déla 
transformación tan funesta á la beldad feme- 
nil, hubiese perdido la esbeltez y viveza de 
los pocos años, engruesando y presentándo- 
se repleta y madura. 

Quédese, pues, para su lugar el estudio 
completo sobre la novela española; aguar- 
den á que yo publique un tomo de Polémi- 
cas literarias los varios artículos, que es- 
cribí en apología ó defensa de las ideas ver- 
tidas en La Cuestión Palpitante,— con algo 
más que no quisiera se me pudriese dentro, 
—y salga el libro sin más aditamentos ni co- 
mentarios que las sucintas indicaciones si- 
guientes , que son en cierto modo su hoja 
de servicios. 



LA CUESTIÓN PALPITANTE. 



I I 



La edición que hoy ofrezco al público , es 
la cuarta. Apareció la primera en La Epoca, 
en el invierno de 1882 á 1883 ; la segunda, á 
mediados de 1883, en un tomo delgadillo, de 
apretada letra y ningún garbo bibliográfico; 
la tercera, en 1886, en lengua francesa, ver- 
sión de Alberto Savine y edición de la casa 
Giraud. La cuarta es la que tienes en tus 
manos, lector benévolo. 

Cuando, después de haberse publicado en 
La Epoca, se reimprimían para formar tomo 
mis artículos de La Cuestión Palpitante, el 
Sr. D. Daniel López, paisano mío y por mí 
encargado de la edición,— pues yo me halla- 
ba en la Coruña,— me manifestó en carta 
particular que nuestro común amigo el señor 
D. José Rodríguez Mourelo le participaba 
que el Sr. D. Leopoldo Alas (Clarín), se 
brindaba espontáneamente á encabezar con 
un prólogo el libro. Aceptada la oferta, aña- 
dióse el prólogo con distinta numeración 
(por estar la tirada bastante adelantada ya). 
Este prólogo no figura en la traducción fran- 
cesa, la cual lleva en cambio uno del traduc- 
tor Alberto Savine, que también he incluido 
ahora. 

No es factible que yo recuerde todos los 
artículos de controversia de que fueron cau- 



I 2 



EMILIA PARDO BAZÁN. 



sa ocasional (no me atrevo á decir ni á pen- 
sar que eficiente) los míos de La Cuestión 
Palpitante. En la conciencia de todos los 
que leen y siguen con atención el movimien- 
to literario está el que pocos libros de críti- 
ca habrán movido aquí tal oleaje de discu- 
sión ; y en la mía está el no envanecerme de 
un resultado que tuvo gran parte de circuns- 
tancial y adventicio , puesto que no lo consi- 
guen libros escritos con más ciencia y refle- 
xión, y fruto de más laboriosas vigilias. En 
la imposibilidad de catalogar adhesiones, 
impugnaciones, elogios, ataques, injurias, 
todo cuanto en la prensa diaria puede servir 
como de termómetro para apreciar si una 
obra se lee con interés, nombraré tan sólo los 
libros ó trabajos un poco extensos que llega- 
ron á mi noticia, y cuya publicación fué con- 
secuencia de la de mi Cuestión Palpitante. 
— Tres volúmenes tengo á la vista. Titúlase 
el primero en fecha lo mismo que el mío : La 
Cuestión Palpitante, y lleva de subtítulo: 
Cartas d la Sra. Doña Emilia Pardo Ba- 
san, por J. Barcia Caballero ; 188-L— El se- 
gundo: La novela moderna, cartas críticas, 
por Juan B. Pastor Aicart, 1886. —El terce- 
ro \Apuntes sobre el nuevo arte de escri- 
bir novelas , por Juan Valera, 1887.— Y sin 



LA CUESTIÓN PALPITANTE. 



x 3 



formar tomo, pero con extensión bastante 
para dar de sí un más que mediano folle- 
to , hago memoria de otros tres trabajos ó 
series de artículos : El naturalismo en la 
novela, monografía por D. Manuel Polo y 
Peyrolón; los Estudios del presbítero señor 
Díaz Carmona, publicados, si no me equivo- 
co, en la Revista La Ciencia cristiana; y 
los varios artículos de Luis Alfonso, que 
La Epoca dió á luz como triaca del veneno 
destilado en los míos.... Ya sé yo que ni el 
muy discreto director de La Epoca, niel 
muy entendido crítico, se formalizarán por 
esto de la triaca; máxime cuando les consta 
que yo tengo del diario conservador la idea 
que merece en cuanto á amplitud y finura 
de gusto literario, cuestión en que podría 
dar lecciones á diarios más avanzados en 
ideas políticas. 

Á los artículos del Sr. Alfonso, que se pu- 
blicaron casi pisando la cola del traje á los 
míos, respondí en tiempo y sazón conve- 
nientes.— El libro de D. Juan Valera comien- 
za en estos renglones, que forman parte de 
la dedicatoria á D. Pedro Antonio de Alar- 
con : « Mi querido amigo y compañero : Años 
ha que me dedicó V. un tomo de sus obras. 
Desde entonces deseo darle muestras de mi 



EMILIA PARDO BAZÁN. 



gratitud y pagar el obsequio, hasta donde 
esté á mi alcance , dedicándole algún escrito 
mío. Por desgracia, la esterilidad de mi in- 
genio y mi pereza, que siempre fueron gran- 
des, han ido en aumento con la vejez. Nada 
he escrito en mucho tiempo. Ha sido menes- 
ter para que yo escriba, como quien des- 
pierta de prolongado sueño, que nuestra en- 
tusiasta amiga Doña Emilia Pardo Bazán se 
declare naturalista, y que yo lo sepa con 
sorpresa dolorosa '.» Las 286 páginas de gra- 
ciosa , intencionada y erudita impugnación 
que siguen á este aserto, me hubiesen dado 
á mí, si se publican el año de 1884, tela para 
otro volumen. Mas del 86 al 87, corridos 
casi cinco años desde los artículos de La 
Cuestión Palpitante, el instinto me decía 
que era pasada la hora de la escaramuza de 
vanguardia, y que ya no podía yo, ni desde 
afuera ni desde adentro, situarme en la mis- 
ma posición de los primeros días del com- 
bate. Responder á Valera era tentador y 
honroso, y lucido y hasta divertido para mí; 
entre otras razones , por ser el autor de 
Pepita Jiménez , además de persona tan sa- 

» D. Juan Valera, ausente entonces de España, tuvo cono- 
cimiento de mi libro por la traducción francesa. 



LA CUESTIÓN PALPITANTE. 



I : 5 



bia y exquisita, hombre de educación social 
selecta, con quien se puede cruzar el acero 
en honrosa lid, sin temer que suelte el flo- 
rete y esgrima el garrote del villano ó el 
cuchillo cachicuerno del rufián ; y si no res- 
pondí, á pesar de la bondad con que el mis- 
mo Valera me incitaba á ello, fué sólo por 
creer que no había pájaros en los nidos 
de antaño; que para rehacer La Cuestión 
Palpitante era tarde ya. No renuncio , sin 
embargo, á decir algo del libro de Valera 
en el tomo de Polémicas literarias ; mas no 
en tono de quien responde á una impugna- 
ción, sino de quien examina un libro digno 
de examen, y mira dentro de sí para averi- 
guar, á la vuelta de ocho años, en qué sigue 
disintiendo de su impugnador, y en qué pun- 
tos vino á coincidir con él \ 

Dos veces tuvo ocasión el gran novelista 
y original y poderoso crítico francés Emilio 
Zola de manifestar opiniones muy lisonjeras 
para La Cuestión Palpitante, que leyó tra- 
ducida ; opiniones que , por proceder de per- 
sona sincera y franca hasta la rudeza, adquie- 
ren doble valor. No obstante, yo titubearía, 

» También merece ser citada, entre las impugnaciones del 
nuevo estilo de comprender el arte, la de D. Antonio Cánovas 
del Castillo, en El solitario y su tiempo. 



EMILIA PARDO BAZÁN. 



recelando colocar al frente de esta reimpre- 
sión de mi libro palabras del pontífice natura- 
lista , si algunas de estas palabras no fuesen 
cabalmente, en vez de banderín y enseña 
que me afilie á escuela determinada , explíci- 
ta declaración de que Zola— más perspicaz 
que la inmensa mayoría de mis compa- 
triotas, que no se hartan de llamarme secta- 
ria naturalista — ve en mí á un disiden- 
te ó heterodoxo, y se da cuenta exacta del 
abismo que media entre mis ideas filosóficas 
y religiosas y las suyas, aunque no se de- 
tenga (ni era cosa de que se detuviese) á 
explicarse mi fórmula, que considero más 
ancha y larga, y por lo tanto más humana, 
que la suya...., dicho sea con todo el respeto 
que merece el insigne poeta épico de Germi- 
nal, y todo el convencimiento de mi insig- 
nificancia absoluta y relativa , porque uno 
son las ideas y otro el que las sostiene y 
propugna, y aquí Dios ha dispuesto que la 
mejor causa tenga el peor paladín.... Ni pa- 
ladín siquiera.... ¡Una Clorinda , armada de 
punta en blanco !.... 

Emilia Pardo Bazán. 



PRÓLOGO DE LA EDICIÓN FRANCESA 



El libro de la Sra. Pardo Bazán que hoy 
ofrecemos al público bajo distinto título 
del que lleva en la edición española , me pa- 
reció , desde que por primera vez lo leí, dig- 
no de pasar al idioma francés. Personas de 
muy diversas procedencias y escuelas lite- 
rarias me impulsaron luego, confirmando 
mi propósito, á traducir esta obra. 

Decíanme unos que es muy curioso cono- 
cer la opinión formada en el extranjero so- 
bre un movimiento de origen francés ; otros 
esperaban encontrar en este libro nueva lux 
que iluminase sus teorías predilectas. Ren- 
díme á sus razones, y me resigné una vez 
más al desairado papel de traductor. 

Doña Emilia Pardo Bazán se cuenta en el 
número de los primeros autores peninsula- 
res. En pocos años ha tratado asuntos muy 
varios : novela, crítica, historiografía, his- 



i8 



EMILIA PARDO BAZÁX. 



toria literaria , hagiología, crítica científica. 
Sus dotes más preciosas de escritor son sin 
duda alguna la admirable claridad de la in- 
teligencia, la soltura y brillantez del len- 
guaje, y el nervio y color del estilo. 

La mayor parte de las teorías que esta 
autora propaga en España, tienen origen 
francés 1 ; pero cumple añadir que en 1883 
no carecía de mérito el emprender su expor- 
tación á España, y que, tratándose de una 
dama, el mérito se duplica. Y es fuerza agre- 
gar que bastantes ideas de La Cuestión Pal- 
pitante no le deben nada á nadie : pertene- 
cen á la escritora española. 

La Sra. Pardo Bazán capitanea, en efec- 
to, una escuela literaria: su naturalismo 
católico no puede apoyarse en las mis- 
mas bases en que descansa el de Emilio Zo- 
la, y por eso nuestra colega transpirenáica 
otorga gran importancia á problemas que, 

« En este mismo prólogo vera el lector que la parte de mi 
obra donde mostré que no aceptaba la teoría francesa sino 
sub conditione , forma nada menos que tres capítulos, que el 
traductor suprimió, encontrándolos excesivamente teológicos. 
Por lo demás , esta apreciación de mi traductor respecto al 
origen francés, puede aplicarse á todos los grandes movimientos 
estéticos de la edad moderna en España , al clasicismo del siglo 
pasado y al romanticismo de éste. Así lo reconoce Valera en 
sus Apuntes sobre el nuevo arte de escribir novelas. 



LA CUESTIÓN PALPITANTE. 



19 



en Francia, nadie examinó hasta el día, y 
que no obstante preocupan á ciertos críti- 
cos, en especial á un numeroso grupo de es- 
critores y periodistas católicos. En ese gru- 
po, de que formé parte un tiempo, donde 
conservo amigos, y, naturalmente, poseo 
adversarios, el naturalismo científico de la 
escuela de Medan no corre sin enmienda. Y 
esta hueste cristiana, que por sus aficiones 
literarias se siente inclinada á ingresar en la 
brillante pléyade de novelistas veristas, se 
regocijará, de fijo, al encontrar en su co- 
rreligionaria española iguales preferencias 
con iguales reservas y distingos. Para este 
grupo extractaré aquí los tres capítulos que 
me veo precisado á suprimir en la traduc- 
ción, porque contenían una filosofía un tanto 
árida y escolástica, y sólo podían interesar á 
una fracción tan respetable como escasa del 
público ilustrado 

En efecto : muy contados serán los lecto- 
res á quienes importen las bases filosóficas 
en que descansan los dogmas de una escuela 
literaria 2 : la mayoría sólo piensa en las 

1 Omito el extracto, ya que en la edición española figuran 
íntegros los tres capítulos suprimidos por el Sr. Savine. 

3 Dejo al Sr. Savine toda la responsabilidad de esta aprecia- 
ción , con la cual no estoy de acuerdo. 



20 



EMILIA PARDO BAZÁN. 



obras que esa escuela produce.— Con la ma- 
yoría habla la Sra. Pardo Bazán, una vez sal- 
vado el pantano teológico. 

Expuesta la teoría de la conciliación entre 
la gracia y el libre albedrío , la Sra. Par- 
do Bazán la acepta íntegra, y en ella funda 
su propio sistema. Muchos escritores espa- 
ñoles se adhirieron á sus doctrinas; no po- 
cos las combatieron é impugnaron. 

Entre los partidarios de su doctrina citaré 
de una parte al Sr. D. Leopoldo Alas, de 
otra al Sr. Barcia Caballero, autor de una 
réplica que es una adhesión, La Cuestión 
Palpitante, cartas d Doña Emilia Pardo 
Basan ; entre los adversarios , á los señores 
Polo y Peyrolón, novelista de la escuela de 
Trueba; á Díaz Carmona, distinguido pro- 
fesor, y áLuis Alfonso, redactor de La Epo- 
ca, que en su periódico hizo brillante cam- 
paña contra el naturalismo. Esto por lo que 
respecta á los críticos, pues algunos nove- 
listas se adhirieron practicando: díganlo el 
marqués de Figueroa, Martínez Barrionue- 

vó, Fernández Juncos, etc Sin embargo, 

la Sra. Pardo Bazán continúa siendo el jefe 
indiscutible de la escuela naturalista cató- 
lica. Sus diversas novelas, sus primorosos 
cuentos, le aseguran la primacía, mientras 



LA CUESTIÓN PALPITANTE. 



21 



no surja un rival digno de competir con la 
escritora ! . 

Alberto Savine. 

París, 1886. 

1 También corresponde exclusivamente á mi ilustrado tra- 
ductor la responsabilidad de estas afirmaciones. El Sr. Savine, 
hispanófilo muy distinguido, y hoy editor muy ruidoso, se en- 
contraba en directa comunicación con los escritores españoles; 
carteábase con los más renombrados y con muchos no tan cono- 
cidos , pero no menos estimables ; recibía á cada correo perió- 
dicos , revistas y libros de España, y emitía su dictamen con 
independencia y criterio propio , por lo cual hemos discutido y 
disentido mil veces respecto al valor de obras , autores , etcé- 
tera. Cumple que yo declare esto, para eximirme de todo car- 
go y reservarme mi opinión, que pudiera diferir bastante de la 
del Sr. Savine, señaladamente en cuanto á los datos concretos 
que se encierran en !os últimos párrafos del prólogo. 



OPINIONES DE EMILIO ZOLA 

SOBRE 

LA CUESTIÓN PALPITANTE 



<Sr. D. Alberto Savine: 

> Gracias mil veces, caro colega, por el 
envío de la traducción que hizo V. del inte- 
resantísimo libro de la Sra. Pardo Bazán. 
Lo había recorrido en el texto español, sin 
comprenderlo enteramente, y ahora acabo 
de leerlo, muy sorprendido de la amplitud 
del estudio y de la penetración crítica de la 
autora. Este libro figurará, sin duda alguna, 
entre los mejores trozos que se han escrito 
acerca del movimiento literario contempo- 
ráneo. Cuando escriba V. á la Sra. Pardo 
Bazán, renuévele V. la expresión de mi gra- 
titud, y felicítela calurosamente de parte mía. 
Lo que más especialmente le agradezco es 



24 



EMILIA PAR OO BAZÁN. 



la página que escribe sobre la novela ingle- 
sa. No cabe nada más claro ni niás exacto. 
»De V. cordialmente, 

Emilio Zola 



«De novelas españolas conozco muy poco : 
ya he dicho que en Francia somos muy igno- 
rantes. La Sra. Pardo Bazán ha escrito una 
obra que he leído: La Cuestión Palpitante. 
Es libro muy bien hecho, defogosapolémica: 
no parece libro de señora; aquellas páginas 
no han podido escribirse en el tocador. Con- 
fieso que el retrato que hace de mí la señora 
Pardo Bazán, está muy parecido, y el de 
Daudet, perfectamente. Tiene el libro capí- 
tulos de gran interés , y, en general, es exce- 
lente guía para cuantos viajen por las regio- 
nes del naturalismo y no quieran perderse 
en sus encrucijadas y obscuras revueltas. 
Lo que no puedo ocultar es mi extrañeza de 

i Esta carta figura en el libro de Alberto Savine, titulado 
Mes pro ees. 



LA CUESTIÓN PALPITANTE. 



^5 



que la Sra. Pardo Bazán sea católica fer- 
viente, militante, y á la vez naturalista ; y 
me lo explico sólo por lo que oigo decir de 
que el naturalismo de esa señora es pura- 
mente formal, artístico y literario \» 

1 Entrevista de Zola con elSr. D. Rodrigo Soriano, redactor 
de La Epoca. 



PRÓLOGO DE LA SEGUNDA EDICIÓN 



Mano sucia de la literatura llamaba al 
naturalismo un ilustre académico , pocos 
días hace ; y ahora tenemos que una mano 
blanca y pulquérrima, de esas que no ofen- 
den aunque peguen, por ser de quien son, 
* y que se cubren de guante oloroso de ocho 
Sé botones , viene á defender con pluma de 
oro lo que el autor de EL Sombrero de tres 
picos tan duramente califica. 

Aunque en rigor, tal vez lo que en este 
libro se defiende no es lo mismo que el señor 
Alarcon ataca, como los molinos que ataca- 
ba Don Quijote no eran los gigantes que él 
veía. 

No es lo peor que el naturalismo no sea 
como sus enemigos se lo figuran, sino que 
se parezca muy poco á la idea que de él 
tienen muchos de sus partidarios, llenos de 
una fe tan imprudente como todas las que 
son ciegas. 



2H 



EMILIA PARDO BAZÁN. 



En España, y puede ser que fuera suceda 
lo mismo, las ideas nuevas suelen comenzar 
á pudrirse antes de que maduren : cuando los 
españoles capaces de pensar por cuenta pro- 
pia todavía no se han convencido de algo, 
ya el vulgo está al cabo de la calle, y ha en- 
tendido mal lo que los otros no acababan de 
entender bien. Lo malo de lo vulgar no es el 
ser cosa de muchos, sino de los peores , que 
son los más. Las ideas que se vulgarizan 
pierden su majestad, como los reyes popu- 
lacheros. Porque una cosa es propagar y 
otra vulgarizar. Los adelantos de las cien- 
cías naturales vulgarizados han dado por 
fruto las novelas absurdas de Verneylos 
libros de Figuier. El positivismo que ha lle- 
gado á los cafés, y acaso á las tabernas, no 
es más que la blasfemia vulgar con algunos 
términos técnicos. 

El naturalismo literario, que en España 
han admitido muy pocas personas formales, 
hasta ahora, cunde fácilmente, como un in- 
cendio en un almacén de petróleo, entre la 
gente menuda aficionada á lecturas arries- 
gadas. Es claro que el naturalismo no es 
como esos entusiastas, más simpáticos que 
juiciosos, lo comprenden y predican. El na- 
turalismo, según ellos, lo puede derrotar 



LA CUESTIÓN PALPITANTE. 



29 



el idealismo cinco veces en una hora : el na- 
turalismo , según él , no lo ha entendido el 
Sr. Alarcon todavía, y lo que es más dolo- 
roso, el Sr. Campoamor tampoco. Para éste 
es la imitación de lo que repugna á los sen- 
tidos ; para Alarcon es.... la parte contraria. 

El libro á que estos renglones sirven de 
prólogo es uno de los que mejor exponen la 
doctrina de esa nueva tendencia literaria 
tan calumniada por amigos y enemigos. 

¿Qué es el naturalismo? El que lea de buena 
fe, y con algún entendimiento por supuesto, 
los capítulos que siguen, preparado con el 
conocimiento de las obras principales, entre 
las muchas á que ésta se refiere, podrá con- 
testar á esa pregunta exactamente ó poco 
menos. 

Yo aquí voy á limitarme, en tal respecto, 
á decir algo de lo que el naturalismo no es, 
reservando la mayor parte del calor natural 
para elogiar, como lo merece, á la señora 
que ha escrito el presente libro. Porque, á 
decir verdad, si para mí es cosa clara el na- 
turalismo, lo es mucho más el ingenio de tan 
discreto abogado, que me recuerda á aquel 
otro, del mismo sexo, que Shakespeare nos 
pinta en El Mercader de Venecia. 

El naturalismo no es la imitación de lo 



30 



EMILIA PARDO BAZÁN. 



q ue repugna á los sentidos , Sr. Campoamor, 
queridísimo poeta ; porque el naturalismo no 
copia ni puede copiar la sensación, que es 
donde está la repugnancia. Si el naturalismo 
literario regalase al Sr. Campoamor los olo- 
res, colores, formas, ruidos, sabores y con- 
tactos que le disgustan, podría quejarse, 
aunque fuera á costa de los gustos ajenos 
(pues bien pudieran ser agradables para 
otros los olores, sabores, formas, colores y 
contactos que disgustasen al poeta insigne). 
Pero es el caso que la literatura no puede 
consistir en tales sensaciones ni en su imita-, 
ción siquiera. Las sensaciones no se pueden 
imitar sino por medio de sensaciones del 
mismo orden. Por eso la literatura ha podi- 
do describir la peste de Milán y los apuros 
de Sancho en la escena de los batanes, sin 
temor al contagio ni á los malos olores. El 
argumento del asco empleado contra el na- 
turalismo no es de buena fe siquiera. 

El naturalismo no es tampoco la cons- 
tante repetición de descripciones que tienen 
por objeto representar ante la fantasía imá- 
genes de cosas feas , viles y miserables. 
Puede todo lo que hay en el mundo entrar 
en el trabajo literario, pero no entra nada 
por el mérito de la fealdad, sino por el valor 



LA CUESTIÓN PALPITANTE. 



real de su existencia. Si alguna vez un autor 
naturalista ha exagerado, falto de tino, la li- 
bertad de escoger materia, perdiéndose en 
la descripción de lo insignificante, esta culpa 
np es de la nueva tendencia literaria. 

El naturalismo no es solidario del posi- 
tivismo, ni se limita en sus procedimientos á 
la observación y experimentación en el sen- 
tido abstracto, estrecho y lógicamente fal- 
so, por exclusivo, en que entiende tales for- 
mas del método el ilustre Claudio Bernard. 
Es verdad que Zola en el peor de sus traba- 
jos críticos ha dicho algo de eso ; pero él 
mismo escribió más tarde cosa parecida á 
una rectificación; y de todas maneras, el 
naturalismo no es responsable de esta exa- 
geración sistemática de Zola. 

El naturalismo no es el pesimismo , diga 
lo que quiera el notable filósofo y crítico 
González Serrano, y por más que en esta 
opinión le acompañe acaso la poderosa inte- 
ligencia de Doña Emilia Pardo Bazán, auto- 
ra de este libro. Verdad es que Zola habla 
algunas veces— por ejemplo , al criticar Las 
Tentaciones de San Antonio— de lo que lla- 
maba Leopardi «Tinfinita vanitá del tutto» ; 
pero esto no lo hace en una novela ; es una 
opinión del crítico. Y aunque se pudiera de- 



3 2 



EMILIA PARDO BAZÁN. 



mostrar, que lo dudo, que de las novelas de 
Zola y de Flaubert se puede sacar en con- 
secuencia que estos autores son pesimistas, 
no se prueba así que el naturalismo, escue- 
la, ó mejor, tendencia pura y exclusivamen- 
te literaria, tenga que ver ni más ni menos 
con determinadas ideas filosóficas acerca de 
las causas y finalidad del mundo. Ninguna 
teoría literaria seria se mete en tales libros 
de metafísica ; y menos que ninguna el na- 
turalismo, que, en su perfecta imitación de 
la realidad, se abstiene de dar lecciones , de 
pintar los hechos como los pintan los inven- 
tores de filosofías de la historia, para hacer- 
les decir lo que quiere que digan el que los 
pinta : el naturalismo encierra enseñanzas, 
como la vida, pero no pone cátedra : quien 
de un buen libro naturalista deduzca el pe- 
simismo , lleva el pesimismo en sí ; la misma 
conclusión sacará de la experiencia de la vi- 
da. Si es el libro mismo el que forzosamente 
nos impone esa conclusión, entonces el libro 
podrá ser bueno 6 malo, pero no es, en este 
respecto, naturalista. Pintar las miserias de 
la vida no es ser pesimista. Que hay mucha 
tristeza en el mundo, es tal vez el resultado 
de la observación exacta. 
El naturalismo no es una doctrina exclu- 



LA CUESTIÓN PALPITANTE. 



3 3 



sivista, cerrada, como dicen muchos : no 
niega las demás tendencias. Es más bien un 
oportunismo literario ; cree modestamente 
que la literatura más adecuada á la vida 
moderna es la que él defiende. El naturalis- 
mo no condena en absoluto las obras bue- 
nas que pueden llamarse idealistas ; conde- 
na , sí , el idealismo , como doctrina literaria, 
porque éste le niega á él el derecho á la exis- 
tencia. 

El naturalismo no es un conjunto de re- 
cetas para escribir novelas, como han creí- 
do muchos incautos. Aunque niega las .abs- 
tracciones quiméricas de cierta psicología 
estética que nos habla de los mitos de la ins- 
piración, él estro, el genio, los arrebatos, 
el desorden artístico y otras invenciones á 
veces inmorales; aunque concede mucho á 
los esfuerzos del trabajo, del buen sentido, 
de la reflexión y del estudio, está muy lejos 
de otorgar á los necios el derecho de con- 
vertirse en artistas, sin más que penetrar 
en su iglesia. Entren en buen hora en el na- 
turalismo cuantos lo deseen...., pero en este 
rito no canta misa el que quiere: los fieles 
oyen y callan. Esto lo olvidan , ó no lo sa- 
ben, muchos caballeros que, por haberse 
enterado de prisa y mal de lo que quiere la 

3 



34 



EMILIA PARDO BAZÁN. 



nueva tendencia literaria, cogen y se ponen 
á escribir novelas, llenos de buena intención, 
dispuestos á seguir en todo el dogma y la 
disciplina del naturalismo.... Pero, fides sine 
operibus nulla est. Autor de estos hay que 
tiene en proyecto contar las estrellas y to- 
das las arenitas del mar, para escribir la 
obra más perfecta del naturalismo. Ya se 
han escrito por acá novelas naturalistas con 
planos; y no falta quien tenga entre ceja y 
ceja una novela política, naturalista tam- 
bién , en la que, con motivo de hacer dipu- 
tado al protagonista , piensa publicar la ley 
electoral y el censo. Lástima que tales ex- 
travíos no sean siquiera excesos del ingenio, 
sino producto de medianías aduladas, que, 
merced á la facilidad del trato social, pien- 
san que por codearse en todas partes con el 
talento, y hasta discutir con él, pueden atre- 
verse á las mismas empresas.... 

Y ya es hora de dejar el naturalismo, y 
hablar de la escritora ilustre que con maes- 
tría lo defiende, no sin muchas salvedades, 
necesarias por culpa de las confusiones á 
que ya me he referido. ^ 

No necesita Emilia Pardo Bazán que yo 
ensalce sus méritos, que son bien notorios. 
Los recordaré únicamente para hacer notar 



LA CUESTIÓN PALPITANTE. 



35 



-el gran valor de su voto en la cuestión pal- 
pitante. Hay todavía quien niega á la mujer 
el derecho de ser literata. En efecto , las mu- 
jeres que escriben mal son poco agradables; 
pero lo mismo les sucede á los hombres. En 
España, es preciso confesarlo, las señoras 
que publican versos y prosa suelen hacerlo 
bastante mal. Hoy mismo escriben para el 
público muchas damas, que son otras tantas 
calamidades de las letras, á pesar de lo cual 
yo beso sus pies. Aun de las que alaba cierta 
parte del público, yo no diría sino pestes, 
una vez puesto á ello. Hay, en mi opinión, 
dos escritoras españolas que son la excep- 
ción gloriosa de esa deplorable regla gene 
ral ; me refiero á la ilustre y nunca bastante 
alabada doña Concepción Arenal y á la se- 
ñora que escribe La Cuestión Palpitante. 

La literata española no suele ser más ins- 
truida que la mujer española que se deja de 
letras : todo lo fía á la imaginación y al sen- 
miento, y quiere suplir con ternura el inge- 
nio. Lo más triste es que la moralidad que 
esas literatas predican, no siempre la siguen 
en su conducta méjor que las mujeres ordina- 
rias. Emilia Pardo Bazán , que tiene una po- 
derosa fantasía , ha cultivado las ciencias y 
las artes , es un sabio en muchas materias y 



36 



EMILIA PARDO BAZÁN. 



habla cinco ó seis lenguas vivas. Prueba de 
que estudia mucho y piensa bien, son sus li- 
bros histórico filosóficos, como, por ejemplo, 
la Memoria acerca de Feijóo, el Examen de 
los poemas épicos cristianos, el libro San 
Francisco y otros muchos. De la fuerza de 
su ingenio hablan principalmente sus nove- 
las Pascual López y Un viaje de novios. 
Esta última obra ha puesto á su autora en el 
número de los primeros novelistas del pre- 
sente renacimiento. Pero la Sra. Pardo Ba- 
zán emprende en La Cuestión palpitante 
un camino por el que no han andado jamás 
nuestras literatas : el de la crítica contempo- 
ránea . j Y de qué manera ! ¡ con qué valentía I 
Espíritu profundo, sincero, imparcial, sin 
preocupaciones, sin un papel que represen- 
tar necesariamente en la comedia de la lite- 
ratura que se tiene por clásica, al estudiar 
Emilia Pardo lo que hoy se llama el natura- 
lismo literario, así en las novelas que ha 
producido como en los trabajos de crítica que 
exponen sus doctrinas, no pudo menos de 
reconocer que algo nuevo se pedía con jus- 
ticia; algo valía lo que, sin examen y con un 
desdén fingido, condenan tantos y tantos li- 
teratos empalagosos y holgazanes , que no 
piensan más que en saborear las migajas de 



LA CUESTIÓN PALPITANTE. 



37 



gloria ó de vanagloria que el público les 
concede, sobrado benévolo. 

Es triste considerar que en España la bue- 
na fe , la sinceridad, apenas han llegado á las 
letras. La misma afectación que suele haber 
en el estilo y en la composición de las obras 
de fantasía, la hay en el pensar y en el sen- 
tir: como se habla con frases hechas, se 
piensa con pensamientos hechos. Y no hay 
nadie que á los académicos hueros, que no 
se avergüenzan de vestir un uniforme á fuer 
de literatos, los silbe sin piedad y ridiculice 
con sátira que quebrante huesos. La litera- 
tura así es juego de niños ó chochez de vie- 
jos. Se ha recibido aquí el naturalismo con 
alardes de ignorancia y groserías de magna- 
te mal educado, con ese desdén del linajudo 
idiota hacia el talento sin pergaminos. Crítico 
ha habido que ha llegado á decirnos que nos 
entusiasmamos con el naturalismo , por- 
que.... ¡hemos leído poco ! Que nada de eso es 
nuevo ; que ya en Grecia , y si se le apura, en 
China, había naturalistas; que todo es natu- 
ral sin dejar de ser ideal, y viceversa, y que 
en letras lo mejor es no admirarse de nada. 

La Cuestión palpitante demuestra que 
hay en España quien ha leído bastante y pen- 
sado mucho, y sin embargo reconoce que el 



EMILIA PARDO BAZÁN. 



naturalismo tiene razón en muchas cosas y 
pide reformas necesarias en la literatura , en 
atención al espíritu de la época. 

Emilia Pardo es católica, sinceramente re- 
ligiosa; ama las letras clásicas , estudia con 
fervor las épocas del hermoso romanticismo 
patrio, y con todo reconoce , porque ve claro,, 
que el naturalismo viene en buen hora por- 
que ha sabido llegar á tiempo. Se puede 
combatir aisladamente tal ó cual teoría de 
autor determinado ; se puede censurar algún 
procedimiento de algún novelista, las exage- 
raciones, el espíritu sistemático; pero negar 
que el naturalismo es un fermento que obra 
en bien de las letras, es absurdo, es negar la 
evidencia. 

Sabe la autora simpática , valiente y dis- 
cretísima de este libro á lo que se expone 
publicándolo. Yo sé más; sé que hay quien 
la aborrece, á pesar de que es una señora r 
con toda la brutalidad de las malas pasiones 
irritadas; sé que no la perdonarán que tra- 
baje con tal eficacia en la propaganda de un 
criterio, que ha de quitar muchos admirado- 
res á ciertas flores de trapo que pasan por 
joyas de nuestra literatura contemporánea. 
Nada de eso importa nada. La literatura vie- 
ja, que todavía viste calzón corto en las so- 



LA CUESTIÓN PALPITANTE. 



39 



lemnidades, y baila una especie de minué al 
recibir y apadrinar á los que admite en sus 
academias, tiene el derecho á las manías de 
la decrepitud. Nuestros escritores pseudo- 
clásícos, que se pasan la vida limpiando y 
dando esplendor á la herrumbre del idioma, 
me recuerdan á cierta pobre anciana de una 
célebre novela contemporánea. Ya perdido 
el juicio, vive con la manía de la limpieza, y 
no hace más que frotar cadenas y dijes para 
que brillen sin una mancha, como soles. 
Nuestros literatos clásicos, que son los ro- 
mánticos de ayer , suspiran con el hipo del 
idealismo mal comprendido, y faltos ya de 
ingenio para decir cosa nueva , se entretie- 
nen en lucir sus alhajas de antaño y limpiar- 
las una y otra vez, como la pobre vieja. En 
paz descansen. 

i Lo más triste es que cierta parte de la ju- 
ventud, codiciando heredar los nichos aca- 
démicos , adula á esos maníacos , y hace as- 
cos también á lo nuevo , y revuelve papeles 
viejos, y lee á Zola traducido! 

Al ver tanta miseria, ¿cómo no admirar y 
elogiar con entusiasmo á quien desdeña ha- 
lagos que á otros seducen, y se atreve á pro- 
vocar tantos rencores , á contrarrestar tan- 
tas preocupaciones, á sufrir tantos desaires, 



40 



EMILIA PARDO BAZÁX. 



sacrificándolo todo á la verdad, á la sinceri- 
dad del gusto, esa virtud aquí confundida con 
el mal tono, y casi casi con la mala crianza? 
' Estéticos trasnochados que dividís las co- 
sas en tres partes, y no leéis novelas , y des- 
pués habláis de literatura objetiva y subje- 
tiva, como si dijerais algo : pseudo clásicos 
insípidos, que aún no os explicáis por qué el 
mundo no admira vuestros versos á Filis y 
Amarilis, y despreciáis los autores france- 
ses modernos porque están llenos de gali- 
cismos : revisteros mal pagados, que tradu- 
cís á los Sarcey, á los Veron, á los Brune- 
tiére, para mandarlos á España en vuestras 
Correspondencias de París, traduciendo sin 
pensarlo hasta los rencores, las venganzas 
y la envidia de los críticos idealistas , pero 
no ideales : gacetilleros metafísicos, erudi- 
tos improvisados, imitadores cursis, apostó- 
les temerarios , novelistas desorientados, 
dramaturgos enmohecidos.... leed, leed todos 
La Cuestión palpitante, que aprenderéis 
no poco, y olvidaréis acaso (que es lo que 
más importa) vuestras preocupaciones, vues- 
tras pedanterías, vuestra ciega cólera, vues- 
tros errores tenaces, vuestras injusticias, 
vuestra impudencia y vuestros cálculos sór- 
didos respectivamente. 



LA CUESTIÓN PALPITANTE. 



41 



De este libro dirá algún periódico, idea- 
lista por lo visionario , « que está llamado á 
suscitar grandes polémicas literarias». 

¡Ojalá! Pero no. En España no suscitan 
polémicas más libros que los libelos. 

Lo que suscitará este libro será muchos 
rencores taciturnos. 

Aquí los literatos de alguna importancia 
no suelen discutir. Prefieren vengarse des- 
pellejando al enemigo de viva voz. 

Debo añadir > que lo que más irritará á 
muchos no será la defensa de ciertas doctri- 
nas, sino el elogio de ciertas personas. 

¡Ojalá el que yo hago de Emilia Pardo Ba- 
zán pudiera poner amarillos hasta la muerte 
á varios escritores y escritoras.... todos del 
sexo débil, porque en el literato envidioso 
hay algo del eterno femenino! 

Clarín. 



Madrid 14 de Junio. 



LA CUESTIÓN PALPITANTE 



HABLEMOS DEL ESCÁNDALO 

s cosa de todos sabida que, en el año de 



I j 1882, naturalismo y realismo son á la lite- 
ratura lo que á la política el partido formado 
por el Duque de la Torre : se ofrecen como 
última novedad, y, por añadidura, novedad 
escandalosa. Hasta los oídos del más profano 
en letras comienzan á familiarizarse con los 
dos ismos. 

Dadalaolímpicaindiferencia con que suele 
el público mirar las cuestiones literarias, 
algo desusado y anormal habrá en ésta cuan- 
do así logra irritar la curiosidad de unos, 
vencer la apatía de otros , y que todo el 
mundo se imagine llamado á opinar de ella 
y resolverla. 

Este movimiento no sería malo, al contra- 
rio, si naciese de aquel ardiente amor al arte 




EMILIA PARDO BAZÁN. 



que dicen inflamaba á los ciudadanos de las 
repúblicas griegas; pero aquí reconoce dis- 
tinto origen, y desatiende la cuestión litera- 
ria para atender á otras diferentes aunque 
afines. xMuy análogo es lo que ocurre ahora 
con el naturalismo y el realismo á lo que su- 
cedió con los dramas del Sr. Echegaray. Si 
teníamos ó no un grande y verdadero poeta 
dramático; si sus ñcciones eran bellas; si 
procedía de nuestra escuela romántica ó ha- 
bía que considerar en él un atrevido nova- 
dor, de todo esto se le importó algo á media 
docena de literatos y críticos ; lo que es al 
público le tuvo sin cuidado; discutió, princi- 
palmente, si Echegaray era moral ó inmo- 
ral, si las señoritas podían ó no asistir á la 
representación de Mar sin orillas, y si el 
autor figuraba en las filas democráticas y 
había hablado in i lio tempore de cierta tren- 
za..'.. El resultado fué el que tenía que ser : 
extraviarse lastimosamente la opinión , por 
tal manera, que harán falta bastantes años y 
la lenta acción de juiciosa crítica para que 
se descubra el verdadero rostro literario de 
Echegaray , y en vez del dramaturgo sub- 
versivo y demoledor, se vea ai reaccionario 
que retrocede, no sólo al romanticismo, sino 
al teatro antiguo de Calderón y Lope. 



LA CUESTIÓN PALPITANTE. 



45 



Otro tanto acaecerá con el naturalismo 
y el realismo : á fuerza de encarecer su 
grosería, de asustarse de su licencia, de 
juzgarlo por dos ó tres páginas , ó si se quie- 
re por dos ó tres libros , el público se que- 
dará en ayunas, sin conocer el carácter de 
estas manifestaciones literarias, después de 
tanto como se habla de ellas á troche y 
moche. 

Fácil es probar la verdad de cuanto indi- 
co. ¿Qué lector de periódicos habrá que no 
tropiece con artículos rebosando indigna- 
ción, donde se pone á naturalistas y realistas 
como hoja de peregil, anatematizándolos en 
nombre de las potestades del cielo y de la 
tierra? Y esto no sólo en los diarios conser- 
vadores y graves, sino en el papel más radi- 
cal y ensalzao, que diría un personaje de 
Pereda. Publicaciones hay que después de 
burlarse, tal vez, de los dogmas de la Igle- 
sia, y de atacar sañudamente á clases é ins- 
tituciones , se revuelven muy enojadas con- 
tra el naturalismo, que en su entender tiene 
la culpa de todos los males que afligen á la 
sociedad. Aquí que no peco , dicen para su 
sayo. Hubo un tiempo en que la acusación de 
desmoralizarnos pesó sobre la lotería y los 
toros : el naturalismo va á heredar los crí- 



i* 



EMILIA PARDO BAZÁN. 



menes de estas dos diversiones genuinamen- 
te nacionales. 

En confirmación de mi aserto aduciré un 
hecho. El Sr. Moret y Prendergast asistió este 
verano á los Juegos florales de Pontevedra, 
haciendo gran propaganda democrático-mo- 
nárquica : pero también lució su elocuencia 
en la velada literaria , donde , dejando á un 
lado las lides del Parlamento y las tempesta- 
des de la política , lanzó un indignado após- 
trofe á Zola y felicitó á los poetas y literatos 
gallegos que concurrieron al certamen, por 
no haber seguido las huellas del autor de los 
Rovigon Macquart. 

Francamente , confieso que si me hubiese 
pasado toda la mañana en querer adivinar lo 
que diría por la noche el Sr. Moret , así se 
me pudo ocurrir que la tomase con Zola, 
como con Juliano el Apóstata ó el moro Mu- 
za. Cualquiera de estos dos personajes hace 
en nuestra poesía tantos estragos como el 
pontífice del naturalismo francés : á poeta 
alguno , que yo sepa , se le pasa por las mien- 
tes imitarlo , ni en Pontevedra , ni en otra 
ciudad de España. Si el Sr. Moret recomen- 
dase á los poetas originalidad é independen- 
cia respecto de Bécquer, de Espronceda, de 
Campoamor ó Núñez de Arce...., entonces no 



LA CUESTIÓN PALPITANTE. 



47 



digo.... Lo que es Zola bien inocente está de 
los delitos poéticos que se cometen en nues- 
tra patria. Y en la prosa misma nos [dañan 
bastante más, hoy por hoy, otros modelos. 

El proceder del Sr. Moret me recuerda el 
caso de aquel padre predicador que en un 
pueblo se desataba condenando las peinetas, 
los descotes bajos y otras modas nuevas y 
peregrinas de Francia, que nadie conocía ni 
usaba entre las mujeres que componían su 
auditorio. Oíanle éstas y se daban al codo 
murmurando bajito : «¡Hola, se usan desco- 
tes! ¡hola, conque se llevan peinetas!» 

El lado cómico que para mí presenta el 
apóstrofe del Sr. Moret , es dar señal induda- 
ble de la confusión de géneros que hoy reina 
en la oratoria. Poca gente asiste á los ser- 
mones en la iglesia ; pero , en cambio, casi no 
hay apertura de Sociedad, discurso de Aca- 
demia, ni arenga política que no tienda á mo- 
ralizar á los oyentes. Al Sr. Moret le sirvió 
Zola para mezclar en su discurso lo grave 
con lo ameno , lo útil con lo dulce ; sólo que 
erró en el ejemplo. 

Si entre los hombres políticos no está en 
olor de santidad el naturalismo, tampoco en- 
tre los literatos de España goza de la mejor 
reputación. Pueden atestiguarlo las frases 



4 8 



EMILIA PARDO BAZÁX. 



pronunciadas por mi inspirado amigo el se- 
ñor Balaguer al resumir los debates de la 
sección de literatura del Ateneo. Un insigne 
novelista, de los que más prefiere y ama el 
público español, me declaraba últimamente 
no haber leído á Zola, Daudet ni ninguno de 
los escritores naturalistas franceses, si bien 
le llegaba su mal olor. Pues bien : con todo 
el respeto que se merece el elegante narra- 
dor y cuantos piensen como él reuniendo 
iguales méritos , protesto y digo que no es 
lícito juzgar y condenar de oídas y de prisa, 
y sentenciar á la hoguera encendida por el 
ama de Don Quijote á una época litera- 
ria, á una generación entera de escritores 
dotados de cualidades muy diversas, y que 
si pueden convenir en dos ó tres principios 
fundamentales , y ser, digámoslo así, frutos 
de un mismo otoño, se diferencian entre sí 
como la uva de la manzana y ésta de la gra- 
nada y del níspero. ¿Xo fuera mejor, antes 
de quemar el ya ingente montón de libros 
naturalistas, proceder á un donoso escruti- 
nio como aquel de marras? 

Ni es sólo en España donde la literatura 
naturalista y realista está fuera de la ley. 
Citaré para demostrarlo un detalle que¿me 
concierne ; y perdone el lector si saco á co- 



L \ CUESTIÓN PALP] rANTE, 



láción mi nombre, di necessitd , como dijo el 
divino poeta. En la Róvuc Brit annique del 
S de Agosto de 1SS2 vio la luz un artículo 
titulado Littér ature Espagnol e-Critique. — 
Un diplómate románete f : Juan Valcra. 
(Lar^o es el título; pero responda de ello 
su autor, que firma DeSCOHottdj Ahora 

pues, este Mr. Desconocid # tras de hablar 

un buen rato de las novelas del Sr. Yalera, 
va y se enfada y dice : «J'apprends quune 
femme, dans Un voy age de fiancés ( Viaje 
de novios), essaye d'acclimater en EspagM 
le román naturaliste. Le naturalisme con- 
siste probablement en ce que....» No repro- 
duzco el resto del párrafo, porque el censor 
idealista añade á reglón seguido cosas nada 
ideales ; paso por alto lo do traducir viajo 

de novios cVoyage de fiancés», como si fue- 
sen los futuros y no los esposos quienes via- 
jan juntos mano á mano -cosa no vista hasta 
la iccha porque también traduce « Pasarse 

de listo» por « Trop d'imagination » ; y voy 
solamente á la ira y desdén que el crítico 
traspirenaico manifiesta cuando averigua 
que existe en España une femme que osa 

tratar de aclimatar la novóla naturalista! 
Parece al pronto que todo crítico formal, al 
tener noticia del atentado, desearía prOCU- 



EMILIA PARDO BAZÁX. 



rarse el cuerpo del delito para ver con sus 
propios ojos hasta dónde llega la iniquidad 
del autor ; y si esto hiciese Mr. Desconoció. , 
lograría dos ventajas: primera, convencerse 
de que casi estoy tan inocente de la tentativa 
de aclimatación consabida, como Zola de la 
perversión de nuestros poetas ; segunda, 
evitar la garrafalada de traducir viaje de 
novios por «Voyage de fiancés » , y todas las 
ingeniosas frases que le inspiró esta versión 
libérrima. Pero Mr. Desconocid echó por el 
atajo, diciendo lo que quiso sin molestarse 
en leer la obra, sistema cómodo y por mu- 
chos empleado. 

He de confesar que, viéndome acusada 
nada menos que en dos lenguas (la Révue 
Britannique se publica, si no me enga- 
ño, en París y Londres simultáneamente) 
de los susodichos ensayos de aclimatación, 
creció mi deseo de escribir algo acerca de 
la palpitante cuestión literaria : naturalis- 
mo y realismo. Cualquiera que sea el fallo 
que las generaciones presentes y futuras 
pronuncien acerca de las nuevas formas del 
arte, su estudio solicita la mente con el po- 
deroso atractivo de lo que vive , de lo que 
alienta ; de lo actual , en suma. Podrá la hora 
que corre ser ó no ser la más bella del día ; 



LA CUESTIÓN PALPITANTE. 



5 1 



podrá no brindarnos calor solar ni amorosa 
luz de luna ; pero al fin es la hora en que 
vivimos. 

Aun suponiendo que naturalismo y realis- 
mo fuesen un error literario , un síntoma de 
decadencia, como el culteranismo , v. gr., 
todavía su conocimiento, su análisis, im- 
portaría grandemente á la literatura. ¿No 
investiga con afán el teólogo la historia de 
las herejías? ¿ No se complace el médico en 
diagnosticar una enfermedad extraña? Para 
€l botánico hay sin duda alguna plantas lin- 
das y útiles y otras feas y nocivas, pero to- 
das forman parte del plan divino y tienen su 
belleza peculiar en cuanto dan elocuente 
testimonio de la fuerza creadora. Al literato 
no le es lícito escandalizarse nimiamente de 
un género nuevo, porque los períodos lite- 
rarios nacen unos de otros , se suceden con 
orden, y se encadenan con precisión en 
-cierto modo matemática : no basta el capri- 
cho de un escritor, ni de muchos , para in- 
novar formas artísticas ; han de venir pre- 
paradas, han de deducirse de las anteriores. 
Razón por la cual es pueril imputar al arte 
la perversión de las costumbres , cuando con 
mayor motivo pueden achacarse á la socie- 
dad los extravíos del arte. 



J? 



EMILIA PARDO BAZÁN. 



Todas estas consideraciones, y la convic- 
ción de que el asunto es nuevo en España, 
meinducená emborronar una serie de artícu- 
los donde procure tratarlo y esclarecerlo lo 
mejor que sepa , en estilo mondo y llano , sin 
enfadosas citas de autoridades ni filosofías 
hondas. Quizá esta misma ligereza de mi 
trabajo lo haga soportable al público : el 
corcho sobrenada, mientras se sumerge el 
bronce. Si no salgo airosa de mi empresa, 
otro lo cantará con mejor, plectro. 

Obedece al mismo propósito de vulgari- 
zación literaria la inserción de estos some- 
ros estudios en un periódico diario. Si átanto 
honor los hiciese acreedores la aprobación 
del lector discreto, no faltará un in 8.° donde 
empapelarlos; entretanto, corran y dilátense 
llevados por las alas potentes y veloces de 
la prensa, de la cual todo el mundo mur- 
mura, y á la cual todo el mundo se acoge 
cuando le importa.... Y aquí me ocurre una 
aclaración. El pasado año se discutió en el 
Ateneo el tema de estos artículos, á saber : 
el naturalismo. La costumbre — con otra 
causa más poderosa no atino ahora, tal vez 
por la premura con que escribo— veda á las 
damas la asistencia á aquel centro intelec- 
tual; de suerte que, aun cuando me hallase 



LA CUESTIÓN PALPITANTE. 53 



en la corte de las Españas, no podría apre- 
ciar si se ventiló en él con equidad y pro- 
fundidad la cuestión. Así es que al asegurar 
que el asunto es nuevo, aludo en particular 
á los dominios de la palabra escrita, donde 
definitivamente se resuelven los problemas 
literarios. 

Sentado todo lo anterior, hablemos del 
escándalo. Cada profesión tiene su heroís- 
mo propio : el anatómico es valiente cuando 
diseca un cadáver y se expone á picarse 
con el bisturí y quedar inficionado del car- 
bunclo, ó cosa parecida ; el aeronauta, cuan- 
do corta las cuerdas del globo ; el escritor 
ha menester resolución para contrarrestar 
poco ó mucho la opinión general ; así es que 
probablemente, al emprender este trabajo, 
añado algunos renglones honrosos á mi mo- 
desta hoja de servicios. 

Tal vez alguien vuelva á hablar de acli- 
mataciones y otras niñerías, afirmando que 
quise abogar por una literatura inmunda, 
vitanda y reprobable. Á bien que la verdad 
se hace lugar tarde ó temprano, y el que 
desapasionada y pacientemente lea lo que 
sigue, no verá panegíricos ni alegatos, sino 
la apreciación imparcial de la fase literaria 
más reciente y característica. Y, por otra 



54 



EMILIA PARDO BAZÁN. 



parte, como las ideas se difunden hoy con 
tal rapidez, es posible que en breve lo que 
ahora parece novedad sea conocido hasta 
de los estudiantes de primer año de retóri- 
ca. Para entonces tendrá el naturalismo en 
España panegiristas y sectarios verdade- 
ros, y á los meros expositores nos reinte- 
grarán en nuestro puesto neutral. 



II 



ENTRAMOS EN MATERIA 



Empezaré diciendo lo que en mi opinión 
debe entenderse por naturalismo y rea- 
lismo, y si son una misma cosa ó cosas dis- 
tintas. 

Por supuesto que el Diccionario de la Len- 
gua castellana (que tiene el don de omitir las 
palabras más usuales y corrientes del len- 
guaje intelectual , y traer en cambio otras 
como of, chinéate, songuita, etc., que sólo 
habiendo nacido hace seis siglos, ó en Filipi- 
nas, ó en Cuba, tendríamos ocasión de em- 
plear), carece de los vocablos naturalismo 
y realismo. Lo cual no me sorprendería si 
éstos fuesen nuevos; pero no lo son, aunque 
lo es, en cierto modo, su acepción literaria 
presente. En filosofía , ambos términos se 
emplean desde tiempo inmemorial : ¿ quién 
no ha oído decir el naturalismo de Lucre- 
cio, el realismo de Aristóteles? En cuanto 



EMILIA PARDO BAZÁX. 



al sentido más reciente de la palabra natu- 
ralismo, Zola declara que ya se lo da Mon- 
taigne, escritor moralista que murió á fines 
del siglo xvi. 

Entre las cien mil voces añadidas al Dic- 
cionario por una Sociedad de literatos (Pa- 
rís, Garnier, 1882), encuéntrase la palabra 
naturalismo , pero únicamente en su acep- 
ción filosófica : ni por asociarse se acuerdan 
más de la literatura los literatos susodichos. 
Así es que para fijar el sentido de las voces 
naturalismo y realismo , acudiremos al de 
natural y real. Según el Diccionario, natu- 
tural es «lo que pertenece á la naturaleza» ; 
real «lo que tiene existencia verdadera y 
efectiva». 

Y es muy cierto que el naturalismo rigu- 
roso, en literatura y en filosofía , lo refiere 
todo á la naturaleza : para él no hay más 
causa de los actos humanos que la acción de 
las fuerzas naturales del organismo y el me- 
dio ambiente. Su fondo es determinista, como 
veremos. 

Por determinismo entendían los escolás- 
ticos el sistema de los que aseguraban que 
Dios movía ó inclinaba irresistiblemente la 
voluntad del hombre á aquella parte que 
convenía á sus designios. Hoy determinis- 



LA CUESTIÓN PALPITANTE. 



57 



mo significa la misma dependencia de la vo- 
luntad , sólo que quien la inclina y subyuga 
no es Dios , sino la materia y sus fuerzas y 
energías. De un fatalismo providencialista, 1 
hemos pasado á otro materialista. Y pido 
perdón al lector si voy á detenerme algo en 
el asunto ; poquísimas veces ocurrirá que 
aquí se hable de filosofía, y nunca profundi- 
zaremos tanto que se nos levante jaqueca; 
pero dos ó tres nocioncillas son indispensa- 
bles para entender en qué consiste la dife- 
rencia del naturalismo y el realismo. 

Filósofos y teólogos discurrieron, en todo 
tiempo, sobre la difícil cuestión de la libertad 
humana. ¿Nuestra voluntad es libre? ¿Pode- 
mos obrar como debemos? Es más: ¿pode- 
mos querer obrar como debemos ? La anti- 
güedad pagana se inclinó generalmente á la 
solución fatalista. Sus dramas nos ofrecen el 
reflejo de esta creencia : los Atridas , al co- 
meter crímenes espantosos , obedecen á los 
dioses; penetrado de una idea fatalista , el 
filósofo estoico Epicteto decía á Dios : «llé- 
vame adonde te plazca»; y el historiador 
Veleyo Patérculo escribía que Catón « no 
hizo el bien por dar ejemplo , sino porque le 
era imposible, dentro de su condición, obrar 
de otro modo». Más adelante, la teología cris- 



58 



EMILIA PARDO BAZÁN. 



tiana , á su vez , discutió el tema del albedrío, 
en el cual se encerraba el gravísimo proble- 
ma del destino final del hombre; porque, se- 
gún acertadamente observaba San Clemente 
de Alejandría, ni elogios, ni honores, ni su- 
plicios tendrían justo fundamento, si el alma 
no gozase de libertad al desear y al abste- 
nerse, y si el vicio fuese involuntario. El 
mérito singular de la teología católica con- 
siste en romper las cadenas del antiguo fa- 
talismo, sin negar la parte importantísima 
que toma en nuestros actos la necesidad. En 
efecto, reconociendo el libre arbitrio abso- 
luto , como lo hacía el hereje Pelagio , resul- 
taba que el hombre podría, entregado á sus 
fuerzas solas y sin ayuda de la gracia , sal- 
varse y ser perfecto, mientras que, anulando 
la libertad , como el otro heresiarca Lutero, 
el ente más malvado é inicuo sería también 
perfecto é impecable, puesto que no estaba 
en su mano proceder de distinto modo. 

Supo la teología mantenerse á igual dis- 
tancia de ambos extremos; y San Agustín 
acertó á realizar la conciliación del albedrío 
y la gracia, con aquella profundidad y tino 
propios de su entendimiento de águila. Para 
esta conciliación hay un dogma católico que 
alumbra el problema con clara luz : el del 



LA CUESTIÓN PALPITANTE. 



59 



pecado original. Sólo la caída de una natu- 
raleza originariamente pura y libre puede 
dar la clave de esta mezcla de nobles aspi- 
raciones y bajos instintos, de necesidades in- 
telectuales y apetitos sensuales , de este 
combate que todos los moralistas , todos los 
psicólogos, todos los artistas se han com- 
placido en sorprender, analizar y retratar. 

Tiene la explicación agustiniana la ventaja 
inapreciable de estar de acuerdo con lo que 
nos enseñan la experiencia y sentido íntimo. 
Todos sabemos que cuando en el pleno goce 
de nuestras facultades nos resolvemos á una 
acción, aceptamos su responsabilidad: es 
más : aun bajo el influjo de pasiones fuertes, 
ira, celos, amor, la voluntad puede acudir en 
nuestro auxilio; ¡quién habrá que, haciéndo- 
se violencia , no la haya llamado á veces , y— 
si merece el nombre de racional—no la haya 
visto obedecer al llamamiento ! Pero tamp oco 
ignora nadie que no siempre sucede así , y 
que hay ocasiones en que, como dice San 
Agustín, «por la resistencia habitual de la 
carne.... el hombre ve lo que debe hacer , y 
lo desea sin poder cumplirlo». Si en princi- 
pio se admite la libertad, hay que suponerla 
relativa, é incesantemente contrastada y li- 
mitada por todos los obstáculos que en el 



6o 



EMILIA PARDO BAZÁX. 



mundo encuentra. Jamás negó la sabia teo- 
logía católica semejantes obstáculos, ni des- 
conoció la mutua influencia del cuerpo y del 
alma , ni consideró al hombre espíritu puro, 
ajeno y superior á su carne mortal; y los 
psicólogos y los artistas aprendieron de la 
teología aquella sutil y honda distinción en- 
tre el sentir y el consentir , que da asunto á 
tanto dramático conflicto inmortalizado por 
el arte. 

¡Qué horizontes tan vastos abre á la lite- 
ratura esta concepción mixta de la voluntad 
humana! 

Cualquiera pensará que nos hemos ido á 
mil leguas de Zola y del naturalismo; pues 
no es así ; ya estamos de vuelta. El fatalismo 
vulgar, el determinismo providencialista de 
Epicteto y Lutero , los trasladó Zola á la re- 
ügión literaria, vistiéndoles ropaje científico 
moderno. 

Mostraremos cómo. 

Si al hablar de la teoría naturalista la per- 
sonifico en Zola, no es porque sea el único 
á practicarla, sino porque la ha formulado 
clara y explícitamente en siete tomos de es- 
tudios crítico-literarios, sobre todo en el que 
lleva por título La novela experimental. 
Declara allí que el método del novelista mo- 



LA CUESTIÓN PALPITANTE. 



61 



derno ha de ser el mismo que prescribe Clau- 
dio Bernard al médico en su Introducción 
al estudio de la medicina experimental ; 
y afirma que en todo y por todo se refiere á 
las doctrinas del gran fisiólogo, limitándose 
á escribir novelista donde él puso médico. 
Fundado en estos cimientos, dice que así en 
los seres orgánicos como en los inorgánicos 
hay un determinismo absoluto en las condi- 
ciones de existencia de los fenómenos. «La 
ciencia, añade, prueba que las condiciones 
de existencia de todo fenómeno son las mis- 
mas en los cuerpos vivos que en los inertes, 
por donde la fisiología adquiere igual certi- 
dumbre que la química y la física. Pero hay 
más todavía : cuando se demuestre que el 
cuerpo del hombre es una máquina , cuyas 
piezas, andando el tiempo, montey desmonte 
el experimentador á su arbitrio , será forzoso 
pasar á sus actos pasionales é intelectuales, 
y entonces penetraremos en los dominios 
que hasta hoy señorearon la poesía y las le- 
tras. Tenemos química y física experimen- 
tales ; en pos viene la fisiología, y después 
la novela experimental también. Todo se en- 
laza: hubo que partir del determinismo de los 
cuerpos inorgánicos para llegar al de los 
vivos ; y puesto que sabios como Claudia 



62 



EMILIA PARDO BAZAN. 



Bernard demuestran ahora que al cuerpo 
humano lo rigen leyes fijas, podemos vati- 
cinar , sin que quepa error, la hora en que 
serán formuladas á su vez las leyes del pen- 
v Sarniento y de las pasiones. Igual determi- 
nismo debe regir la piedra del camino que 
el cerebro humano. » Hasta aquí el texto, 
que no peca de obscuro , y ahorra el trabajo 
de citar otros. 

Tocamos con la mano el vicio capital de la 
estética naturalista. Someter el pensamiento 
y la pasión á las mismas leyes que determi- 
nan la caída de la piedra ; considerar exclu- 
sivamente las influencias físico-químicas, 
prescindiendo hasta de la espontaneidad 
individual, es lo que se propone el naturalis- 
mo y lo que Zola llama en otro pasaje de sus 
obras «mostrar y poner de realce la bestia 
humana». Por lógica consecuencia, el natu- 
ralismo se obliga á no respirar sino del lado 
de la materia , á explicar el drama de la vida 
humana por medio del instinto ciego y la 
concupiscencia desenfrenada. Se ve forzado 
el escritor rigurosamente partidario del mé- 
todo proclamado por Zola, á verificar una 
especie de selección entre los motivos que 
pueden determinar la voluntad humana, eli- 
giendo siempre los externos y tangibles y 



LA CUESTIÓN PALPITANTE. 



63 



desatendiendo los morales , íntimos y deli- 
cados : lo cual, sobre mutilar la realidad, 
es artificioso y á veces raya en afectación, 
cuando, por ejemplo, la heroina de Una 
página de amor manifiesta los grados de 
su enamoramiento por los de temperatura 
que alcanza la planta de sus pies. 

Y no obstante , ¿ cómo dudar que si la psico- 
logía, lo mismo que toda ciencia, tiene sus 
leyes ineludibles y su proceso causal y lógi- 
co, no posee la exactitud demostrable que 
encontramos, por ejemplo, en la física? En 
física el efecto corresponde estrictamente á 
la causa : poseyendo el dato anterior tene- 
mos el posterior ; mientras en los dominios- 
del espíritu no existe ecuación entre la in- 
tensidad de la causa y del efecto , y el obser- 
vador y el científico tienen que confesar, 
como lo confiesa Delboeuf (testigo de cuenta, 
autor de La psicología considerada como 
ciencia natural) «que lo psíquico es irre- 
ductible á lo físico». 

En esta materia le ha sucedido á Zola una 
cosa que suele ocurrir á los científicos de 
afición : tomó las hipótesis por leyes , y sobre 
el frágil cimiento de dos ó tres hechos aisla- 
dos erigió un enorme edificio. Tal vez ima- 
ginó que hasta Claudio Bernard nadie había 



EMILIA PARDO BAZÁX. 



formulado las admirables reglas del método 
experimental, tan fecundas en resultados 
para las ciencias de la naturaleza. Hace rato 
que nuestro siglo aplica esas reglas, ma- 
dres de sus adelantos. Zola quiere sujetar á 
ellas el arte, y el arte se resiste, como se 
resistiría el alado corcel Pegaso á tirar de 
una carreta ; y bien sabe Dios que esta com- 
paración no es en mi ánimo irrespetuosa 
para los hombres de ciencia ; sólo quiero 
decir que su objeto y caminos son distintos 
de los del artista. 

Y aquí conviene notar el segundo error de 
la estética naturalista, error curioso que en 
mi concepto debe atribuirse también á la 
ciencia mal digerida de Zola. Después de 
predecir el día en que, habiendo realiza- 
do los novelistas presentes y futuros gran 
cantidad de experiencias , ayuden á des- 
cubrir las leyes del pensamiento y la pa- 
sión, -anuncia los brillantes destinos de la 
novela experimental, llamada á regularla 
marcha de la sociedad, á ilustrar al cri- 
minalista, al sociólogo, al moralista, al go- 
bernante.... Dice Aristófanes en sus Ranas: 
«He aquí los servicios que en todo tiempo 
prestaron los poetas ilustres : Orfeo enseñó 
los sacros misterios y el horror al homicidio; 



LA CUESTIÓN PALPITANTE. 



65 



Museo, los remedios contra enfermedades y 
los oráculos; Hesíodo , la agricultura , el 
tiempo de la siembra y recolección; y al di- 
vino Homero ¿de dónde le vino tanto honor 
y gloria, sino de haber enseñado cosas úti- 
les, como el arte de las batallas, el valor 
militar, la profesión de las armas?....» Ha llo- 
vido desde Aristófanes acá. Hoy pensamos 
que la gloria y el honor del divino Homero 
consisten en haber sido un excelso poeta : el 
/, arte de las batallas es bien diferente ahora 
de lo que era en los días de Agamenón y 
Aquiles, y la belleza de la poesía homérica 
permanece siempre nueva é inmutable. 

El artista de raza (y no quiero negar que 
lo sea Zola, sino observar que sus pruritos 
científicos le extravían en este caso) nota en 
sí algo que se subleva ante la idea utilitaria, 
que constituye el segundo error estético de 
la escuela naturalista. Este error lo ha com- 
batido más que nadie el mismo Zola, en un 
libro titulado Mis odios, (anterior á La No- 
vela experimental) , refutando la obra pós- 
tuma de Proudhon, Del principio del arte y 
de su función social. Es de ver á Zola indig- 
nado porque Proudhon intenta convertir á 
los artistas en una especie de cofradía de 
menestrales que se consagra al perfecciona- 

5 



66 



EMILIA PARDO BAZÁN. 



miento de la humanidad , y leer cómo protes- 
ta en nombre de la independencia sublime 
del arte , diciendo con donaire que el objeto 
del escritor socialista es sin duda comerse 
las rosas en ensalada. No hay artista que se 
avenga á confundir así los dominios del arte 
y de la ciencia : si el arte moderno exige re- 
flexión, madurez y cultura, el arte de todas 
las edades reclama principalmente la perso- 
nalidad artística, lo que Zola, con frase vaga 
en demasía, llama el temperamento. Quien 
careciere de esa quisicosa , no pise los um- 
brales del templo de la belleza , porque será 
expulsado. 

Puede y debe el arte apoyarse en las cien- 
cias auxiliares; un escultor tiene que saber 
muy bien anatomía, para aspirar á hacer 
algo más que modelos anatómicos. Aquel 
sentimiento inefable que ennosotros produce 
la belleza, sea él lo que fuere y consista en 
lo que consista, es patrimonio exclusivo del 
arte. Yerra el naturalismo en este fin útil y 
secundario á que trata de enderezar las fuer- 
zas artísticas de nuestro siglo, y este error 
y el sentido determinista y fatalista de su 
programa, son los límites que él mismo se 
impone, son las ligaduras que una fórmula 
más amplia ha de romper. 



III 



SEGUIMOS FILOSOFANDO. 



Tal cual la expone Zola, adolece la esté- 
tica naturalista de los defectos que ya 
conocemos. Algunos de sus principios son 
de grandes resultados para el arte ; pero 
existe en el naturalismo, considerado como 
cuerpo de doctrina, una limitación, un carác- 
ter cerrado y exclusivo que no acierto á ex- 
plicar sino diciendo que se parece á las ha- 
bitaciones bajas de techo y muy chicas , en 
las cuales la respiración se dificulta. Para no 
ahogarse hay que abrir la ventana : dejemos 
circular el aire y entrar la luz del cielo. 

Si es real cuanto tiene existencia verda- 
dera y efectiva, el realismo en el arte nos 
ofrece una teoría más ancha , completa y 
perfecta que el naturalismo. Comprende y 
abarca lo natural y lo espiritual, el cuerpo y 
el alma, y concilla y reduce á unidad la 
oposición del naturalismo y del idealismo ra- 



68 



EMILIA PARDO BAZÁN. 



cional. En el realismo cabe todo, menos las 
exageraciones y desvarios de dos escuelas 
extremas , y por precisa consecuencia, ex- 
clusivistas. 

Un hecho solo basta á probar la verdad de 
esto que afirmo. Por culpa de su estrecha te- 
sis naturalista, Zola se ve obligado á desde- 
ñar y negar el valor de la poesía lírica. Pues 
bien; para la estética realista vale tanto el 
poeta lírico más subjetivo é interior como el 
novelista más objetivo.Uno y otro dan forma 
artística á elementos reales. ¿Qué importa 
que esos elementos los tomen de dentro ó de 
fuera, de la contemplación de su propia alma 
ó de la del mundo? Siempre que unarealidad 
—sea del orden espiritual ó del material- 
sirva de base al arte, basta para legitimarlo. 

Citemos cualquier poeta lírico , el menos 
exterior, lord Byron ó Enrique Heine. Sus 
poesías son una parte de ellos mismos : esas 
quejas y tristezas y amarguras , ese escepti- 
cismo desconsolador , lo tuvieron en el alma 
antes de convertirlo en lindos versos : no hay 
duda que es un elemento real, tan real , ó 
más, si se quiere, que lo que un novelista 
pueda averiguar y describir de las acciones 
y pensamientos del prójimo : ¿quién refiere 
bien una enfermedad sino el enfermo ? Y 



LA CUESTIÓN PALPITANTE. 



6 9 



aun por eso resultan insoportables los imita- 
dores en frío de estos poetas tristes ; son 
como el que remedase quejidos de dolor, no 
doliéndole nada. 

El gran poeta Leopardi es un caso de los 
más característicos de lo que puede llamarse 
realidad poética interior. Las penas de su 
edad viril, la condición de su familia, la du- 
reza de la suerte, sus estudios de humanida- 
des y hasta los miedos que pasó de niño en 
una habitación obscura , todo está en sus 
poesías, como indeleble sello personal, de 
tal modo que, si suponemos á Leopardi vi- 
viendo en diferentes condiciones de las que 
vivió, ya no se concibe la mayor parte de 
sus versos. Y digo yo : ¿no es justísimo que 
quepa en la ancha esfera de la realidad una 
obra de arte donde el autor pone la medula 
de sus huesos y la sangre de su corazón, por 
decirlo así? Aun suponiendo, y es mucho 
suponer, que el poeta lírico no expresase 
sino sus propios é individuales sentimientos, 
y que éstos pareciesen extraños, ¿no es la 
excepción, el caso nuevo y la enfermedad 
desconocida lo que más importa á la curio- 
sidad científica del médico observador? 

Pero si todas las obras de arte que se fun- 
dan en la realidad caben dentro de la estéti- 



EMILIA PARDO BAZÁN. 



ca realista, algunas hay que cumplen por 
completo su programa, y son aquellas donde 
tan perfectamente se equilibran la razón y 
la imaginación, que atraviesan las edades 
viviendo vida inmortal. Las obras maestras 
umversalmente reconocidas como tales , tie- 
nen todas carácter anchamente realista : así 
los poemas de Homero y Dante, los dramas 
de Shakespeare, el Quijote y el Fausto, La 
Biblia, considerada literariamente, dejando 
aparte su autoridad sagrada , es la epopeya 
más realista que se conoce. 

Á fin de esclarecer esta teoría, diré algo 
del idealismo , para que no pesen sobre el 
naturalismo todas las censuras y se vea que 
tan malo es caerse hacía el Norte como ha- 
cia el Sur. Y ante todo conviene saber que 
el idealismo está muy en olor de santidad,» 
goza de excelente reputación y se cometen 
infinitos crímenes literarios al amparo de su 
nombre : es la teoría simpática por excelen- 
cia, la que invocan poetas de caramelo y es- 
critores amerengados ; el que se ajusta á sus 
cánones pasa por persona de delicado gusto 
y alta moralidad; por todo lo cual debe tra- 
társele con respeto y no tomar la exposición 
de sus doctrinas de ningún zascandil. Bus- 
quémosla, pues, en Hegel y sus discípu-- 



LA CUESTIÓN PALPITANTE. 



7^- 



los, donde larga y hondamente se contiene. 

Entre naturalistas é idealistas hay el mis- 
mo antagonismo que entre Lutero y Pelagio. 
Si Zola niega en redondo el libre arbitrio, 
Hegel lo extiende tanto, que todo está en él 
y sale de él. Para Zola, el universo físico 
hace, condiciona, dirige y señorea el pensa- 
miento y voluntad del hombre ; para Hegel 
y sus discípulos ese universo no existe sino 
mediante la idea. ¿Qué digo ese universo? 
Dios mismo sólo es en cuanto es idea ; y el 
que se asuste de este concepto será, según 
el hegeliano Vera, un impío ó un insensato 
(á escoger). ¿Y qué se entiende por idea? 
La idea, en las doctrinas de Hegel, es prin- 
cipio de la naturaleza y de todos los seres 
en general, y la palabra Dios no significa 
sino la idea absoluta ó el absoluto pensa- 
miento. Consecuencias estéticas del sistema 
hegeliano. En opinión de Hegel, la esfera 
del arte es «una región superior, más pura 
y verdadera que lo real, donde todas las 
oposiciones de lo finito y de lo infinito des- 
aparecen; donde la libertad, desplegándose 
sin límites ni obstáculos, alcanza su objeto 
supremo». Con este aleteo vertiginoso ya 
parece que nos hemos apartado de la tierra 
y que nos hallamos en las nubes, dentro de 



72 



EMILIA PARDO BAZÍN. 



un globo aerostático. Espacios á la derecha, 
espacios á la izquierda, y en parte alguna 
suelo donde sentar los pies, Y es lo peor del 
caso que semejante concepción trascenden- 
tal del arte la presenta Hegel con tal pro- 
fundidad dialéctica, que seduce. Lo cierto 
es que con esa libertad pelagiana que se 
desplega sin límites ni obstáculos, y con ese 
universo construido de dentro á fuera, cada 
artista puede dar por ley del arte su ideal 
propio, y decir, parodiando á Luis XIV : «La 
estética soy yo.» «El arte — enseña Hegel— 
restituye á aquello que en realidad está 
manchado por la mezcla de lo accidental y 
exterior, la armonía del objeto con su ver- 
dadera idea, rechazando todo cuanto no co- 
rresponda con ella en la representación ; y 
mediante esta purificación produce lo ideal, 
mejorando la naturaleza, como suele decir- 
se del pintor retratista.» Ya tiene el arte 
carta blanca para enmendarle la plana á la 
naturaleza y forjar «el objeto», según le 
venga en talante á «la verdadera idea». 

Pongamos ejemplos de estas correcciones 
á la naturaleza, tomándolos de algún escri- 
tor idealista. Gilliatt, el héroe de Los tra- 
bajadores del mar de Víctor Hugo , es en 
realidad un hombre rudo , que casualmente 



LA CUESTIÓN PALPITANTE. 



73 



se prenda de una muchacha y se ofrece á 
desempeñar un trabajo hercúleo para obte- 
ner su mano. Nada más natural y humano, en 
cierto modo, que este asunto. Pero, por me- 
dio del procedimiento de Hegel, el hombre 
se va agigantando, convirtiéndose en un 
titán ; sostiene lucha colosal con los elemen- 
tos desencadenados, con los monstruos ma- 
rinos, venciéndolos, por supuesto ; por si no 
basta, concluye siendo mártir sublime, y el 
autor decreta su apoteosis. 

Sin salir de esta misma novela, Los tra- 
bajadores del mar , aún encontramos otro 
personaje más conforme que Gilliatt con las 
leyes de la estética idealista : el pulpo. Pul- 
pos sin enmienda los vemos á cada paso en 
nuestra costa cantábrica ; cuando aplican 
sus ventosas á la pierna de un bañista ó de 
un marinero, basta por lo regular una sa- 
cudida ligera para soltarse; por acá, el 
inofensivo cefalópodo se come cocido, y es 
manjar sarbroso, aunque algo coriáceo. Pe- 
ro éstos son los pulpos tal cual Dios los crió, 
la apariencia sensible del pulpo, que diría 
un hegeliano ; lo real del pulpo, ó sea su 
idea, es lo que Víctor Hugo aprovechó para 
dramatizar la acción de Los trabajadores. 
Allí el pulpo ideal, ó la idea que se oculta 



74 



EMILIA. PARDO BAZÁN. 



bajo la forma del pulpo, crece , no sólo físi- 
ca, sino moralmente, hasta medir tamaño 
desmesurado : el pulpo es la sombra, el pul- 
po es el abismo, el pulpo es Lucifer. Así se 
corrige á la naturaleza. 

Un héroe idealista de muy diversa condi- 
ción que Gilliatt es el Rafael de Lamartine. 
Este no representa la fuerza y la abnega- 
ción, no es el león-cordero, sino la poesía, 
la melancolía, el amor insondable é infinito, 
el estado de ensueño perpetuo. Complácese 
el autor en describir la lindeza de Rafael, 
muy semejante á la del de Urbino , y además 
le atribuye las cualidades siguientes: «Si 
Rafael fuese pintor — dice — pintaría la Vir- 
gen de Foligno ; si manejase el cincel , escul- 
piría la Psiquis de Canova; si fuese poeta, 
hubiera escrito los apóstrofes de Job á Je- 
hová, las estancias de la Herminia del Tas- 
so, la conversación de Romeo y Julieta á la 
luz de la luna, de Shakespeare, el retrato 
de Haydea , de lord Byron....» Ustedes cree- 
rán que Rafael se conforma con pintar lo 
mismo que su homónimo , esculpir como 
Canova y poetizar como Job , el Tasso, Sha- 
kespeare y Byron en una pieza. ¡Quiá! El 
autor añade que, puesto en tales y cuales 
circunstancias , Rafael hubiese tendido á 



LA CUESTIÓN PALPITANTE. 



75 



todas las cimas, como César, hablado como 
Demóstenes y muerto como Catón. Así se 
compone un héroe idealista de la especie 
sentimental. ¡Cuan preferible es retratar un 
ser humano, de carne y hueso, á fantasear] 
maniquíes ! 

Los hombres de extraordinario talento 
suelen poseer la virtud de la lanza de Aqui- 
les para curar las heridas que abren. En la 
Poética de Hegel doy con un párrafo que es 
el mejor programa de la novela realista. 
«Por lo que hace á la representación , la 
novela propiamente dicha exige también, 
como la epopeya, la pintura de un mundo 
entero y el cuadro de la vida, cuyos nume- 
rosos materiales y variado fondo se encie- 
rren en el círculo de la acción particular 
que es centro del conjunto. En cuanto á las 
condiciones especiales de concepción y eje- 
cución, hay que otorgar al poeta ancho cam- 
posanto más libre, cuanto menos puede, - ] 7 
en este caso, eliminar de sus descripciones 
la prosa de la vida real, sin que por eso él 
haya de mostrarse vulgar ni prosaico.» Si 
se tiene en cuenta la época en que Hegel 
escribió esto, cuando la novela analítica era 
la excepción, es más de admirar la exacti- 
tud de la apreciación independiente del sis- 



7¿ 



EMILIA PARDO BAZÁN. 



tema general hegeliano, como lo es también 
en cierto modo lo que dice acerca del fin y 
propósito del arte. En este terreno lleva in- 
mensa ventaja á Zola: para Hegel, el arte 
es objeto propio de sí mismo, y referirlo á 
otra cosa, ála moral, por ejemplo, es des- 
viarlo de su camino verdadero. 

«El objeto del arte — declara el filósofo de 
Stuttgart — es manifestar la verdad bajo for- 
mas sensibles, y cualquiera otro que se pro- 
ponga, como la instrucción, la purificación, 
el perfeccionamiento moral, la fortuna, la 
gloria, no conviene al arte considerado en 
sí.» El error que aquí nos sale al paso es que 
Hegel, al decir verdad, sobreentiende idea, 
pero al menos no saca á la belleza de su te- 
rreno propio ; no confunde, como Zola, los 
fines del arte y de las ciencias morales y po- 
líticas. 

El idealismo está representado en litera- 
tura por la escuela romántica, que Hegel 
consideraba la más perfecta, y en la cual 
cifraba el progreso artístico. Esta escuela, 
que tanto brilló en nuestro siglo, fué al prin- 
cipio piedra de escándalo, como lo es el na- 
turalismo ahora. Sus instructivas vicisitudes 
merecen capítulo aparte. 



IV 



HISTORIA DE UN MOTÍN. 



Allá por los años de 1829 , el conde Alfredo 
de Vigny , escritor delicado cuya aspira- 
ción era encerrarse en una torre de marfil 
para evitar el contacto del vulgo , dió al 
Teatro Francés la traducción y arreglo del 
Otelo de Shakespeare. Esta tragedia y las 
mejores del gran dramático inglés se cono- 
cían en Francia ya, merced á las adaptacio- 
nes de Ducis , que en 1792 había aderezado el 
Otelo al gusto de la época, con dos desenla- 
ces distintos, uno el de Shakespeare, y otro 
« para uso de las almas sensibles» . No juzgó el 
conde de Vigny necesarias tales precaucio- 
nes, aunque sí atenuó en muchos pasajes la 
crudeza shakesperiana; gracias á lo cual el 
público se mostró resignado durante los pri- 
meros actos, y hasta aplaudió de tiempo en 
tiempo. Pero al llegar á la escena en que el 
moro, frenético de celos, pide á Desdémona 



78 



EMILIA PARDO BAZÁN. 



el pañuelo bordado que le entregara enpren- 
da de amor , la palabra pañuelo (mouchoir), 
traducción literal de la inglesa handker- 
chief, produjo en el auditorio una explosión 
de risas, silbidos, pateos y chicheos. Espe- 
raban los espectadores algún circunloquio, 
alguna perífrasis alambicada , como candido 
cendal ó cosa por el estilo, que no ofendiese 
sus cultas orejas ; y al ver que el autor se to- 
maba la libertad de decir pañuelo á secas, 
armaron tal escándalo , que el teatro se caía. 

Formaba parte Alfredo de Vigny de una 
escuela literaria entonces naciente , que ve- 
nía á innovar y á trasformar por completo la 
literatura. Dominaba el clasicismo á la sazón, 
no sólo en las esferas oficiales, sino en el 
gusto y opinión general, como lo demuestra 
la anécdota del pañuelo. ¡Tan mínima licen- 
cia causar tan terrible espanto! Es que lo que 
hoy nos parece leve , á la sazón era gravísi- 
mo. Las letras, á fuerza de inspirarse en los 
modelos clásicos, de sujetarse servilmente 
á las reglas de los preceptistas, y de pre- 
tender majestad, prosopopeya y elegancia, 
habían llegado á tal extremo de decadencia, 
que se juzgaba delito la naturalidad , y sacri- 
legio llamar á las cosas por su nombre, y las 
nueve décimas partes de las palabras fran- 



LA CUESTIÓN PALPITANTE. 



79 



cesas se hallaban proscritas á pretexto de no 
profanar la nobleza del estilo. Por eso el 
gran poeta que capitaneó la renovación lite- 
raria, Víctor Hugo , dijo en las Contempla- 
ciones: «¡No haya desde hoy más vocablos 
patricios ni plebeyos ! Suscitando una tem- 
pestad en el fondo de mi tintero, mezclé 
la negra multitud de las palabras con el 
blanco enjambre de las ideas, y exclamé: 
;De hoy más no existirá palabra en que no 
pueda posarse la idea bañada de éter!> 

Una literatura que, como el clasicismo de 
principios del siglo, mermaba el lenguaje, 
apagaba la inspiración y se condenaba á 
imitar por sistema, había de ser forzosa- 
mente incolora, artificiosa y pobre; y los 
románticos , que venían á abrir nuevas fuen- 
tes, á poner en cultura terrenos vírgenes, 
llegaban tan á tiempo como apetecida lluvia 
sobre la tierra desecada. Aunque al pronto 
el público se alborotase y protestase, tenía 
que acabar por abrirle los brazos. Es curio- 
so que las acusaciones dirigidas al romanti- 
cismo incipiente se parezcan como un hue- 
vo á otro á las que hoy se lanzan contra el 
realismo. Leer la crítica del romanticismo 
hecha por un clásico . es leer la del realismo 
por un idealista. Según los clásicos, la es- 



So 



EMILIA PARDO BAZÁN. 



cuela romántica buscaba adrede lo feo, sus- 
tituía lo patético con lo repugnante, la pa- 
sión con el instinto ; registraba los pudride- 
ros, sacaba á luz las llagas y úlceras más 
asquerosas, corrompía el idioma y emplea- 
ba términos bajos y viles.— ¿No diría cual- 
quiera que el objeto de esta censura es 
L' Assommoir ? 

Sin arredrarse, proseguían los románticos 
su formidable motín. En Inglaterra , Cole- 
ridge, Carlos Larnb , Southey , Words- 
worth, Walter Scott , rompían con la tradi- 
ción, desdeñaban la cultura clásica y prefe- 
rían á La Eneida una balada antigua , y á 
Roma la Edad Media. En Italia, la renova- 
ción dramática procedía del romanticismo, 
por medio de Manzoni. Alemania, verda- 
dera cuna de la literatura romántica , la 
poseía ya riquísima y triunfante. España, 
harta de poetas sutiles y académicos, tam- 
bién se abrió gastosísima al cartaginés , que 
traía las manos llenas de tesoros. Pero en 
ninguna parte fué el romanticismo tan fértil, 
militante y brioso como en Francia. Sólo 
por aquel brillante y deslumbrador período 
literario merecen nuestros vecinos la legíti- 
ma influencia, que no es posible disputarles, 
y que ejercen en la literatura de Europa. 



LA CUESTIÓN PALPITANTE. 8l 



¡Magnífica expansión, rico florecimiento 
del ingenio humano! Sólo puede comparar- 
se á otra gran época intelectual : la de es- 
plendor de la filosofía escolástica. Y tiene 
de notable haber sido mucho más corta : 
nacido el romanticismo después que el si- 
glo xix, un gran crítico, Sainte-Beuve, ha- 
bló de él en 1848 como de cosa cerrada y 
concluida, declarando que el mundo perte- 
necía ya á otras ideas, otros sentimientos, 
otras generaciones. Fué un relámpago de 
poesía, de belleza y de encendida claridad, 
al cual se le puede aplicar la estrofa de 
Nuñez de Arce : 



¡ Qué espontáneo y feliz renacimiento ! 
¡ Qué pléyade de artistas y escritores ! 
En la luz , en las ondas , en el viento 
Hallaba inspiración el pensamiento, 
Gloria el soldado y el pintor colores. 



Un individuo de la falange francesa , Do- 
valle, muerto en desafío á la edad de veinti- 
dós años, aconsejaba así al poeta románti- 
co : «Ardiendo en amor y penetrado de ar- 
monías , deja brotar tus inflamados versos, 
y fogoso y libre pide á tu genio cantos nue- 
vos é independientes. Si el cielo te disputa la 

6 



82 



EMILIA PARDO BAZÁN. 



sagrada chispa, vuela atrevido á robársela. 
¡Vuela, mancebo! Sí, acuérdate de ícaro : 
¡él cayó, pero logró ver el cielo!» 

Aunque del movimiento romántico fran- 
cés descartemos á algunos de sus represen- 
tantes que, como Alfredo de Musset y Bal- 
zac, no le pertenecen del todo y correspon- 
den en rigor á distinta escuela, le queda una 
cantidad tal de nombres célebres, que bas- 
tan á enriquecer, no algunos lustros, sino un 
par de siglos. Chateaubriand, — hoy desde- 
ñado más de lo justo ;— el suave y melodio- 
so Lamartine ; Jorge Sand ; Teófilo Gautier, 
tan perfecto en la forma ; Víctor Hugo, co- 
loso que aún se mantiene de pie ; Agustín 
Thierry , primer historiador artista , son su- 
ficientes para ello, sin contar los muchos 
autores , quizá secundarios, pero de indis- 
putable valía , que dan señal evidente de la 
fecundidad de una época y pulularon en el 
romanticismo francés ; Vigny , Mérimée, Ge- 
rardo de Nerval, Nodier, Dumas, y, en fin, 
una bandada de dulces y valientes poetisas, 
de poetas y narradores originales que fuera 
prolijo citar. Teatro, poesía, novela, histo- 
ria, todo se vió instaurado, regenerado y 
engrandecido por la escuela romántica. 

Nosotros, los del lado acá del Pirineo, sa- 



LA CUESTIÓN PALPITANTE. 



télites— mal que nos pese— de Francia , re- 
cordamos también la época romántica como 
fecha gloriosa, experimentamos todavía su 
influencia y tardaremos bastante en eximir- 
nos de ella. Diónos el romanticismo á Zorri- 
lla, que fué como el ruiseñor de nuestra 
aurora al par que el lucero melancólico de 
nuestro ocaso : místicos arpegios, notas de 
guzla, serenatas árabes, medrosas leyendas 
cristianas, la poesía del pasado, la riqueza 
de las formas nuevas, todo lo expresó el 
poeta, castellano con tan inagotable vena, 
con tan sonora versificación, con tan delei- 
table y nunca escuchada música, que aun 
hoy.... ¡que lo tenemos tan lejos ya!, parece 
que su dulzura nos suena dentro , en el alma. 
Á su lado, Espronceda alza \a.byroniana 
frente; y el soldado poeta, García Gutié- 
rrez, coge tempranos laureles que sólo le 
disputa Hartzenbusch ; el Duque de Rivas 
satisface la exigencia histórico-pintoresca 
en sus romances, y Larra, más romántico 
en su vida que en sus obras , con agudo hu- 
morismo, con zumbona ironía, indica la 
transición del período romántico al realista. 
Mucho antes de que empezase á verificarse, 
aunque determinada por la francesa, nues- 
tra revolución literaria tuvo carácter pro- 



EMILIA PARDO BAZÁN. 



pió: nádanos faltó: andando el tiempo, si no 
poseímos un Heine y un Alfredo de Musset, 
nos nacieron Campoamor y Bécquer. 

Mas el teatro del combate decisivo, im- 
porta repetirlo, fué Francia. Allí hubo ata- 
que impetuoso por parte de los disidentes, y 
tenaz resistencia por la de los conservado- 
res. Baour-Lormian, en una comedia titula- 
da El clásico y el romántico , establecía la 
sinonimia de clásico y hombre de bien , de 
romántico y pillo : y siguiendo sus huellas, 
siete literatos clásicos netos elevaron á Car- 
los X una exposición donde le rogaban que 
toda pieza contaminada de romanticismo 
fuese excluida del Teatro Francés, álo cual 
el Rey contestó, con muy buen acuerdo, que 
en materia de poesía dramática él no tenía 
más autoridad que la de espectador, ni más 
puesto que el asiento que ocupaba. 

Á su vez los románticos provocaban la 
lucha, retaban al enemigo, y se mostraban 
díscolos y sediciosos hasta lo sumo. Reíanse 
á mandíbula batiente de las tres unidades de 
Aristóteles; mandaban á paseo los preceptos 
de Horacio y Boileau (sin ver que muchos de 
ellos son verdades evidentes dictadas porin- 
flexible lógica, y que el preceptista no pudo 
inventar, como ningún matemático inventa 



LA CUESTIÓN PALPITANTE. 85 



los axiomas fundamentales, primeros princi- 
pios de la ciencia), y se divertían en chas- 
quear á los críticos que les eran adversos, 
como ingeniosamente lo hizo Carlos Nodier. 
Este docto filólogo y elegante narrador pu- 
blicó una obra titulada Smarra, y los críti- 
cos, tomándola por engendro romántico, la 
censuraron acerbamente. ¡Cuál no sería su 
sorpresa al enterarse de que Smarra se 
componía de pasajes traducidos de Homero, 
Virgilio , Estacio , Teócrito , Catulo , Lucia- 
no, Dante, Shakespeare y Milton! 

Hasta en los pormenores de indumentaria 
querían los románticos manifestar indepen- 
dencia y originalidad, sin cuidarse de evitar 
la extravagancia. Son proverbiales y carac- 
terísticas las melenas de entonces, y famoso 
el traje conque Teófilo Gautier asistió al 
memorable estreno del Hernani de Víctor 
Hugo. Componíase el traje en cuestión de 
chaleco de raso cereza , muy ajustado , á ma- 
nera de coleto , pantalón verde pálido con 
franja negra, frac negro con solapas de ter- 
ciopelo, sobretodo gris forrado de raso verde, 
y á la garganta una cinta de moiré , sin aso- 
mos de tirilla ni cuello blanco. Semejante ata- 
vío, escogido adrede para escandalizar á los 
pacíficos ciudadanos y á los clásicos asom- 



86 



EMILIA PARDO BAZÁN. 



bradizos, produjo casi tanto efecto como el 
drama. 

No se limitaba el romanticismo á la litera- 
tura : trascendía á las costumbres. Es una de 
sus señas particulares haber puesto en moda 
ciertos detalles, ciertas fisonomías, las da- 
miselas pálidas y con tirabuzones, los hé- 
roes desesperados y en último grado de 
tisis, la orgía y el cementerio. Varió total- 
mente el concepto que se tenia del literato : 
éste era por lo general, en otros tiempos, 
persona inofensiva, apacible, de retirado y 
estudioso vivir : desde el advenimiento del 
romanticismo se convirtió en calavera mi- 
sántropo, al cual las musas atormentaban 
en vez de consolarle, y que ni andaba, ni 
comía, ni se conducía en nada como el resto 
del género humano, encontrándose siempre 
cercado de aventuras, pasiones y disgustos 
profundísimos y misteriosos. Y que no todo 
era ficticio en el tipo romántico, lo prueba 
la azarosa vida de Byron, el precoz hastío 
de Alfredo Musset, la demencia y el suicidio 
de Gerardo de Nerval, las singulares vicisi- 
tudes de Jorge Sand , las volcánicas pasiones 
y trágico fin de Larra , los desahogos y 
vehemencias de Espronceda. No hay vino 
que no se suba á la cabeza si se bebe con ex- 



LA CUESTIÓN PALPITANTE. 



87 



ceso, y la ambrosía romántica fué sobrado 
embriagadora para que no se trastornasen 
los que la gustaban en la copa divina del 
arte. 

¡Tiempos heroicos de la literatura moder- 
na! Sólo la ciega intolerancia podrá desco- 
nocer su valor y considerarlos únicamente 
como preparación para la edad realista que 
empieza. Y no obstante, al llamar á la vida 
artística lo feo y lo bello indistintamente , al 
otorgar carta de naturaleza en los dominios 
de la poesía á todas las palabras, el roman- 
ticismo sirvió la causa de la realidad. En 
vano protestó Víctor Hugo declarando que 
vallas infranqueables separan á la realidad 
según el arte, de la realidad según la natu- 
raleza. No impedirá esta restricción calcu- 
lada que el realismo contemporáneo , y aun 
el propio naturalismo, se funden y apoyen 
en principios proclamados por la escuela 
romántica. 



V 



ESTADO DE LA ATMÓSFERA. 



Lo que se ve claramente al estudiar el ro- 
manticismo y fijar en él una mirada des- 
apasionada, es que tenía razón Sainte-Beu- 
ve; que su vida fué tan corta como intensa y 
brillante, y que desde mediados del siglo ha^ 
muerto, dejando numerosa descendencia. 
Porque la clausura del período romántico 
no se debió á que aquel clasicismo rancio y 
anémico de otros días resucitase para impe- 
rar de nuevo; ni semejantes restauraciones 
caben en los dominios de la inteligencia, ni 
el entendimiento humano es ningún costal 
que se vacíe cuando está muy lleno , quedan- 
do encima lo de abajo, como suele decirse de 
las modas. Acertaba Madama Stael al decla- 
rar que ni el arte ni la naturaleza reinciden 
con precisión matemática; sólo vuelve y es 
restaurado lo que sobrevive á la crítica y 
cuela al través de su fino tamiz; así del cía- 



EMILIA PARDO BAZÁN. 



sicismo renacen hoy cosas realmente buenas 
y bellas que en él hubo, ó que por lo me- 
nos, si no son buenas y bellas, están en ar- 
monía con las exigencias de la época pre- 
sente y del actual espíritu literario. Lo pro- 
pio sucede al romanticismo : de él sobrevive 
cuanto sobrevivir merece , mientras sus 
exageraciones, extravíos y delirios pasaron 
como torrente de lava, abrasando el suelo 
y dejando en pos inútil escoria. Una litera- 
tura nueva, que ni es clásica ni romántica, 
pero que se origina de ambas escuelas y 
propende á equilibrarlas en justa propor- 
ción, va dominando y apoderándose de la 
segunda mitad del siglo xix. Su fórmula no 
se reduce á un eclecticismo dedicado á en- 
colar cabezás románticas sobre troncos clá- 
sicos, ni á un sincretismo que mezcle, á 
guisa de legumbres en menestra, los ele- 
mentos de ambas doctrinas rivales. Es pro- 
\ ducto natural, como el hijo en quien se unen 
substancialmente la sangre paterna y la ma- 
terna, dando por fruto un individuo dotado 
de espontaneidad y vida propia. 

Me parece ocioso insistir en demostrar lo 
que no puede ni discutirse, á saber, que 
existen formas literarias recientes , y que las 
antiguas decaen y se extinguen poco á poco. 



LA CUESTIÓN PALPITANTE. 



91 



Sería estudio 'curioso el de la disminución 
gradual de la influencia romántica, no sólo 
en las letras, sino en las costumbres. Sin 
rasgar el velo que cubre la vida privada, 
considero fácil poner de relieve el notable 
cambio que han sufrido los hábitos litera- 
rios y el estado de ánimo de los escritores. 
Desde hace algunos años calmóse la efer- 
vescencia de los cerebros, atenuóse aquella 
irritabilidad enfermiza, 6 subjetivismo, que 
tanto atormentaba á Byron y Espronceda, y ^ 
entramos en un período de mayor serenidad 
y sosiego. Nuestros grandes autores y poe- 1 
tas contemporáneos viven como el resto de ) 
los mortales ; sus pasiones— si es que las 
experimentan— laten escondidas en el fondo 
de su alma , y no se desbordan en sus libros 
ni en sus versos ; el suicidio perdió presti- 
gio á sus ojos , y no lo buscan ni en el exce- 
so de desordenados placeres ni en ningún 
pomo de veneno ó arma mortífera. En ves- 
tir, en habla y conducta, son idénticos á 
cualquiera, y el que por la calle se tropiece 
con Núñez de Arce ó Campoamor sin cono- 
cerlos, dirá que ha visto dos caballeros bien 
portados, el uno de pelo blanco, el otro algo 
descolorido, que no tienen nada de particu- 
lar. Todo París conoce la existencia bur- 



92 



EMILIA PARDO BAZÁN. 



guesa y metódica de Zola, encariñadísimo 
con su familia ; y si no fuera que siempre 
comete indiscreción quien descubre intimi- 
dades del hogar, por inocentes que sean, yo 
añadiría en este respecto, al nombre del no- 
velista francés, algunos muy ilustres en Es- 
paña. 

Lo cual no quiere decir que se haya con- 
cluido la vaga tristeza, la contemplación 
melancólica, el soñar cosas diferentes de las 
que nos ofrece la realidad tangible, el des- 
contento y sed del alma y otras enfermeda- 
des que sólo aquejan á espíritus altos y po- 
derosos, ó tiernos y delicados. ¡ Ah , no por 
cierto! Esa poesía interior no se agotó : lo 
proscrito es su manifestación inoportuna, 
afectada y sistemática. Los soñadores pro- 
ceden hoy como aquellos frailecitos humil- 
des y santas monjas que, al desempeñar los 
menesteres de la cocina ó barrer el claustro, 
sabían muy bien traer el pensamiento embe- 
becido en Dios, sin que por fuera pareciese 
sino que atendían enteramente al puchero y 
á la escoba. No es nuestra edad tan positiva 
como aseguran gentes que la mir^n por alto, 
ni hay siglo en que la condición humana se 
mude del todo y el hombre encierre bajo 
doble llave algunas de sus facultades ,usan- 



LA CUESTIÓN PALPITANTE. 



95 



do sólo de las que le place dejar fuera. La 
diferencia consiste en que el romanticismo 
tuvo ritos, á los cuales , en el año de 1882» 
nadie se sujetaría sin que le retozase la risa 
en el cuerpo. Si en el estreno del drama más 
discutido de Echegaray se presentase al- 
guien con el estrafalario atavío de Teófilo 
Gautier en Hernani, puede que lo manda- 
sen á Leganés. 

Ahora bien : si el romanticismo ha muerto 
y el clasicismo no ha resucitado, será que 
la literatura contemporánea encontró otros 
moldes, como suele decirse , que le vienen 
más cabales ó más anchos. Tengo por difícil 
juzgar ahora estos moldes: indudablemente 
es temprano : no somos aún la posteridad , y 
quizá no acertaríamos á manifestarnos im- 
parciales y sagaces. Sólo es lícito indicar 
que una tendencia general, la realista, se 
impone á las letras, aquí contrastada por lo 
que aún subsiste del espíritu romántico, allá 
acentuada por el naturalismo , que es su nota 
más aguda , pero en todas partes vigorosa y 
dominante ya , como lo prueba el examen á% 
la producción literaria en Europa. 

De la generación romántica francesa sólo 
queda en pie Víctor Hugo, materialmente, 
porque vive; moralmente hace tiempo que 



9 1 



EMILIA PARDO BAZÁN. 



no se cuenta con él ; sus últimas obras no se 
pueden leer con gusto , ni casi con paciencia, 
y los autores franceses cuya celebridad atra- 
viesa el Pirineo y los Alpes esparciéndose 
por todo el mundo civilizado, son realistas 
y naturalistas. Inglaterra ha visto caer uno 
á uno los colosos de su período romántico, 
Byron, Southey, Walter Scott, y venir á 
reemplazarlos una falange de realistas de 
talento singular : Dickens, que se paseaba 
por las calles de Londres días enteros ano- 
tando en su cartera lo que oía, lo que veía, 
las menudencias y trivialidades de la vida 
cotidiana ; Thackeray, que continuó las vi- 
gorosas pinturas de Fielding ; y por último, 
como corona de este renacimiento del genio 
nacional, Tennyson, el poeta del home , el 
cantor de los sentimientos naturales y apa- 
cibles, déla familia, de la vida doméstica y 
del paisaje tranquilo. España.... ¿Quién duda 
que también España propende, si no tan re- 
sueltamente como Inglaterra, por lo menos 
con fuerza bastante, á recobrar en literatura 
su carácter castizo y propio, más realista 
que otra cosa ? Se han establecido de algún 
tiempo acá corrientes de purismo y arcaís- 
mo , que si no se desbordan, serán muy úti- 
les y nos pondrán en relación y contacto con 



LA CUESTIÓN PALPITANTE. 



95 



nuestros clásicos, para que no perdamos el 
gusto y sabor de Cervantes , Hurtado y Santa 
Teresa. No sólo los escritores primorosos 
y un tanto amanerados, como Valera,sino 
los que escriben libremente, ex toto cor de, 
como Galdós, desempolvan, limpian de orín 
y dan curso á frases añejas, pero adecuadas, 
significativas y hermosas. Y no es única- 
mente la forma, el estilo , lo que va hacién- 
dose cada vez más nacional en los escritores 
de nota ; es el fondo y la índole de sus pro- 
ducciones. Galdós con los admirables Epi- 
sodios y las Novelas contemporáneas , Va- 
lera con sus elegantes novelas andaluzas, 
Pereda con sus frescas narraciones monta- 
ñesas, llevan á cabo una restauración, re- 
tratan nuestra vida histórica, psicológica, 
regional ; escriben el poema de la moderna 
España. Hasta Alarcon , el novelista que 
más conserva las tradiciones románticas, 
luce entre sus . obras un precioso capricho 
de Goya, un cuento español por los cuatro 
costados, El Sombrero de tres picos. La 
patria va reconciliándose consigo misma 
por medio de las letras. 

En resumen , la literatura de la segunda 
mitad del siglo xix, fértil, variada y com- 
pleja, presenta rasgos característicos : re- 



96 



EMILIA PARDO BAZÁN. 



flexiva, nutrida de hechos, positiva y científi- 
ca, basada en la observación del individuo 
y de la sociedad , profesa á la vez el culto de 
la forma artística, y lo practica, no con la 
serena sencillez clásica, sino con riqueza y 
complicación. Si es realista y naturalista, es 
también refinada ; y como á su perspicacia 
analítica no se esconde ningún detalle, los 
traslada prolijamente, y pule y cincela el 
estilo. 

Nótase en ella cierto renacimiento de las 
nacionalidades, que mueve á cada pueblo á 
convertir la mirada á lo pasado, á estudiar 
sus propios excelsos escritores, y á buscar 
en ellos aquel perfume peculiar ó inexplica- 
ble que es á las letras de un país lo que á ese 
mismo país su cielo, su clima, su territorio. 
Al par se observa el fenómeno de la imita- 
ción literaria, la influencia recíproca de las 
naciones, fenómeno ni nuevo ni sorpren- 
dente, por ,más que alardeando de patriotis- 
mo lo condenen algunos con severidad irre- 
flexiva. 

La imitación entre naciones no es caso ex- 
traordinario, ni tan humillante para la nación 
imitadora como suele decirse. Prescindamos 
de los latinos, que calcaron á los griegos ; 
nosotros hemos imitado á los poetas italia- 



LA CUESTIÓN PALPITANTE. 



97 



nos ; Francia á su vez imitó nuestro teatro, 
nuestra novela : uno de sus autores más 
célebres, admirado por Walter Scott, Lesa- 
ge, escribió el Gil Blas, El Bachiller de 
Salamanca, y El diablo cojuelo , pisando 
las huellas de nuestros escritores del género 
picaresco ; en el período romántico, Alema- 
nia brindó inspiración á los franceses, que 
á su vez influyeron notablemente en Heine ; 
y esto fué de modo que si cada nación hu- 
biese de restituir lo que le prestaron las de- 
más, todas quedarían, si no arruinadas, 
empobrecidas cuando menos. Á propósito 
de imitación decía Alfredo de Musset con su 
donaire acostumbrado : «Acúsanme de que 
toméáByron por modelo. ¿Pues no saben 
que Byron imitaba á Pulci? Si leen á los ita- 
lianos, verán cómo los desvalijó. Nada per- 
tenece á nadie, todo pertenece á todos ; y es 
preciso ser ignorante como un maestro de 
escuela para forjarse la ilusión de que deci- 
mos una sola palabra que nadie haya dicho. 
Hasta el plantar coles es imitar á alguien.» 

La evolución (no me satisface la palabra, 
pero no tengo á mano otra mejor) que se ve- 
rifica en la literatura actual y va dejando 
atrás al clasicismo y al romanticismo , trans- 
forma todos los géneros. La poesía se modi- 

7 



9 8 



EMILIA PARDO BAZÁN. 



ficay admítela realidad vulgar como ele- 
mento de belleza : fácil es probarlo con sólo 
nombrar á Campoamor.La historia se apoya 
cada vez más en la ciencia y en el conoci- 
miento analítico de las sociedades. La crítica 
dejó de ser magisterio y pontificado , convir- 
tiéndose en estudio y observación incesante. 
El teatro mismo, último refugio de lo con- 
vencional artístico , entreabre sus puertas, 
si no á la verdad , por lo menos á la verosi- 
militud invocada á gritos por el público, que 
si acepta y aplaude bufonadas, magias, pan- 
tomimas y basta fantoches como mero pasa- 
tiempo ó diversión de los sentidos, en cuanto 
entiende que una obra escénica aspira á pe- 
netrar en el terreno del sentimiento y de la 
inteligencia, ya no le da tan fácilmente pa- 
saporte. Pero donde más victoriosa se en- 
troniza la realidad , donde está como en su 
casa, es en la novela, género predilecto de 
nuestro siglo, que va sobreponiéndose á los 
restantes, adoptando todas las formas, ple- 
gándose á todas las necesidades intelectua- 
les, justificando su título de moderna epope- 
ya. Ya es hora de concretarnos á la novela, 
puesto que eñ su campo es donde se produce 
el movimiento realista y naturalista con ac- 
tividad extraordinaria. 



VI 



GENEALOGÍA. 



La forma primaria de la novela es el cuen- 
to, no escrito, sino oral, embeleso del 
pueblo y de la niñez. Cuando al amor de la 
lumbre, durante las largas veladas de in 
vierno , ó hilando su rueca al lado de la 
cuna, las tradicionales abuela y nodriza re- 
fieren en incorrecto y sencillo lenguaje me- 
drosas leyendas ó morales apólogos, son.... 
i quién lo diría! precedesoras de Balzac, Zo- 
la y Galdós. 

Pocos pueblos del mundo carecen de estas 
ficciones. La India fué riquísimo venero de 
ellas , y las comunicó á las comarcas occi- 
dentales, donde por ventura las encuentra 
algún sabio filólogo y se admira de que un 
pastor le refiera la fábula sánscrita que leyó 
el día antes en la colección de Pilpay. Ara- 
bes , persas , pieles-rojas , negros , salva- 



100 



EMILIA PARDO BAZÁN. 



jes de Australia, las razas más inferiores é 
incivilizadas, poseen sus cuentos. ¡Cosa rara! r 
el pueblo escaso de semejante género de li- 
teratura es el que nos impuso y dió todos los 
restantes, á saber, Grecia. Se cree que Eso- 
po hubo de ser esclavo en algún país orien- 
tal para traer al suyo los primeros apólogos 
y fábulas. De novela, ni señales en las épo- 
cas gloriosas de la antigüedad clásica. Hasta 
cuatro siglos antes de nuestra era , cuanda 
tenían ya los griegos sus admirables epope- 
yas , teatro , poesía lírica , filosofía é historia, 
no aparece la primer ficción novelesca, la 
Ciropedia de Jenofonte, narración moral y 
política que no carece de analogía con el Te- 
lémaco; el período ático— así se llama todo 
el tiempo en que florecieron las letras hele- 
nas—no presenta otro novelista ni otra no- 
vela, pues no se sabe que Jenofonte reinci- 
diese. Los chinos , que en todo madrugan r 
poseyeron novelas desde tiempos remotos; 
pero como la cultura occidental arranca de 
Grecia, si quisiésemos rendir homenaje á 
nuestro primer novelista, tendríamos que 
celebrar el milenario, ó cosa así, de Jeno- 
fonte. 

Durante el período de decadencia literaria 
que comenzó en Alejandría, sale á luz en el 



LA CUESTIÓN PALPITANTE. 



101 



siglo de Augusto una linda novela pastoral, 
las Eubeanas, de Dión Crisóstomo. ¡No pa- 
rece sino que la fantasía novelesca estaba 
aguardando, -para manifestarse libremente, 
la venida del Cristianismo! Y muy á sus an- 
chas debió de volar desde entonces, y mucho 
abundarían las ficciones descabelladas y las 
fábulas milesias, cuando en el siglo n Lu- 
ciano de Samosata, escritor escéptico y agu- 
dísimo, como quien dice, el Voltaire del pa- 
ganismo, creyó necesario atacarlas en la 
misma guisa que Cervantes atacó después 
los libros de caballería, parodiándolas en 
dos novelas satíricas, la Historia verda- 
dera y el Asno. 

En efecto, la literatura de aquellos prime- 
ros siglos del Cristianismo, si cuenta con 
alguna buena novela, como Las Babilonias 
de Jámblico , está plagada de patrañas , mi- 
lagrerías é invenciones fantásticas , de bio- 
grafías é historias sin piés ni cabeza , de 
cuentos referentes á Homero, Virgilio y 
otros poetas y héroes , de Evangelios, leyen- 
das y actas apócrifas, algunas de muy gala- 
na invención; por donde se ve que el linaje 
de las novelas, con no ser tan antiguo como 
el de otros géneros, puede preciarse de ilus- 
tre, ya que un parentesco de afinidad le une 



102 



EMILIA PARDO BAZÁN. 



á la literatura sagrada. La era de la novela 
griega concluye con Dafnis y Cloe, Amores 
de Teagenes y Clariclea , las narraciones 
de Aquiles Tacio, las Ef estañas de Jeno- 
fonte de Éfeso , las Cartas de Aristenetes : 
género especial de novela erótica donde el 
paganismo moribundo se complacía en ador- 
nar con prolijas guirnaldas y festones el al- 
tar arruinado del amor clásico. 

Sobreviene la Edad Media : cambian per- 
sonajes, asuntos y escritores; la novela es 
poema épico, canción de gesta ó fabliau ; sus 
protagonistas, Jasón , Edipo, los Doce Pa- 
res, el Rey Artús, Flora y Blancaflor, Lan- 
zarote , Parcival , Guarino , Tristán é Iseo ; los 
argumentos, la conquista del Santo Grial, la 
guerra de Troya, la de Tebas; los autores, 
troveros ó clérigos. Muy rudimentariamente, 
ya se contenían allí los libros de caballerías 
y la novela histórica, así como las crónicas 
de los Santos y leyendas doradas encerra- 
ban el germen de la novela psicológica, de 
menos acción y movimiento , pero más deli- 
cada y sentida. Francia é Inglaterra se lle- 
varon la palma en este género de historias 
romancescas , de paladines , aventuras , ha- 
zañas y maravillas : bien nos desquitamos 
nosotros en el siglo xvi. 



LA CUESTIÓN PALPITANTE. 



I0 3 



Semejante á los jardines encantados que 
por arte de magia hacía florecer en lo más 
crudo del invierno algún alquimista , abrié- 
ronse de pronto en nuestrapatria los cálices, 
pintados de gules, sinople y azul, de la lite- 
ratura andantesca. No habían penetrado en 
España las crónicas y proezas de los héroes 
carlovingios , los amoríos de Lanzarotes y 
Tristanes ni los embustes de Merlín, pero en 
cambio moraba ya entre nosotros, amén del 
brioso Campeador real , el Cid ideal , el ca- 
ballero perfecto, puro y heroico hasta la san- 
tidad; el muy fermoso y nunca bien pondera- 
do Amadís de Gaula, patriarca de la Orden 
de Caballería, tipo tan caro á nuestra imagi- 
nación meridional é hidalga, que ya á prin- 
cipios del siglo xv, los perros favoritos de 
los magnates castellanos se llamaban Ama- 
dís , como ahora se llamarían Bismarck 6 
Garibaldi. ¿Nació el padre Amadís en Por- 
tugal ó en Castilla? Decídanlo los eruditos : 
lo cierto es que calentó su cabeza el sol ibé- 
rico, el sol que derretía los sesos de Alonso 
Quijano errante por las abrasadoras llanu- 
ras manchegas, y que su interminable pos- 
teridad, como retoños de oliva, brotó en 
el campo de las letras españolas. ; Oh y 
cuán fecundo himeneo fué aquel del firme 



104 



EMILIA PARDO BAZÁX. 



y casto Amadís con la incomparable señora 
Oriana ! 

Un mundo, un mundo imaginario , poético, 
dorado, misterioso y extranatural como el 
que vió el caballero de la Triste Figura en 
el fondo de la cueva de Montesinos , se alza 
en pos del hijo del Rey Perión de Gaula. Li- 
suartes, Floriseles y Esferamundis ; caballe- 
ros del Febo , de la Ardiente Espada , de la 
Selva; hermosísimas doncellas , feridas de 
punta de amores; dueñas rencorosas ó dolo- 
ridas; reinas y emperatrices de regiones ex- 
trañas, de ínsulas remotas, de comarcas 
antípodas , adonde algún alígero dragón 
transportaba en un decir Jesús al andante; 
enanos, jayanes, moros y magos, endriagos 
y vestiglos , sabios con barbas que les besa- 
ban los pies, y princesas encantadas con pelo 
que les cubría el cuerpo todo; castillos , si- 
mas, opulentos camarines, lagos de pez que 
encerraban ciudades de oro y esmeraldas ; 
cuanto brotó la fantasía de Ariosto, cuanto en 
melodiosas octavas cantó Torcuato Tasso, lo 
narraron en prosa castellana, rica, ampulosa, 
conceptuosa , henchida de retruécanos y ti- 
quis miquis amatorios, García Ordóñez de 
Montalvo, Feliciano de Silva, Toribio Fer- 
nández , Pelayo de Ribera , Luis Hurtado y 



LA CUESTIÓN PALPITANTE. 



ios 



otros mil noveladores de la falange cuya 
lectura secó el cerebro de Don Quijote y 
cuyo estilo parecía de perlas al buen hi- 
dalgo. «Oh, que quiero — dice una heroína 
andantesca , la reina Sidonia — dar fin á 
mis razones por la sinrazón que hago de 
quejarme de aquel que no la guarda en sus 
leyes!» 

Apresúrate , llega ya , manco glorioso, 
que haces gran falta en el siglo : ase la pé- 
ñola y descabézame luego al punto ese ejér- 
cito de gigantes, que al tocarles tú se vol- 
verán inofensivos cueros de vino tinto : hen- 
diráslos de una sola cuchillada , y perdiendo 
su savia embriagadora , se quedarán aplas- 
tados y hueros, i Ven, Miguel de Cervantes 
Saavedra, á concluir con una ralea de escri- 
tores disparatados , á abatir un ideal quimé- 
rico, á entronizar la realidad, á concebir la 
mejor novela del mundo! 

Notemos aquí un pormenor muy impor- 
tante. Si bien la novela caballeresca pren- 
dió, arraigó y fructificó tan lozana y copio- 
samente en nuestro suelo , ello es que nos 
vino de fuera. Amadís, en su origen, es una 
leyenda del ciclo bretón, importada á Espa- 
ña por algún fugitivo trovador pro venzal. 
Tirante el blanco , otro libro primitivo an- 



ioó 



EMILIA PARDO BAZÁN. 



dantesco, fué trasladado del inglés al por- 
tugués y al lemosín. Las aventuras de los 
andantes caballeros ocurren en Bretaña, en 
Gales, en Francia. Aunque diestramente 
adaptadas sus historias á nuestra habla, y 
leídas con deleite y hasta con entusiasta fu- 
ror, no pierden jamás un dejo extranjerizo 
que repugna al paladar nacional. Venga un 
Cervantes; que escriba en forma de novela 
una historia llena de verdad y de ingenio, 
protesta del ingenio patrio contra el falso 
idealismo y los enrevesados discursos que 
nos pronuncian héroes nacidos en otros paí- 
ses, y al punto se hará popular su obra, 
y la celebrarán las damas, y la reirán los 
pajes, y se leerá en los salones y en las 
antesalas, y sepultará en el olvido las so- 
ñadas aventuras caballerescas : olvido tan 
rápido y total como ruidosa era su fama y 
aplauso. 

De andar en manos de todo el mundo, pa- 
saron los libros de caballerías á ser objeto 
de curiosidad. Sus autores eran contemporá- 
neos de Herrera, Mendoza y los Luises. 
¿Quién se acuerda hoy de aquellos fecundos 
novelistas, tan caros á su época? ¿Quién 
sabe, á no buscarlo ex profeso en un manual 
de literatura, el nombre del ingenio que 



LA CUESTIÓN PALPITANTE. IOJ 



compuso, v. gr.,Don Cirongilio de Tracia? 

No me es posible persuadirme— digan lo 
que quieran los trascendentalistas— á que 
Cervantes, cuando escribió el Quijote , no 
quiso realmente atacar los libros de caballe- 
rías, y matar en ellos una literatura exótica 
que robaba á la castiza todo el favor del pú- 
blico. Y lo creo así, en primer lugar, porque 
si la literatura caballeresca no hubiese al- 
canzado desarrollo y preponderancia alar- 
mante, Cervantes, al combatirla, procede- 
ría como su héroe , tomando los carneros 
por ejércitos , y batiéndose con los molinos 
de viento; y en segundo, porque juzgando 
analógicamente, comprendo bien que si un 
realista contemporáneo poseyese el talento 
asombroso de Cervantes, lo emplease en es- 
cribir algo contra el género idealista , senti- 
mental y empalagoso que aún goza hoy del 
favor del vulgo, como los libros de caba- 
llerías , en tiempos de Cervantes. Por lo de- 
más, claro que el Quijote no es mera sátira 
literaria. ¡Qué ha de ser, si es lo más gran- 
de y hermoso que se ha escrito en el género 
novelesco! 

El principal mérito literario de Cervantes 
— dejando aparte el valor intrínseco del Qui- 
jote como obra de arte— consiste en haber 



ioS 



EMILIA PARDO BAZÁX. 



reanudado la tradición nacional , haciendo 
que al concepto del Amadís forastero y tan 
quimérico como Artús y Roldán reemplace 
un tipo real como nuestro héroe castellano 
el Cid Rodrigo Díaz , que con mostrarse 
siempre valeroso y honrado, y noble y co-' 
medido , y cristiano, lo mismo que el solita- 
rio de la Peña Pobre , es además un ser de 
carne y hueso y manifesta afectos, pasiones 
y hasta pequeñeces humanas, ni más ni me- 
nos que Don Quijote; con ellos me entierren 
y no con la dilatada estirpe de los Ama- 
dises. 

No inventó Cervantes la novela realista es- 
pañola porque ésta ya existía y la represen- 
taba La Celestina , obra maestra , más nove- 
lesca todavía que dramática, si bien escrita 
en diálogo. Ningún hombre, aunque atesore 
el genio y la inspiración de Cervantes , in- 
venta un género de buenas á primeras : lo 
que hace es deducirlo de los antecedentes 
literarios. Mas no importa : el Quijote y el 
Amadís dividen en dos hemisferios nuestra 
literatura novelesca. Al hemisferio del Ama- 
dís se pueden relegar todas las obras en que 
reina la imaginación, y al del Quijote aque- 
llas en que predomina el carácter realista, 
patente en los monumentos más antiguos de 



LA CUESTIÓN PALPITANTE. 



109 



las letras hispanas. En el primero caben, 
pues, los innumerables libros de caballería, 
las novelas pastoriles y alegóricas , sin ex- 
cluir la misma Galateay el Persiles, de 
Cervantes; en el segundo las novelas ejem- 
plares y picarescas : el Lazarillo, el Gran 
Tacaño 9 Marcos de Obregón, Gusmán de 
Alfar ache ; los cuadros llenos de luz y color 
de la Gitanilla, el humorístico Coloquio de 
los perros , el Diablo cojuelo, de Guevara; 
el cuento donosísimo de los Tres maridos 
burlados , y.... ¿á qué citar? ¿Cuán<Jo acaba- 
ríamos de nombrar y encarecer tantas obras 
maestras de gracia , observación , donosu- 
ra, ingenio, desenfado, vida, estilo y senten- 
ciosa profundidad moral? Mientras el terri- 
torio idealista se pierde , se hunde cada vez 
másenlas nieblas del olvido, el realista, 
embellecido por el tiempo — como sucede á 
los lienzos de Velázquez y Murillo — basta 
para hacer que el pasado de nuestra litera- 
ratura recreativa sea sin par en el orbe. 

Esta brevísima excursión por el campo de 
la novela desdesunacimiento hasta la aurora 
de los tiempos modernos, en los cuales tanto 
se enriqueció y tantas metamorfosis sufrió, 
nos enseña cuán mudable es el gusto y cómo 
las épocas forman la literatura á su imagen. 



110 



EMILIA. PARDO BAZÁX. 



¡ Qué diferencia, por ejemplo, entre tres obras 
recreativas: Dafnis y Cloe , Amadís de 
Gaula y el Gran Tacaño! Me represento á 
Dafnis y Cloe como un bajo-relieve pagano 
cincelado, no en puro mármol, sino en ala- 
bastro finísimo. Sobre el fondo de una rústica 
cueva, donde se alza el ara de las ninfas ro- 
deada de flores, retozan el zagal y la zagala 
adolescentes , y á su lado brinca una cabra y 
yace caído el zurrón, el cayado, los odres 
llenos de leche fresca ; el diseño es elegan- 
te, sin vigor ni severidad, pero no sin cier- 
ta gracia y refinada molicie que blandamen- 
te recrean la vista. Amadís es un tapiz cuyas 
figuras se prolongan, más altas del tamaño 
natural; el paladín, armado de punta en 
blanco, se despide de la dama cuyos pies 
encubre el largo brial y cuyas delicadas 
manos sostienen una flor ; entre los colores 
apagados de la tapicería, resplandecen aquí 
y allí lizos de oro y plata ; en el fondo hay 
una ciudad de edificios cuadrangulares , si- 
métricos, como las pintan en los códices. Y 
por último, el Gran Tacaño es á manera 
de pintura, de la mejor época de la escuela 
española ; Velázquez sin duda fué quien 
destacó del lienzo la figura pergaminosa y 
enjuta del Dómine Cabra; sólo Velázquez 



LA CUESTIÓN PALPITANTE. 



III 



podría dar semejante claro-obscuro á la so- 
tana vieja, al rostro amarillento, al mue- 
blaje exiguo del avaro, i Qué luz ! ¡ Qué som- 
bras ! ¡Qué violentos contrastes! ¡Qué pin- 
cel valiente, franco, natural y cómico á un 
tiempo! Dafnis y Cloe y Amadís no tienen 
más vida que la del arte ; el Gran Tacaño 
vive en el arte y en la realidad. 



Vil 



PROSIGUE LA GENEALOGÍA 



n achaque de novelas hemos madrugado 



JL/ bastante más que los franceses. Hartos 
estábamos ya de producir historias caballe- 
rescas, y florecía en nuestro Parnaso el gé- 
nero picaresco y pastoril, mientras ellos no 
, poseían un mal libro de entretenimiento en 
prosa, si se exceptúan algunas nonveiles. 

Sin embargo , cuando en sus tratados de 
literatura llegan nuestros vecinos al si- 
glo xvi, no se olvidan jamás de decir que 
también tuvieron por entonces su Cervan- 
tes. Veamos quién fué el tal. 

Poseído de la embriaguez de letras huma- 
nas que caracterizó al Renacimiento, cierto 
fraile franciscano, hijo de un ventero ture- 
nés, se dió á estudiar el griego, descuidan- 
do totalmente los deberes de su regla. Día y 
noche vivía encerrado en la celda con un 
compañero, y en vez de maitines, ambos 




8 



ii4 



EMILIA PARDO BAZÁN. 



recitaban trozos de Luciano ó de Aristófa- 
nes. Sorprendidos por el Padre Superior, 
fuéles impuesta penitencia; y cuéntase — 
aunque los historiadores no lo dan por cosa 
averiguada— que desde aquel punto y hora 
el fraile humanista revolvió el convento con 
mil travesuras diabólicas, nada decorosas 
ni limpias, hasta que por fin logró escapar- 
se y abandonar el claustro, yéndose mundo 
adelante á campar por su respeto. Sucesi- 
vamente fué monje benedictino , médico, 
astrónomo, bibliotecario, secretario de em- 
bajada , novelista, y al cabo cura párroco ; 
estudió y practicó todas las ciencias y todos 
los idiomas ; disecó por primera vez en 
Francia un cadáver ; satirizó á los religio- 
sos, á la magistratura, á la Universidad, 
á los protestantes, á los reyes, á los pon- 
tífices, á Roma; y todo sin sufrir graves 
persecuciones, y muriendo en paz, gracias 
á lo mucho que lo protegía el Papa Clemen- 
te VII, al paso que Cal vino le hubiera tos- 
tado de bonísima gana, y el poeta Ronsard 
escribía su epitafio encargando al pasajero 
que derramase sobre la fosa del fraile ex- 
claustrado sesos, jamones y vino, que le 
serían más gratos que las frescas azucenas. 
Ahora bien: este hombre singular, ha- 



LA CUESTIÓN PALPITANTE. 1 1 5 



biendo publicado obras científicas y visto 
que nadie las compraba, concibió la idea de 
inculcar al pueblo los mismos conocimien- 
tos; pero en tal forma, que le divirtiesen y 
los tragase sin sentir , para lo cual compuso 
una sátira desmesurada , extravagante y 
bufa, un colosal sainetón, del que «despa- 
chó más ejemplares en dos meses que Bi- 
blias se vendían en nueve años». Y la pon- 
deración no es corta, porque en aquellos 
tiempos de protestantismo militante se leía 
harto la Biblia. El autor compara la burles- 
ca epopeya de Gargantúa y Paniagruel á 
un hueso que hay que roer para descubrir 
la substanciosa medula ; el hueso es verdad 
que tiene tuétano suculento, pero también 
grasa, sangre y piltrafas, que es preciso 
apartar. Es de los libros más raros y hetero- 
géneos que se conocen : aquí una máxima 
profunda , allí una grosería indecente ; des- 
pués de un admirable sistema de educación, 
una aventura estrambótica. Para hacerse 
cargo de la índole de la fábula, baste decir 
que cada vez que mama el héroe, el gigante 
Pantagruel, se chupa la leche de cuatro mil 
seiscientas vacas. 

Poner en parangón á Rabelais con Cer- 
vantes , es lo mismo que comparar á Lucia- 



n6 



EMILIA PARDO BAZÁN. 



no de Samosata con Homero. Indudable- 
mente Rabelais era un sabio, y Cervantes 
no : he de decirlo aunque me excomulgue 
algún cervantista. Pero á Rabelais, como á 
su siglo, la erudición no lo salvó entera- 
mente de la barbarie. Rabelais legó á su pa- 
tria una obra deforme , y Cervantes una 
creación acabada y sublime en su género. 
Nosotros podemos encomiar el habla de 
Cervantes, y los franceses no propondrán 
nunca por modelo el lenguaje de Rabelais, 
á pesar de su riqueza , variedad y carácter 
pintoresco. 

Ni formó Rabelais , como el autor del Qui- 
jote, escuela de novelistas , ni Gargantúa y 
Pantagruel son, en rigor, novelas. Más 
imitadores tuvo en lo sucesivo una mujer , la 
Reina Margarita de Navarra. En aquel siglo 
donde nadie era mojigato sino los protestan- 
tes, la erudita Princesa, viajando en litera 
y mojando la pluma en el tintero que su ca- 
marista sostenía en el regazo, borroneó el 
Heptameron , serie de cuentos alegres al es- 
tilo de los de micer Boccacio. En este gé- 
nero del cuento breve ó nouvelle fué fecun- 
dísima Francia ; ya desde el siglo xv se co- 
nocía una gran colección, las Cien novelas 
nuevas. Solían tales historietas narrarse 



LA CUESTIÓN PALPITANTE. II7 



primero de viva voz, imprimiéndose des- 
pués si agradaban : superiores al cuento 
popular, eran inferiores á la novela pro- 
piamente dicha. Nosotros carecemos de 
nouvelles: la novela ejemplar , aunque cor- 
ta, tiene más alcance que la nouvelle fran- 
cesa. 

Los extremos se tocan : Francia, que des- 
colló en semejantes cuentos ligeros, produ- 
jo también los novelones monumentales en 
varios tomos, que abundaron en el siglo xvn, 
Era moda, á la sazón, imitar á España; 
nuestra preponderancia política había im- 
puesto á Europa los trajes, costumbres y 
literatura castellana. Dícese que Antonio 
Pérez, famoso valido de Felipe II, fué quien 
trasplantó á la corte de Francia , donde vi- 
vía refugiado, nuestro culteranismo; al par 
el caballero Marini, aquella peste de las le- 
tras italianas, gran corruptor del gusto en 
su tierra, cruzó los Alpes para inficionar 
á París. Formóse la sociedad del palacio 
de Rambouillet donde se conversaba apre- 
tando el ingenio, quintesenciando el esti- 
lo, discreteando á porfía, y llovían madriga- 
les , acrósticos y todo género de rimas ga- 
lantes. Á ejemplo del palacio memorable 
en los anales de la literatura francesa, se 



EMILIA PARDO BAZÁN. 



crearon otros círculos presididos por las 
preciosas (que entonces aún no eran ridi- 
culas), en los cuales también se alambicaba 
el lenguaje y los afectos : fruto y espejo de 
estas asambleas sui generis fueron las no- 
velas interminables de La Calprénede , de 
Gomberville y de la señorita de Scudery. 
Los héroes de ellas, aunque llevaban nom- 
bres griegos, turcos y romanos, hablaban y 
sentían como franceses contemporáneos de 
las preciosas ; Bruto escribía billeticos per- 
fumados á Lucrecia, y Horacio Cocles> 
prendado de Clelia , contaba al eco sus amo- 
rosas cuitas. En Clelia levantó la señorita 
Scudery el famoso mapa del país de Terne- 
za, al través del cual serpea el río de la Afi- 
ción, se extiende el lago de la Indiferencia 
y descuellan los distritos del Abandono y la 
Perfidia. Considerando que tales novelas 
solían constar de ocho ó diez volúmenes de 
á ochocientas páginas, resulta que e: . prefe- 
rible engolfarse en los libros de cabullerías, 
>aun á riesgo de secarse la mollera como el 
Ingenioso Hidalgo. 

Es verdad que no todas las ficciones no- 
velescas del siglo xvii parecen hoy tan so- 
poríferas : las de Madama de Lafayette se 
sufren mejor : la Astrea de Urfé es linda 



LA CUESTIÓN PALPITANTE. IIQ 



pastoral ; la Novela cómica , de Scarron, imi- 
tada del español, ofrece colorido y animados 
lances. Nosotros abandonábamos el riquísi- 
mo venero abierto por Cervantes, y entre- 
tanto los franceses muy á su sabor lo explo- 
taban, sacando de él oro puro. Lesage, qui- 
zá el primer novelista de Francia en el si- 
glo xviu, se labró un manto regio zurciendo 
retazos de la capa de Espinel, Guevara y 
Mateo Alemán. Bien quisimos disputar á 
Francia el Gil Blas, en cuyo rostro y talle 
leíamos su origen castellano; pero ¿quién 
nos tiene la culpa de ser tan descuidados y 
pródigos? Inútilmente alegamos que Gil Blas 
debió nacer del lado acá del Pirineo : los 
franceses nos responden que lo que hay de 
español en Gil Blas es lo exterior, la vesti- 
dura : el carácter del protagonista, versátil 
y mediocre, es esencialmente galo. Y en eso, 
vive Dios que llevan razón. Nuestros hé- 
roes son más héroes, nuestros picaros más 
picaros que Gil Blas. 

El abate Prevost, novelador incansable 
que compuso sobre doscientos volúmenes, 
olvidados hoy, casualmente acertó á escri- 
bir uno por el cual figura al lado de Lesage. 
Manon Lescaut no es más ni menos que la 
historia sucinta de dos perdidos, uno varón 



120 



EMILIA PARDO BAZÁN. 



y otro hembra. El héroe, el caballero Des- 
grieux, un solemne fullero ; la heroína , Ma- 
non, una cortesana de baja estofa. Y está lo 
original y pasmoso del libro en que, con ta- 
les antecedentes , Manon y Desgrieux cau- 
tivan , interesan , hasta arrancar lágrimas. 
No es que se verifique en los dos personajes 
alguna de aquellas maravillosas conversio- 
nes, ó redenciones por el amór , que fingen 
los escritores contemporáneos, desde Du- 
mas en La Dama de las Camelias hasta 
Fariña en Capelli Biondi : nada de eso. La 
cortesana muere impenitente. ¿Á qué debe, 
pues, su atractivo singular la historia de 
Manon? Su autor nos lo revela. «Manon Les- 
caut— dice— no es sino pintura y sentimien- 
to , pero pintura verdadera y sentimiento 
natural. En cuanto al estilo, habla en él la 
naturaleza misma.» La impresión que causa 
el breve libro de Prevost es la que produce 
un suceso cierto , el análisis de una pasión 
hecho por el paciente. Un hombre penetra 
en la iglesia ; arrodíllase al pie de un confe- 
sonario, y refiere su vida sin omitir circuns- 
tancia, sin encubrir sus vilezas ni sus cul- 
pas, sin velar sus sentimientos ni atenuar 
sus malas acciones : ese hombre es gran pe- 
cador, pero ha amado mucho, ha sido arras- 



LA CUESTIÓN PALPITANTE. 



121 



trado á pecar por afectos vehementísimos, 
y el confesor que le escucha siente deslizar- 
se por sus mejillas una lágrima. Esto acon- 
tece al que oye en confesión al caballero 
Desgrieux. 

¡Cuán lejos está Rousseau de poseer la 
naturalidad del abate Prevost! Rousseau es 
idealista y moralista : predicar, enseñar, 
reformar el universo, tal es su propósito. 
Sus novelas rebosan doctrinas, reflexiones 
y declamaciones : virtud, sensibilidad, amis- 
tad y ternura andan en ellas como por su 
casa. El Emilio, en especial, puede consi- 
derarse tipo de la novela docente : el arte, 
el interés de la ficción, la pintura de las pa- 
siones , todo es allí secundario : el caso es 
demostrar cuanto se propuso el autor que el 
libro demostrase. Penetrado de las excelen- 
cias y ventaja-, del estado salvaje y primiti- 
vo, Rousseau defendió su tesis hasta el ex- 
tremo, decía con gracia Voltaire, de infundir 
ganas de andar á cuatro pies, y solicitó que 
la igualdad se aplicase tan sin límites, que 
se casase el hijo del rey con la hija del ver- 
dugo. ¡Pícara idea y cuántos estragos hizo 
en la novela andando el tiempo! Lo noto de 
paso, y continúo. 

Por supuesto que la moral de Rousseau 



122 



EMILIA PARDO BAZÁN. 



era peregrina : su héroe Saint-Preux, ado- 
rando la virtud, seducía á la doncella que 
sus padres le fiaban para educarla. No obs- 
tante, todo lo que se diga de la popularidad 
y éxito de las novelas de Rousseau es poco. 
Rousseau ejerció sobre su época el decisivo 
influjo que alcanzan los escritores si acier- 
tan á erigirse en moralistas. Las mujeres lo 
idolatraron ; las madres lactaron á sus hijos 
para obedecerle ; pulularon las Julias y los 
Emilios ; ciertas comarcas del Norte quisie- 
ron tomarle por legislador ; la Convención 
puso en práctica sus teorías, y el torrente 
de la revolución corrió por el cauce de sus 
ideas. No ventilemos aquí si todo esto fué 
vera gloria : lo evidente es que no fué glo- 
ria literaria. Como novelista, vale más el 
I abate Prevost. 

El mérito literario que no puede negarse á 
Rousseau, es el de introducir melodías nue- 
vas en el idioma francés, desecado por la 
pluma corrosiva y aguda de Voltaire. Rous- 
seau supo ver el paisaje y la naturaleza y 
describirla en páginas elocuentes y hermo- 
sas: Pablo y Virginia son la segunda parte 
de la Eloisa ; Bernardino de Saint-Pierre 
aplicó á un tiempo los procedimientos artís- 
ticos y las teorías anti-sociales de su modelo 



LA CUESTIÓN PALPITANTE. 



I2 ? 



Rousseau, cuando buscó para teatro de su 
poema un país virgen, un mundo medio sal- 
vaje y desierto, y para héroes dos seres jó- 
venes y candorosos, no inficionados por la 
civilización y que mueren á su contacto, 
como la tropical sensitiva languidece al to- 
carla la mano del hombre. 

Mejor que Rousseau narraba Voltaire. 
Sus cuentos en prosa son la misma sobrie- 
dad, la misma claridad, la misma perfec- 
ción ; no es posible indicar en ellos ni leves 
errores gramaticales ; allí resalta el respeto 
más profundo, la más completa intuición de 
eso que se llama genio de un idioma. Pero 
también se advierte aquella pobreza de fan- 
tasía, aquella carencia de sentimiento, aque- 
lla luz sin calor y aquel corazoncillo seco y 
encogido, arrugado como nuez añeja , eterna 
inferioridad del autor de Cándido. Voltaire 
cuenta ; no es posible que novele. El nove- 
lista necesita más simpatía y alma menos 
estrecha. 

Diderot reúne mejores condiciones de no- 
velista. Voltaire sabe literatura, pero Dide- 
rot es artista, artista que pinta con la pluma : 
en él comienza la serie de los escritores co- 
loristas de Francia ; él emplea antes que 
nadie frases que copian y reproducen la sen- 



124 



EMILIA PARDO BAZÁX. 



sación, por donde consumados estilistas con- 
temporáneos le reconocen y nombran maes- 
tro. Sus teorías estéticas, nuevas y atrevidas 
entonces, contenían ya el realismo ; en sus 
novelas late la realidad : lástima grande que, 
obedeciendo al gusto de la época, las haya 
sembrado de pasajes licenciosos , entera- 
mente innecesarios. No pueden compararse 
sus aptitudes con las de ningún escritor de 
su tiempo; lea el que lo dude El Sobrino de 
Ramean, tesoro de originalidad ; lea la misma 
Religiosa , descartando las manchas de in- 
verecundia que la afean y el alegato contra 
los votos perpetuos que el acérrimo liber- 
tino no supo omitir, y verá un libro intere- 
santísimo, con delicado interés , sin aventu- 
ras ni incidentes extraordinarios, sin galanes 
ni amoríos de reja , con sólo el combate inte- 
rior de un espíritu y el vigoroso estudio de 
un carácter. Diderot escribió La Religiosa 
fingiendo ser las memorias de una doncella 
obligada por su familia á entrar monja sin 
vocación , y que tras de mil luchas se escapa 
del claustro, y dirigió el manuscrito al Mar- 
qués de Croismare , gran filántropo , como 
si la desdichada le pidiese auxilio. El Mar- 
qués , engañado por la admirable naturali- 
dad del relato , se apresuró á mandar dinero 



LA CUESTIÓN PALPITANTE. 12) 



y á ofrecer protección á la imaginaria he- 
roína de Diderot. 

Con estos novelistas de la Enciclopedia 
hemos llegado á un punto crítico. La Revo- 
lución comienza, y mientras dure su formi- 
dable sacudida nadie escribe novelas , pero 
todo el mundo se halla expuesto á vivirlas 
muy dramáticas. 



VIII 



LOS VENCIDOS 



Cuando pasó el Terror , las letras , que ha- 
bían subido al cadalso con Andrés Ché- 
nier , comenzaron á volver en sí , pálidas 
aún del susto. 

Pigault Lebrun fué el Boccacio de aquella 
época azarosa, un Boccacio tan inferior al 
italiano, como la estopa á la batista. Fiéveé, 
narrador agradable , entretuvo al público 
con historietas , y Ducray Duminil contó á la 
juventud patéticos sucesos, novelas donde 
la virtud perseguida triunfaba siempre en 
última instancia. De la pluma de Madama de 
Genlis brotó un chorro continuo, igual y 
monótono de narraciones con tendencia pe- 
dagógico moral ; pero la iluminada y profe- 
tisa Madama de Krüdener picó más alto, es- 
cribiendo Valeria. 

No obstante, la figura principal que domina 
estas secundarias, entre las cuales tantas son 



128 



EMILIA PARDO BAZÁX. 



femeninas, es otra mujer de prodigiosa cul- 
tura y excelso entendimiento, filósofa, his- 
toriadora, talento varonil si los hubo : la Ba- 
J ronesa de Staél. 

Antes de componer novelas, la hija de 
Necker se había ensayado con obras serias y 
profundas, y su Corina y su Delfina fueron 
para ella como descanso de graves tareas, ó, 
mejor dicho, como expansiones líricas, vál- 
vulas que abrió para desahogar su corazón, 
cuya viveza de sentimientos no desmentía 
su sexo. Ella misma fué heroína de sus no- 
velas, y fundó así, rompiendo con la tradi- 
ción de impersonalidad de los narradores y 
cuentistas, la novela idealista introspectiva. 
Delfina y Corina lograron tal aplauso y 
ganaron tantos lectores, que hasta se cree 
que Napoleón no se desdeñó de criticar, en 
su cesáreo estilo , y por medio de un artículo 
anónimo inserto en el Monitor , las produc- 
ciones novelescas de su acérrima adver- 
saria. 

Al par que trazaba á la novela los rumbos 
que tantas veces recorrió después, Madama 
de Stael descubría una mina explotada luego 
por el romanticismo, dando á conocer en su 
magnífico libro La Alemania las riquezas 
de la literatura germánica, romántica ya, y 



LA CUESTIÓN PALPITANTE. 



I29 



que de tal modo vino á influir en la de los 
países latinos. 

Es de notar que las enciclopedistas, y Vol- 
taire más que ninguno, mientras prepara- 
ban la revolución política atacando desafo- 
radamente el antiguo régimen y minándolo 
por todos lados , se habían mostrado en lite- 
ratura conservadores y pacatos hasta dejar- 
lo de sobra, respetando supersticiosamente 
las reglas clásicas ; y como si el clasicismo 
en sus postrimerías quisiese revestirse de 
nueva juventud y forma encantadora, en- 
carnó en Andrés Chénier , el poeta más grie- 
go y más clásico que tuvo nunca Francia, al 
par que el primer lírico del siglo xvin. De 
modo que aun cuando Diderot reclamó la 
verdad en la escena y en la novela, y Rous- 
seau hizo florecer en su prosa el lirismo ro- 
mántico, las letras permanecieron estacio- 
narias y clásicas durante la revolución y 
primeros años del imperio, hasta que vinie- 
ron Madama de Stael y Chateaubriand. 

Siendo jovencita, Madama de Stael leía 
asiduamente á Rousseau; el joven emigrado 
bretón que comparte con ella la soberanía de 
aquel período, era también discípulo del gi- 
nebrino, y discípulo más adicto, porque mien- 
tras Madama de Stael se mostró asaz indife- 

9 



EMILIA PARDO BAZÁN. 



rente á la naturaleza, musa del autor de las 
Confesiones , Chateaubriand se lanzaba á 
América por anhelo de conocer y cantar un 
paisaje virgen, y describir con más poesía 
que su maestro las magnificencias de bos- 
ques, ríos y montañas. Por este mismo pro- 
pósito, donde el poeta tenía más parte que el 
novelista, resultó que las novelas de Cha- 
teaubriand fueron poemas mejor que otra 
cosa. Al menos Corina se estudiaba á sí 
propia y á la sociedad en que vivió ; no que 
René se idealizaba, subiéndose al pedestal 
de su enfermizo orgullo, perdiéndose en ne- 
bulosa melancolía, y aislándose así del res- 
to de los humanos. Sus contemporáneos hi- 
cieron de Chateaubriand un semidiós ; la 
generación presente le desdeña con exceso 
olvidando sus méritos de artista. René no 
es inferior áWerther, de Goethe, como aná- 
lisis de una noble enfermedad , la insaciable, 
vaga é inmensa pasión de ánimo de nuestro 
siglo. El descrédito cada vez mayor de Cha- 
teaubriand no puede achacarse sino á la cre- 
ciente exigencia de realidad artística. 

En efecto , cuantos quisieron buscar la be- 
lleza fuera de los caminos de la verdad, 
comparten la suerte del ilustre autor de los 
Mártires; la indiferencia general arrincona 



LA CUESTIÓN PALPITANTE. I3I 



sus obras, cuando no sus nombres. ¿De qué 
le sirvió á Lamartine su unción , su dulzura, 
su instinto de compositor melodista, su fan- 
tasía de poeta, tantas y tantas cualidades 
eminentes? ¿Lee hoy alguien sus novelas ? 
¿Se embelesa nadie con el platónico pan- 
teista Rafael? ¿Llora nadie las penas y 
abandono de Grasiella? ¿Hay quien pueda 
llevar en paciencia á Genoveva? 

Si las novelas de Víctor Hugo no han per- 
dido tanto como las de Chateubriand y La- 
martine , consiste quizá en que son más 
objetivas ; en los problemas sociales que 
plantean y resuelven , aunque por modo 
apocalíptico ; en el vivo interés romancesco 
que saben despertar, y en cierto realismo.... 
¡perdóneme el gran poeta! de brocha gorda, 
que á despecho de la estética idealista del 
autor, asoma aquí y allí en todas ellas. Y 
digo de brocha gorda, porque nadie ignora 
que á Víctor Hugo le son más fáciles los 
toques de efecto que las pinceladas discretas 
y suaves, por donde su realismo viene á ser 
un efectismo poderoso , pero no tan hábil 
que no se le véala hilaza. En suma, Víctor 
Hugo toma de la verdad aquello que puede 
herir la imaginación y avasallarla : verbi 
gracia, el soplo por la nariz con que el presi- 



132 



EMILIA PARDO BAZÁN. 



diario Juan Valjuan apaga la luz en casa de 
Monseñor Bienvenido. Lo que únicamente 
tiende á producir impresión de realidad, Víc- 
tor Hugo no sabe ó no quiere observarlo. En 
justo castigo de esta culpa, sus novelas van 
estando, si no tan marchitas como las de 
Chateaubriand y Lamartine, al menos algo 
destartaladas. Para que produzcan ilusión, 
hay que verlas con luz artificial. 

Por lo demás, ni Chateaubriand ni Víctor 
Hugo ni Lamartine hicieron de la novela 
artículo de consumo general, fabricado al 
gusto del consumidor. Esta empresa indus- 
trial estaba guardada para el irrestañable é 
impertérrito criollo Dumas, abogado de los 
folletines, á cuya intercesión se encomien- 
dan aún tantos dañinos escribidores. 

¡Peregrina figura literaria la del autor de 
Monte Cristo! Trabajo le mando á quien se 
proponga leer sus obras enteras. Si la in- 
mortalidad de cada autor se midiese por la 
cantidad de tomos que diese á la estampa, 
Alejandro Dumas, padre, sería el primer 
escritor de nuestra época. Porque si bien 
está demostrado que, además de novelista, 
fué Dumas razón social de una fábrica de 
novelas conforme á los últimos adelantos, 
donde muchas, como el blanco y carmín de 



LA CUESTIÓN PALPITANTE. 



I 33 



la doña Elvira del soneto, sólo tenían de 
suyas el haberle costado su dinero ; si es 
cierto que se patentizó la imposibilidad físi- 
ca de que hubiese escrito cuanto publicaba, 
y si cuando pleiteó con los directores de La 
Prensa y de El Constitucional, éstos le 
probaron que, sin perjuicio de otros encar- 
gos, se había comprometido á darles á ellos 
cada año mayor número de cuartillas de ori- 
ginal que puede despachar el escribiente 
más ligero ; si amén de contraer y cubrir 
todos estos compromisos está averiguado 
que viajaba, que hacía vida social, frecuen- 
taba los bastidores de los teatros y las re- 
dacciones de la prensa, se metía en política 
y galanteaba, todavía esadmirable que haya 
dado abasto á escribir la prodigiosa cantidad 
de libros que sin disputa le pertenecen, y á 
leer y retocar los ajenos cuando salían escu- 
dados con su nombre. 

Por muchos cirineos que le ayudasen á 
llevar el peso de la producción , Dumas apa- 
rece fecundísimo. Un teatro se fundó sólo 
para representar sus obras ; un periódico 
para despachar en folletín sus novelas, pues 
ya no alcanzaban los editores á imprimirlas 
aparte. En tan inmenso océano de narracio- 
nes novelescas como nos dejó, sobreabunda 



*34 



EMILIA PARDO BAZÁN. 



el género pseudo-histórico, especie de re- 
surrección de los libros de caballerías adap- 
tados al gusto moderno. Alejandro Dumas 
llamaba á la historia clavo donde colgaba 
sus lienzos, y otras veces aseguraba que á 
la historia era lícito hacerle violencia, siem- 
pre que los bastardos naciesen con vida. 
Penetrado de tales axiomas, trató á la ver- 
dad histórica sin cumplimientos , como todos 
sabemos. Es cierto que también Chatea- 
briand había sustituido á la erudición sólida 
y á la crítica severa su fantasía incompara- 
ble ; pero ¡de cuán distinto modo! Chatea- 
briand bordó de oro y perlas la túnica de la 
historia ; Dumas la vistió de máscara. 

En medio de todo, hay dotes sorprenden- 
tes en Alejandro Dumas. No es grano de 
anís inventar tanto, producir con tan incan- 
sable aliento y mecer y arrullar gratamente 
— siquiera sea con patrañas inverosímiles — 
á una generación entera. El don de imaginar, 
acaso nadie lo ha tenido en tanta cantidad 
como Alejando Dumas, si bien otros lo po- 
seyeron de calidad mejor y más exquisita : 
que en esto de imaginación, como en todo, 
hay género de primera y de segunda. Y 
realmente, Alejandro Dumas es el tipo de la 
literatura secundaria , no del todo ínfima. 



LA CUESTIÓN PALPITANTE. 



135 



pero tampoco comparable á la que forjan 
gr^pdes escritores con los cuales no puede 
medirse el autor de Los tres mosqueteros. 

Literariamente, Dumas es mediocre. De 
ahí proviene su éxito y popularidad. Dumas 
subió á la altura exacta de la mayor parte 
de las inteligencias. Si su forma fuese más 
selecta y elegante, ó su personalidad más 
caracterizada, ó sus ideas más originales, 
ya no estaría al alcance de todo el mundo. 
Su novela es, pues, la novela por antono- 
masia ; la novela que lee cada quisque cuan- 
do se aburre y no sabe cómo matar el tiem- 
po ; la novela de las subscripciones ; la no- 
vela que se presta como un paraguas ; la 
novela que un taller entero de modistas lee 
por turno ; la novela que tiene los cantos 
grasientos y las hojas sobadas ; la novela 
mal impresa, coleccionada de folletines, con 
láminas melodramáticas y cursis; yla novela, 
en suma, más antiliteraria en el fondo, don- 
de el arte importa un bledo y lo que interesa 
es únicamente saber en qué parará y cómo 
se las compondrá el autor para salvar á tal 
personaje ó matar á cuál otro. 

Hoy, al ver la enorme biblioteca duma- 
siana, no sabe uno qué admirar más, si su 
tamaño ó su poca consistencia. El abate 



i 3 6 



EMILIA PARDO BAZÁN. 



Prevost , de sus doscientos volúmenes, lo- 
gró salvar uno que le inmortaliza : d^z ó 
doce años después del fallecimiento de Du- 
mas, dudamos si alguna de sus obras pasará 
á las futuras edades. 

Bien arrumbado se va quedando asimismo 
el rival de Dumas, el poco menos fecundo é 
inventivo Eugenio Sue. En éste había la 
cuerda socialista, populachera y humanita- 
ria, que tocada diestramente, gana triun- 
fos tan brillantes como efímeros. Sin em- 
bargo, Sue tuvo más de artista que Dumas ; 
dió mayor relieve á sus creaciones. Su 
fantasía, rica é intensa, evocaba con fuerza 
superior. Pero si en alguien alcanzó esta 
facultad aquel grado de pujanza que todo lo 
poetiza y transforma, y sin reemplazar á la 
verdad, compensa su falta, fué en Jorge 
Sand. 

Jorge Sand es el escultor inspirado de la 
novela idealista ; Alejandro Dumas, y Sue 
mismo, á su lado, no pasan de alfareros. 
Gran productor como sus rivales, recibió 
del cielo, por añadidura, dones literarios, 
merced á los cuales fué el único competidor 
digno de Balzac, como Madama de Staél lo 
había sido de Chateaubriand. Su ingenio era 
de aquellos que hacen escuela y marcan 



LA CUESTIÓN PALPITANTE. 



137 



huella resplandeciente y profunda. En el día 
podemos juzgar con serenidad al ilustre an- 
drógino, porque aun cuando somos casi 
coetáneos suyos , no hemos alcanzado el 
periodo militante de sus obras. Nuestros 
padres conocieron á Jorge Sand en la época 
de sus aventuras y vida bohemia, y se es- 
candalizaron con' la propaganda anticonyu- 
gal y antisocial de sus primeros libros. Hoy, 
en el vasto conjunto de los escritos de Jorge 
Sand, esos libros, forma primaria de su 
talento dúctil y variable, son un pormenor, 
digno sí de tomarse en cuenta, pero que no 
empece al mérito de los restantes : tanto 
más, cuanto que el gusto ha cambiado, y 
actualmente se cree que la obra mejor de la 
autora de Mauprat son sus novelas cam- 
pestres , Geórgicas modernas, dignas de 
compararse con las del poeta mantuano. 
¿Qué importan las teorías filosóficas tan 
extravagantes como inconsistentes de Jorge 
Sand? Latouche dijo de ella descortésmente 
que era un eco que reforzaba la voz ; y á 
fe que no se engañó en lo que respecta á 
pensamiento, porque Jorge Sand dogmati- 
zaba siempre por cuenta ajena. Pero el es- 
critor insigne no le debe nada á nadie. Hoy 
sus filosofías son tan peligrosas para la so- 



i 5 8 



EMILIA PARDO BAZÁN. 



ciedad y la familia como una linterna mági- 
ca ó un kaleidoscopio. Valentina, Lelia, 
Indiana, no nos persuaden á cosa alguna ; 
su propósito docente ó disolvente resulta 
inofensivo. Lo que permanece inalterable 
es el nítido y majestuoso estilo, la fantasía 
lozana del autor. 

En toda la literatura idealista que revisa- 
mos impera la imaginación, demás ó menos 
quilates, más órnenos selecta; pero siem- 
pre como facultad soberana. Podemos decir 
que ella es la característica del período li- 
terario que empieza con el siglo y dura 
hasta su mitad. También indudable apare- 
ce la decadencia del género. No hablemos 
de Alejandro Dumas y Eugenio Sue : consi- 
deremos sólo á Jorge Sand, que vale más 
que ellos. Lo que sucede con Jorge Sand es 
prueba palmaria de que la literatura de ima- 
ginación es ya cadáver. La célebre novelis- 
ta, de edad muy avanzada, falleció hace 
pocos años, como si dijéramos ayer, en 1876, 
en su tranquilo retiro de Nohant , y hasta los 
últimos días de su existencia escribió y pu- 
blicó novelas, donde no se advertía inferio- 
ridad ó descenso en la composición ni en el 
estilo , antes descollaba como siempre la 
maestría propia del gran prosista. Pues esas 



LA CUESTIÓN PALPITANTE. I39 



novelas, insertas en la Revista de Ambos 
Mundos, pasaban inadvertidas ; nadie re- 
paraba en ellas ; para la generación actual, 
Jorge Sand había muerto mucho antes de 
bajar al sepulcro. ¿Y por qué? Tan sólo por- 
que estaba fuera del movimiento literario 
actual ; porque cultivaba la literatura de 
imaginación, que tuvo su época y hoy no 
cabe. No es que la gente dejase de pronun- 
ciar con admiración el nombre de Jorge 
Sand; es que consideraba sus escritos como 
se consideran los de un clásico, de un autor 
que fué hijo de otras edades y no vive en la 
presente. 



IX 



LOS VENCEDORES 



oxocidos ya los padres de la Iglesia idea- 



V^y lista, ahora nos toca trabar amistad con 
ios jefes de la escuela contraria. 

Diderot es su patriarca ; él comunicó an- 
tes que nadie á la empobrecida lengua del 
siglo xviii colorido y vibración ; él abogó, 
como sabemos, por la verdad en el arte. 
Descendiente en línea recta de Diderot, fué 
Enrique María Beyle, Stendhal. 

Antes de escribir novelas , Stendhal ma- 
nejó la crítica y narró sus impresiones de 
viaje : pero en ningún género de los diver- 
sos que cultivó aspiraba á la gloria de las 
letras. No hay cosa menos parecida á un 
escritor de oficio que Stendhal : hombre de 
activa existencia, de varia fortuna, pintor, 
militar , empleado , comerciante , auditor del 
Consejo de Estado , diplomático, quizá de- 
bió á su misma diversidad de profesiones la 




142 



EMILIA PARDO BAZÁN. 



acuidad de observación y el conocimiento 
de la vida que distingue á los viajeros lite- 
rarios, como Cervantes y Lesage, investiga- 
dores curiosos que prefieren á los polvorien- 
tos libros de las bibliotecas la gran biblia de 
la sociedad. Stendhal emborronó papel sin 
premeditación; no usó de pseudónimos por 
coquetería, sino por mejor ocultarse; no se 
creyó llamado á regenerar cosa alguna, ni 
á transformar el siglo con sus escritos; tra- 
bajó como aficionado, y cierto día se quedó 
estupefacto viendo un artículo encomiástico 
que Balzac le dedicaba. «He repasado el ar- 
tículo,— son sus propias palabras,— perecién- 
dome de risa. Á cada elogio subido de pun- 
to, pensé en el gesto que pondrían mis ami- 
gos si tal leyesen.» Sencillo en la forma, 
aunque muy refinado y sutil en el fondo, 
empleaba el sobrio lenguaje de los enciclo- 
pedistas, con mayor descuido é incorrección 
de la que ellos se permitieron; y aunque to- 
cado de romanticismo en sus primeros años, 
jamás admitió las galas y adornos de la pro- 
sa romántica; antes para manifestar su des- 
dén por el estilo florido, afirmaba que al sen- 
tarse al escritorio tenía muy buen cuidado 
de echarse al coleto una página del Código. 
Por culpa de esta originalidad misma, 



LA CUESTIÓN PALPITANTE. 



143 



Stendhal consiguió en vida pocos lectores y 
menos partidarios : el fulgor de las estrellas 
románticas llenaba entonces el firmamento. 
Hasta dos lustros después de la muerte de 
Stendhal, ocurrida en 1842, no empezaron á 
llamar la atención sus obras, que no llegan 
á docena y media, fundándose en sólo dos 
novelas su fama de escritor realista. La 
Cartuja de Parma describe una corte pe- 
queña, un ducado italiano, donde se tejen 
maquiavélicas intrigas y el amor y la ambi- 
ción hacen diabluras : tempestad en el lago 
de Como. Rojo y negro estudia aquella pri- 
mera época de la Restauración francesa, en 
que sucedió al poder militar de Napoleón 
— ídolo de Stendhal — la influencia religioso- 
aristocrática. Acerca del mérito de estos dos 
libros se han pronunciado juicios muy di- 
versos. Sainte-Beuve , declarando que no 
son novelas vulgares y que sugieren ideas y 
abren caminos, las califica sin embargo de 
detestables , fallo harto radical para un crí- 
tico tan ecléctico. Taine las admira hasta el 
punto de llamar á Stendhal gran ideólogo y 
primer psicólogo de su siglo. Balzac se de- 
clara incapaz de escribir cosa tan bella como 
La Cartuja de Parma, Á Caro le irritan 
de tal suerte ésta y las demás obras de Sten- 



144 



EMILIA PARDO BAZÁN. 



dhal, que llega á injuriar al autor; y Zola, 
reconociendo en él al sucesor de Diderot y 
poniéndolo en las nubes, niega la completa 
realidad de sus personajes, que no son, en 
concepto de Zola, hombres de carne y hue- 
so, sino complicados mecanismos cerebra- 
les, que funcionan aparte, independientes 
de los demás órganos. 

Hay algo de verdad en tan opuestos pare- 
ceres. Si se atiende al procedimiento artísti- 
co, Sainte-Beuve está en lo cierto. Las no- 
velas de Stendhal no carecen de ninguna 
imperfección. Escritas con poca gramática, 
— como demostró Clemencin que está el 
Quijote,— su estilo es no sólo descarnado, 
sino escabroso. Fáltales unidad, coherencia, 
interés sostenido gradualmente; en suma, 
las cualidades que suelen elogiarse en una 
obra literaria. De La Cartuja de Parma 
podrían suprimirse las dos terceras partes 
de los personajes y la mitad de los aconteci- 
mientos sin grave inconveniente: en Rojo 
y negro sería muy oportuno que la novela 
concluyese en el primer tomo : también po- 
dría acabar á la mitad del segundo. Respecto 
á elegancia, proporción y destreza en com- 
poner, está muy por cima de Stendhal su 
discípulo Merimée. 



LA CUESTIÓN PALPITANTE. 145 



Zola tampoco yerra cuando asegura que 
los héroes de Stendhal raciocinan demasia- 
do. Sí ; á veces sobra allí raciocinio. El pro- 
tagonista de Rojo y negro , Julián Sorel, al 
regresar de un desafío, donde le han metido 
una bala en un brazo, viene raciocinando 
muy reposadamente acerca del trato de las 
gentes de alto coturno, de si su conversa- 
ción es amena ó enfadosa , y otras menu- 
dencias por el estilo : y no lo hace en voz 
alta ni con ánimo de mostrarse sereno, que 
entonces sería natural, sino para su capote. 
Otro cualquiera pensaría en la herida , por 
poco que le doliese. Sin embargo , Zola , al 
reconocer estos lunares, conviene con Taine, 
declarando que Stendhal es profundo psicó- 
logo. Lo que le falta por confesar al jefe del 
naturalismo francés, es que el valor de los 
aciertos de Stendhal consiste precisamente 
en el terreno sobre que recaen. Stendhal 
analiza y diseca el alma humana, y aunque 
á Zola no le cuadre, el que acierta en ese 
género de estudio se coloca muy alto. Es 
como el disector que trabaja en las partes 
más delicadas é íntimas del organismo, ne- 
cesarias para la vida ; ó como el cirujano 
que opera sobre tejidos recónditos, llenos de 
venas, arterias y nervios. 

10 



146 



EMILIA PARDO BAZÁN. 



Copista de la naturaleza exterior, á cuyo 
influjo atribuye las determinaciones del al- 
bedrío, Zola pospone sistemáticamente ese 
orden de verdades que no están á flor de 
realidad , sino incrustadas, digámoslo así, 
en las entrañas de lo real, y por lo mismo 
sólo pueden ser descubiertas por ojos pers- 
picaces y escalpelos finísimos. No es que 
Zola no sea psicólogo; pero lo es á lo Con- 
dillac , negando la espontaneidad psíquica: 
por eso el método interiorista de Stendhal 
no acaba de satisfacerle. Y es el caso que 
Stendhal no tiene otros títulos á la gloria 
que ya va dorando su sepulcro , sino esa lu- 
cidez de psicólogo realista que nos presenta 
un alma desnuda , cautivándonos con el 
espectáculo de la rica y variada vida espiri- 
tual, espectáculo tanto ó más interesante, 
diga Zola lo que quiera, que el de los mer- 
cados en el Vientre de París.... y cuenta 
que este vasto bodegón de Zola es admi- 
rable. En resumen , Stendhal borra sus mu- 
chos é innegables defectos con el subido 
valor filosófico de sus bellezas, viniendoá 
ser sus obras como joya de ricos diaman- 
tes engarzados y montados sin esmero al- 
guno. 

Extraños azares los de la gloria literaria. 



LA CUESTIÓN PALPITANTE. 



147 



Stendhal , con el corto patrimonio de dos no- 
• velas , logra hoy ver unido su nombre , en con- 
cepto de iniciador del arte realista y naturalis- 
ta, al de Balzac, que fué un titán, un cíclope, 
forjador incansable de libros. Y cuenta que si 
Stendhal era indiferente á la celebridad, Bal- 
zac aspiraba á ella con todas las fuerzas de su 
alma. La obtuvo particularmente fuera de 
su país, en Italia, en Suecia, en Rusia; mas 
no tanta que no compitiesen ventajosamente 
con él adversarios como Dumas y Sue, dis- 
putándole la honra y el provecho. Mientras 
Dumas podía derrochar en locuras caudales 
ganados con su péñola de novelista , Balzac 
luchaba cuerpo á cuerpo con la miseria, sin 
obtener jamás un mediano estado de fortuna. 
Para mayor dolor, la critica le atacaba en- 
carnizadamente. 

No encierra la vida de Balzac aventuras 
novelescas ; su historia se reduce á trabajar 
y más trabajar para satisfacer á sus acree- 
dores y crearse una renta desahogada; es- 
cribió sin descanso, sin término, pasando las 
noches de claro en claro, produciendo á ve- 
ces una novela en diez horas, y todo en bal- 
de, sin lograr verse libre de sus urgentes y 
angustiosas obligaciones ni disponer de un 
ochavo. Dicen con razón cuantos hoy escri- 



148 



EMILIA PARDO BAZÁN. 



ben acerca de Balzac, que en ese modo de 
vivir suyo se contiene la explicación y clave 
de sus obras. 

Propúsose Balzac realizar completo y en- 
ciclopédico estudio de las costumbres y so- 
ciedad moderna mirada por todos sus aspec- 
tos ; y declarándose doctor en ciencias so- 
ciales, quiso crear la Comedia humana, 
resumen típico de nuestra edad , como el 
poema de Dante lo fué de la Edad Media. 
Cada novela, un canto. En tan vasta epope- 
ya, todas las clases tuvieron representación 
y todas las modificaciones políticas su pin- 
tura adecuada. Balzac retrató de cuerpo en- 
tero al imperio, á la restauración, á la mo- 
narquía de Julio ; copió del natural , con fide- 
lidad admirable, las fisonomías de la nobleza 
legitimista, chapada á la antigua, desde los 
heroicos chuanes del Este hasta los jactan- 
ciosos hidalgüelos del Mediodía; las de la 
mesocracia orleanista ; las de los soldados 
del imperio, del clero, de los paisanos; de 
los diferentes tipos de la bohemia literaria, 
de los periodistas, y, para decirlo de una vez, 
lo copió todo, conforme á su gigantesco plan, 
con atlético vigor y esfuerzo hercúleo. Zola, 
que sabe hablar de Balzac elocuentemente, 
compara la Comedia humana á un monu- 



LA CUESTIÓN" PALPITANTE. 



149 



mentó construido con materiales distintos : 
aquí mármol y alabastro, allí ladrillo, yeso 
y arena, todo entreverado y confundido por 
la mano presurosa de un albañil que á tre- 
chos era insigne artista. El edificio , comba- 
tido de la intemperie, á partes se desmorona, 
viniéndose al suelo los materiales viles, 
mientras las columnatas de granito y jaspe 
se sostienen erguidas y hermosas. No cabe 
comparación más exacta. 

De todo hay en el colosal monumento eri- 
gido por Balzac ; hasta las mismas columna- 
tas de mármol que Zola admira , con ser de 
preciosa traza y calidad inestimable, están 
levantadas aprisa, por brazos febriles. ¿Cómo 
no? Atendido el modo de componer de Bal- 
zac, así tuvo que suceder. Cuando se ence- 
rraba en su habitación con una resma de 
papel delante, sabía que dentro de quince 
días, de una semana, ó quizá menos, le re- 
clamaría el editor la resma manuscrita, y el 
acreedor se presentaría á recoger el precio 
quitándoselo de las manos. Considérese el 
estado moral de Balzac al escribir, y compá- 
rese , por ejemplo , al de su sucesor Flaubert, 
que para componer una novela en un tomo 
consultaba quinientos, hacía seis de extrac- 
tos, y tardaba ocho años á veces. Balzac 



150 



EMILIA PARDO BAZAX. 



hilvanó en veinte días César Birotteau, una 
desús mejores obras, un pórtico de már- 
mol. Sus cuartillas, ininteligibles, losanjea- 
das de borrones, cruzadas, tachadas, caóti- 
cas, las traducían á duras penas en la im- 
prenta. ¡Y Flaubert copiaba diez ó doce 
veces una página para perfeccionarla! De 
juro Balzac no se tomó nunca la molestia de 
copiar; mandaba el original á las prensas, 
y en pruebas corregía , variaba párrafos 
enteros. No le era lícito pararse en menu- 
dencias. 

¡Qué mucho que sus creaciones sean des- 
iguales! Aunque descontemos aquellas obras 
de la juventud que más parecen de la se- 
nectud, y en las cuales se muestra tan infe- 
rior, en la misma Comedia humana se hallan 
libros de valor tan diverso como Eugenia 
Grandet y Ferragus , La Prima Bette y 
los Esplendores y miserias de las cortesa- 
nas. No sólo es patente la diferencia entre 
novela y novela, sino entre las partes de 
una misma. De tantas obras magistrales, 
apenas hay una perfecta, que pueda propo- 
nerse como modelo digno de imitación; y r 
sin embargo, en casi todas se contienen be- 
llezas extraordinarias. 

Así como no era posible que , dada su es- 



LA CUESTIÓN PALPITANTE. 151 



pedal manera de crear, se consagrase Bal- 
zac á purificar y dirigir su copiosa vena y á 
procurar la perfección, tampoco lo era que 
procediese como los realistas contemporá- 
neos, tomando todos y cada uno de los ele- 
mentos de sus obras de la observación de la 
realidad. No le hubiera alcanzado para eso 
solo entera la vida. Dijo acertadamente de él 
Philarete Chasles que , más que observador, 
era vidente. Trabajaba al vuelo sirviéndose 
de la verdad adivinada y deducida, combi- 
nándola en sus escritos á la mayor dosis 
posible, pero no empleándola pura. Si la 
inspiración traía de la mano á la verdad, 
mejor que mejor ; si no, no era cosa de sus- 
pender el comenzado trabajo, ni de renun- 
ciar al socorro de la fantasía para entrete- 
nerse en verificar datos. En Balzac, sobre 
la observación está la inspiración de lo real. 
Su espíritu concentraba en un foco rayos de 
luz dispersos, sin tomarse el trabajo de con- 
tarlos ni de averiguar su procedencia. La 
intuición desempeña en sus obras papel im- 
portantísimo. ¿Dónde había cursado Balzac 
ciencias sociales? ¿Dónde ganó el birrete de 
doctor? ¿Cuándo aprendió fisiología, medi- 
cina, química, jurisprudencia, historia, he- 
ráldica ^teología, todas las cosas que supo 



152 



EMILIA PARDO BAZÁtf. 



como cabalmente debe saberlas un artista, 
sin erudición ni errores? Se ignora. 

Si á veces la imaginación le arrastra y di- 
buja perfiles inverosímiles, en cambio cuan- 
do encuentra el cabo de la realidad, que es 
casi siempre, tira de él y no para hasta de- 
vanar toda la madeja. La mayor parte de sus 
caracteres son prodigios de verdad. Lo que 
queda impreso en la mente, después de leer 
á Balzac, no es el asunto de esta novela , ni 
el dramático desenlace de la otra, sino— don 
harto más precioso— la figura , el andar , la 
voz y el modo de proceder de un persona- 
je que vemos y recordamos como si fuese 
persona viva y la conociésemos y tratá- 
semos. 

Suelen censurar el estilo de Balzac sus 
jueces. Sainte-Beuve lo califica de «enerva- 
do , veteado , rosado, asiático, más descoyun- 
tado y muelle que el cuerpo de un mimo 
antiguo». Si es cierto que le falta la sobrie- 
dad y la armonía, que en Balzac no cupo 
nunca , en cambio el estilo del autor de Eu- 
genia Grandet posee lo que no se aprende 
ni se imita : la vida. Sus frases alientan , su 
colorido brillante y fastuoso las hace seme- 
jantes á rico esmalte oriental. Defectos, tiene 
todos los que faltan á Beyle : lirismo, hin- 



LA CUESTIÓN PALPITANTE. 1 53 



chazón, hojarasca; pero \ cuántos primores, 
cuántos lienzos de Tiziano y de Van Dick, 
qué interiores, qué retratos de mujer, qué 
paños y carnes tan jugosamente empastados! 
Walter Scott , al cual Balzac admiraba y 
respetaba con extremo , ha sido más difuso, 
sin ser tan feliz. 



X 



FLAUBERT 



laubert se diferencia de Balzac como un 



X hombre de un gigante. El autor de la Co- 
media humana hizo épica la realidad ; el 
autor de Madama Bovary nos la presenta 
cómico-dramática. Ray escritores que ven 
el mundo como reflejado en un espejo con- 
vexo, y, por consiguiente, desfigurado. Bal- 
zac lo miró con ojos lenticulares , que sin 
alterar la forma, aumentaban sus proporcio- 
nes ; Flaubert , en cambio , lo vió sin ilusión 
óptica ; y no digo que lo contempló con ojea- 
da serena, porque me parece que la frase se 
aviene mal con el pesimismo que de modo 
indirecto, pero eficaz, predican sus obras. 

De Flaubert sí que no hay que preguntar 
dónde y cuándo aprendió lo mucho que sa- 
bía. Hijo de un médico afamado, se familia- 
rizó presto con las ciencias naturales, y aun- 
que la desahogada situación de su familia le 




i 5 6 



EMILIA PARDO BAZÁN. 



permitió no abrazar más carrera que la de 
las letras, fué estudiante perpetuo y adqui- 
rió una cultura algo heterogénea y capri- 
chosa, pero vastísima. Su amigo Máximo du 
Camp , que en un libro reciente , los Recuer- 
dos literarios , comunica al público tantas y 
tan interesantes noticias acerca de Flaubert, 
dice que éste era, por su prodigiosa memo- 
ria y lectura inmensa, un diccionario vi- 
viente que se podía hojear con gusto y pro- 
vecho. Mostró siempre Flaubert predilec- 
ción hacia cierto linaje de estudios que hoy 
apenas atraen más que á entendimientos 
refinados y curiosos : la apologética cristia- 
na, la historia de la Iglesia, los Santos Pa- 
dres, las humanidades. Tan graves ejercicios 
intelectuales, unidos á su ardentísimo culto 
de la forma y á su sagacidad de implacable 
observador, hicieron de él un artista consu- 
mado , un clásico moderno. 

Flaubert escribió menos libros y pocas 
más novelas que Stendhal. Su primer obra 
— aparte de un ensayo titulado Noviembre, 
que no llegó á hacer gemir las prensas — es 
La tentación de San Antonio, especie de 
auto sacramental semejante al Ashavero 
de Edgar Quinet. El Santo ve desfilar ante 
sus deslumhrados ojos todas las seducciones 



LA CUESTIÓN PALPITANTE. 



157 



de la carne y del espíritu, todos los lazos 
que el demonio puede tender á los sentidos, 
al corazón y á la mente ; y pasan turbándole 
con sus palabras ó con su aspecto, desde la 
Reina de Saba hasta la Esfinge y la Quime- 
ra, y desde la diosa Diana hasta los herejes 
nicolaitas. Cuando Flaubert leyó á sus ami- 
gos el manuscrito, prueba evidente de su 
peregrina erudición , éstos , mirándolo desde 
el punto de vista literario, emitieron el si- 
guiente dictamen : «Has trazado un ángulo 
cuyas líneas divergentes se pierden en el 
espacio ; has convertido la gota de agua en 
torrente, el torrente en río, el río en lago, el 
lago en océano y el océano en diluvio ; te 
anegas, anegas á tus personajes, anegas, el 
asunto, anegas al lector y se anega la obra.» 
Y viendo que el fallo le consternaba, acon- 
sejáronle que emprendiese otro trabajo, un 
libro donde pintase la vida real, y donde la 
misma vulgaridad del asunto le impidiese 
caer en el abuso del lirismo, defecto here- 
dado de la escuela romántica. Flaubert tomó 
el consejo y produjo Madama Bovary. An- 
dando el tiempo, solía decir á sus conseje- 
ros: «Me habéis operado el cáncer lírico : 
mucho me dolió, pero era hora de extir- 
parlo, » 



i 5 8 



EMILIA PARDO BAZÁN. 



Gran salto hubo de dar Flaubert desde La 
tentación hasta Madama Bovary. En La 
tentación se revelaban sus variados y selec- 
tos conocimientos, su asidua lectura de teólo- 
gos, místicos y filósofos : en Madama Bova- 
ry cambia la decoración: no estamos en los 
desiertos de Oriente, sino en Yonville,po- 
blachón atrasado y miserable : no presencia- 
mos la gigantesca lucha del Santo asceta 
con las potestades del infierno, sino las vi- 
cisitudes de la familia de un me dicucho de 
aldea. Todo es vulgar en Madama Bovary : 
el asunto , el lugar de la escena , los persona- 
jes ; sólo el talento del autor es extraordi- 
nario. 

Emma Bovary nació en las últimas filas 
de la clase media ;"pero en el elegante colegio 
donde fué educada, se rozó con señoritas ri- 
cas é ilustres, y empezaron á depositarse en 
ella los gérmenes de la vanidad , concupis- 
cencia y sed de goces, graves enfermedades 
de nuestro siglo. Poco á poco se van desarro- 
llando estos gérmenes, y depravan el alma de 
la joven, esposa ya y madre de familia. Sen- 
timentales amoríos, hábitos de lujo incompa- 
tibles con su modesta posición de mujer de 
un médico rural, trampas y desórdenes cre- 
cientes, complican de tal modo su situación, 



LA CUESTIÓN PALPITANTE. 1 59 



que cuando los acreedores la apremian se 
envenena con arsénico. Este es el sencillo y 
terrible drama,— -tomado de un hecho cierto, 
—que inmortalizó á Flaubert. 

El argumento de Madama Bovary— que 
ha sido tan censurado y ha producido tal es- 
cándalo—fué sugerido á Flaubert, según 
declara Máximo du Camp, por la casualidad 
que le trajo á la memoria el recuerdo de una 
mujer desdichada que vivió y murió como su 
heroína. De la alta trascedencia social de 
obras como Madama Bovary y de su sentido 
moral hablaré más adelante , cuando toque 
la delicada cuestión de la moralidad en el 
arte literario; ahora me limito á hacer cons- 
tar que Flaubert aceptó el primer dato que 
se le ofrecía , y que le sería indiferente apro- 
vecharse de otro cualquiera. Historias como 
la de Madama Bovary no faltan; pero hasta 
Flaubert nadie las había referido así. El mis- 
mo Balzac, que compendió bien el poder del 
dinero en nuestra sociedad , no llegó á ma- 
nifestar con tanta energía como Flaubert la 
metalización que sufrimos. Un escritor me- 
nos analítico poetizaría á Madama Bovary, 
haciéndola morir abrumada bajo el peso de 
sus desengaños amorosos ó de sus remordi- 
mientos devoradores , y no de sus vulgares 



i6o 



EMILIA PARDO BAZÁN. 



deudas. Las páginas en que Madama Bova- 
ry, frenética y desalada, implora en vano de 
sus amantes la suma necesaria para aplacar 
á sus acreedores , son el estudio más cruel, 
pero más sincero y magnífico, que se habrá 
escrito sobre la dureza de los tiempos pre- 
sentes y el poder del oro. 

No es sólo admirable en la obra maestra de 
Flaubert el vigor y la verdad de los carac- 
teres; hay que considerarla también modelo 
de perfección literaria. El estilo es como lago 
transparente en cuyo fondo se ve un lecho 
de áurea y fina arena , ó como lápida de jaspe 
pulimentado donde no es posible hallar ni 
leves desigualdades. Jamás decae, jamás se 
hincha ; ni le falta ni le sobra requisito al- 
guno; no hay neologismos, ni arcaísmos, ni 
giros rebuscados , ni frases galanas y arti- 
ficiosas; menos aún desaliño , ó esa vague- 
dad en las expresiones que suele llamarse 
fluidez. Es un estilo cabal, conciso sin pobre- 
za, correcto sin frialdad, intachable sin pu- 
rismo, irónico y natural á un tiempo , y en 
suma, trabajado con tal valentía y limpieza, 
que será clásico en breve, si no lo es ya. Las 
descripciones en Madama Bovary realizan 
el ideal del género. No comete Flaubert, 
aunque describe mucho, el pecado de pintar 



LA CUESTIÓN PALPITANTE. l6l 



por pintar ; si estudia lo que hoy se llama el 
medio ambiente , no lo hace por satisfacer 
un capricho de artista, ó por lucirse hablan- 
do de cosas que conoce bien, sino porque 
importa al asunto ó á los caracteres : y po- 
see tino tan especial , que sólo describe lo 
más saliente, lo más típico, y eso en po- 
cas palabras, sin abusar del adjetivo, con 
dos ó tres pinceladas maestras. Así es que 
en Madama Bovary, á pesar de la escru- 
pulosa conciencia realista del autor, cada 
cosa está en su lugar, y siempre lo principal 
es principal, lo accesorio accesorio. La ha- 
bilidad de Flaubert se patentiza así en lo 
que dice como en lo que omite : por donde 
es superior á Balzac, que usa tanto adorno 
superfluo. 

Flaubert desconoció enteramente el valor 
de Madama Bovary ; es más, le irritó su 
éxito. Le sacaba de quicio el que el público y 
los críticos la prefiriesen á sus demás obras, 
y para verle furioso no había sino aconse- 
jarle que escribiese otra cosa por el estilo. 
«¡Que me dejen en pazcón Madama Bo- 
vary!», solía exclamar. Durante los últimos 
años de su vida, quiso retirar de la circula- 
ción el libro , no permitiendo nuevas edicio- 
nes, y si no lo verificó, fué porque necesi- 

ii 



162 



EMILIA PARDO BAZÁN. 



taba dinero. No sólo desdeñaba á Madama 
Bovary, considerándola inferior, por ejem- 
plo, á La tentación , sino que declaraba 
menospreciar el género á que pertenece, ó 
sea el estudio analítico de la realidad en 
caracteres y costumbres , estimando única- 
mente el primor del estilo, la belleza déla 
frase, y asegurando que sólo con ella se 
ganaba la inmortalidad; que Homero era tan 
moderno como Balzac, y que él daría á Ma- 
dama Bovary entera por un párrafo de 
Chateaubriand ó Víctor Hugo. Porque es de 
advertir que para Flaubert, entusiasta dis- 
cípulo de la escuela romántica, ferviente 
admirador de Hugo, Dumas y Chateau- 
briand, la perfección del estilo no era aque- 
lla admirable sobriedad y nitidez que él al- 
canzaba, sino los oropeles líricos, la prosa 
poética y florida. Caso de ceguera literaria 
muy semejante á la que impulsó á Cervan- 
tes á preferir entre sus obras el Persiles. 

Después de Madama Bovary, Salambona 
es lo mejor de Flaubert. Con la misma es- 
crupulosidad que estudió las miserias de un 
lugarcillo en tiempo de Luis Felipe, recons- 
truyó Flaubert el mundo remoto, la miste- 
riosa civilización púnica. Nos transportó á 
Cartago, entre los contemporáneos de Amíl- 



LA CUESTIÓN PALPITAIS TE. 163 



car, durante la sublevación de las tropas 
mercenarias que la república africana tenía 
á sueldo para auxiliarla contra Roma ; y la 
heronía de la novela fué la virgen Salambo- 
na sacerdotisa de la Luna. Parece á primera 
vista que tales elementos compondrán un 
libro enfadoso , erudito quizá , pero no atrac- 
tivo; algo semejante á las novelas arqueo- 
lógicas que escribe el alemán Ebers. Pues 
nada de eso. Aunque el autor de Salambona 
nos conduzca á Cartago y á las cordilleras 
líbicas , al templo de Tanit y al pie del mons- 
truoso ídolo de Moloch, Salambona es en su 
género un estudio tan realista como Mada- 
ma Bovary. 

Prescindamos de la infatigable erudición 
que desplegó Flaubert para pintar la ciudad 
africana, de su viaje á las costas cartagine- 
sas, de su esmero en revolver autores grie- 
gos y latinos ; también lo hace Ebers, y me- 
jor y más sólidamente; pero no por eso son 
menos soporíferas sus novelas. Lo que im- 
porta en obras como Salambona, no es que 
los pormenores científicos sean incuestiona- 
blemente exactos , sino que la reconstruc- 
ción de la época, costumbres, personajes, 
sociedad y naturaleza no parezca artificio- 
sa, y que el autor, permaneciendo sabio, se 



EMILIA. PARDO BAZÁN. 



muestre artista ; que en todo haya vida y 
unidad, y que ese mundo exhumado de entre 
el polvo de los siglos se nos figure real, aun- 
que extraño y distinto del nuestro; que nos 
produzca la misma impresión de verdad que 
causa el escrito jeroglífico al descifrarlo 
un egiptólogo, ó el fósil al completarlo un 
eminente naturalista, y que si no podemos 
decir con certeza absoluta «así era Garta- 
go», pensemos al menos que Cartago pudo 
ser así. 

Con Salambona se acabaron los triunfos 
de Flaubert. La Educación sentimental, no- 
vela en la cual puso sus cinco sentidos y cifró 
grandes esperanzas, hizo un fiasco tan com- 
pleto, que Flaubert, en sus acostumbrados 
arrebatos de cólera, solía preguntar á sus 
amigos apretando los puños : «¿Pero me po- 
drán Vds. decir por qué no gustó aquel li- 
braco?» La causa de que el libraco no gus- 
tase merece referirse. Según el ya citado 
Máximo du Camp, en la vida de Flaubert se 
reconocen dos períodos: durante el primero, 
los años juveniles, Flaubert era de despeja- 
do ingenio y fecunda inventiva; aprendía sin 
esfuerzo y trabajaba fácilmente; de pronto 
le hirió una horrible enfermedad, mal mis- 
terioso que Paracelso llama el terremoto 



LA CUESTIÓN PALPITANTE. 



165. 



humano, y no sólo su cuerpo atlético, sino 
también su inteligencia lozana , quedaron 
como estremecidos en su misma raíz, doble- 
gados y en cierto modo paralizados. Dos 
extraños síntomas paralelos se notaron en el 
enfermo: aborreció el andar, en términos 
que hasta le hacía daño ver pasearse á los 
demás, y para el trabajo literario se hizo 
tan premioso y difícil , que copiaba veinte 
veces una página, la enmendábala cruzaba, 
la raspaba, y de tal suerte se encarnizaba 
en la labor, que si un mes lograba producir 
veinte páginas definitivas, decía hallarse ren- 
dido y muerto de cansancio. Después de ter- 
minar una cuartilla gimiendo , suspirando y 
bañado en sudor, levantábase de su escrito- 
rio é iba á tumbarse en un sofá, donde se 
quedaba exánime. 

Esta lentitud y enorme esfuerzo que le cos- 
taba cada una de sus obras , tardando eter- 
nidades en concluirlas (La tentación la limó, 
varió y retocó por espacio de veinte años), 
provenía del afán de conseguir absoluta 
corrección de estilo y completa exactitud en 
hechos y observaciones. Hubo un momento 
en que alcanzó ambas cosas sin exagerar- 
las y sin perjuicio de la creación artística, 
y fué cuando produjo Salambona y Ma- 



i66 



EMILIA PARDO BAZÁN. 



dama Bovary ; pero después rompióse el 
equilibrio, y empezó á- abusar del procedi- 
miento, hasta el extremo de pasarse horas 
enteras cazando una repetición de vocales ó 
una cacofonía, y meditando en si una coma 
estaba ó no en su sitio, y de leerse treinta 
volúmenes sobre agricultura para escribir 
diez líneas con conocimiento de causa. De 
esta proligidad resultó el fracaso de la Edu- 
cación sentimental ,y sobre todo el de Bou- 
vard y Pécuchet , su obra póstuma, donde 
la novela se convierte en monótona sátira 
social, pesado catálogo de lugares comunes 
é ideas corrientes, y donde una misma situa- 
ción prolongada durante toda la obra y el 
lenguaje seco y esqueletado á fuerza de que- 
rer ser puro y sencillo, cansan al lector más 
animoso. 

Ya se deba á enfermedad ó á condición es- 
pecial de su ingenio, merece notarse la de- 
cadencia de Flaubert, porque es caso poco 
frecuente el que un escritor decaiga y se es- 
terilice por excesivo anhelo de exactitud y 
perfección, siendo así que la mayor parte, 
tan pronto cogen buena fama, se echan á 
dormir. Flaubert, al contrario, llamaba dis- 
traerse á escribir cuentos como el Corazón 
sencillo y que representa seis meses de asi- 



LA CUESTIÓN PALPITANTE. 167 



dúo trabajo : á fuerza de afilar la punta del 
lápiz, Flaubert la quebró. 

El fondo de las obras de Flaubert es pesi- 
mista, no porque él predique ni esas ni otras 
doctrinas, pues escritor más impersonal y 
reservado no se ha visto nunca, sino porque 
su implacable observación descubre á cada 
instante la flaqueza y nulidad de los propó- 
sitos é intentos humanos : ya nos muestre á 
Madama Bovary soñando amores poéticos y 
cayendo en prosaicas torpezas , ya á Salam- 
bona expirando horrorizada de su bárbaro 
triunfo, ya á Bouvard y Pécuchet estudiando 
ciencias y tragando libros para quedarse 
más sandios de lo que eran, no tiene Flau- 
bert rincón donde puedan albergarse ilusio- 
nes consoladoras. Escarneció sobre todo la 
sociedad moderna, lo que se suele llamar 
ilustración, progreso, adelantos , industria 
y libertades. Este es un aspecto de Flaubert 
que no dejaron de imitar Zola y sus secua- 
ces; sólo que Flaubert no obedecía á un sis- 
tema ; hacíalo por instinto. En el trato con 
sus amigos, Flaubert se mostraba, al con- 
trario, entusiasta y exaltado, y apasionábase 
fácilmente. 



XI 



LOS HERMANOS GONCOURT 

legando á hablar de los hermanos Gon- 



I j court me ocurren dos ideas: la primera, 
que temo elogiarlos más de lo justo, porque 
me inspiran gran simpatía y son mis autores 
predilectos, y así prefiero declarar desde 
ahora cuánta afición les tengo , confesando 
ingenuamente que hasta sus defectos me 
cautivan. «La muchedumbre— dice Zola— no 
se prosternará jamás ante los Goncourt; 
pero tendrán su altar propio , riquísimo , bi- 
zantino , dorado y con curiosas pinturas, 
donde irán á rezar los sibaritas.»— Soy devo- 
ta de ese altar, sin pretender erigir en ley mi 
gusto, que procede quizá de mi tempera- 
mento de colorista. — La segunda idea que 
me asalta es maravillarme de que haya quien 
califique á los realistas de meros fotógrafos, 
militando en sus filas los dos escritores mo- 
dernos que con mayor justicia pueden pre- 
ciarse de pintores. 




EMILIA PARDO BAZÁN. 



En España apenas son conocidos los Gon- 
court. Llámase el uno Edmundo, el otro se 
llamó Julio; trabajaron en íntima colabora- 
ción produciendo novelas y obras históricas, 
hasta que Julio, el menor , bajó á la tumba. 
Tan unidos vivieron , fundiendo sus estilos é 
ingenios , que el público los creía un solo 
escritor. Edmundo, el vivo, en su bellísima 
novela Los hermanos Zemganno , simboli- 
zó esta estrecha fraternidad intelectual en 
la historia de dos hermanos gimnastas que 
juntos ejecutan en el circo arriesgadísimos 
ejercicios y mancomunan su fuerza y des- 
treza , llegando á ser un alma en dos cuer- 
pos , y cuando el menor se quiebra ambas 
piernas en una caida , Gianni, el mayor, re- 
nuncia á trabajos que no puede compartir ya 
con su amado Nello. Dejaré al mismo Ed- 
mundo de Goncourt explicar el cariño que 
los enlazaba. «No solamente se querían los 
dos hermanos , sino que se sentían liga- 
dos entre sí por lazos misteriosos , por ata- 
duras psíquicas, por átomos adhesivos y na- 
turalmente gemelos— aun cuando la edad de 
ambos era diversa, y diametralmente opues- 
tos sus caracteres. — Pero sus primeros mo- 
vimientos instintivos eran exactamente idén- 
ticos No sólo los individuos, sino los 



I 7 I 



objetos inanimados , que sin razón fundada 
atraen ó repelen , les producían igual efec- 
to. Y por último, las ideas, esas creacio- 
nes del cerebro que nacen no se sabe cuán- 
do ni por qué y brotan sin saber cómo; 
las ideas , en que ni los mismos enamorados 
coinciden, eran comunes y simultáneas en 
los dos hermanos Y su trabajo se confun- 
día de tal modo, y de tal manera se mezcla- 
ban sus ejercicios, y lo que hacían era tan 
de ambos, que nadie elogiaba á ninguno de 
ellos en particular, sino á la sociedad.... Ha- 
bían llegado á tener para dos un solo amor 
propio, una sola vanidad y un solo orgullo.» 

Mucho tiempo transcurrió sin que los Gon- 
court lograsen, no diré el aplauso, pero ni 
aun la atención del público. Alguna de sus 
novelas fué acogida con tanta indiferencia, 
que el disgusto del mal suceso aceleró la 
muerte de Julio. Ahora sí que, gracias al 
estrépito que mueve el naturalismo, comien- 
zan á ser muy leídas las novelas de los Gon- 
court, y Edmundo, que al faltarle su herma- 
no quedó desanimado y abatido y quiso col- 
gar la péñola , vuelve á trabajar , y pasa por 
el tercer novelista vivo de Francia , no fal- 
tando quien le antepone á Daudet. 

Goncourt fué el primero que llamó docu- 



172 



EMILIA PARDO BAZÁN. 



mentos humanos á los hechos que el nove- 
lista observa y acopia para fundar en ellos 
sus creaciones. Pero los que imaginan que 
todo realista ó naturalista está cortado por 
el patrón de Zola, se admirarían si enten- 
diesen la originalidad de Goncourt. Ni se 
parece á Balzac ni á Flaubert ; y aunque 
discípulo de Diderot, no toma de él sino el 
colorido y el arte de expresar sensaciones. 
Stendhal estudiaba el mecanismo psicológi- 
co y el proceso de las ideas , y los Gon- 
court, alumnos del mismo maestro, sobre- 
salen en copiar con vivos toques la realidad 
sensible. Son, ante todo (inventemos, á 
ejemplo suyo, una palabra nueva), sensa- 
cionistas. No poseen la lucidez de Flaubert, 
ni su estilo perfecto, ni su impersonalidad 
poderosa : al contrario, si toman por mate- 
ria primera lo real, es para vaciarlo en el 
molde de su individualidad, ó como diría 
Zola, para mostrarlo al través de su tempe- 
ramento. 

En dos cosas descollaron los Goncourt : 
en conocer el arte y costumbres del si- 
glo xvni y manifestar los elementos estéti- 
cos del xix. Estudiaron ta- centuria décimo- 
octava con fogosidad de artistas y paciencia 
de eruditos , comunicando al público el re- 



LA CUESTIÓN PALPITANTE. I73 



sultado de sus investigaciones en muchos y 
muy notables libros histórico-biográficos é 
histórico-anecdóticos ; coleccionaron estam- 
pas, muebles, libros y folletos, todo lo con- 
cerniente á aquella época, no por reciente 
menos interesante ; y de la actual mostraron 
en sus novelas multitud de aspectos poéti- 
cos en que nadie reparaba. Lejos de inven- 
tariar, como Flaubert, las miserias y ridi- 
culeces de la sociedad moderna, ó de limi- 
tarse por sistema, como Champfleury, á 
describir tipos y escenas vulgares, los Gon- 
court descubrieron en la vida contemporá- 
nea cierto ideal de hermosura que exclusi- 
vamente le pertenece y no pueden disputarle 
otras edades y tiempos. Por boca de uno de 
sus personajes dicen los Goncourt : «Todo 
está en lo moderno. La sensación é intuición 
de lo contemporáneo , del espectáculo con 
que tropezamos á la vuelta de la esquina, 
del momento presente, donde laten nuestras 
pasiones y como una parte de nosotros mis- 
mos, es todo para el artista.» Y fieles á esta 
teoría, los Goncourt extraen de la vida ac- 
tual lo artístico, como del obscuro carbón 
hace el químico surgiría deslumbradora luz 
eléctrica. 

Esta simpatía por la vida moderna puede 



174 



EMILIA PARDO BAZÁN. 



tomar forma harto trillada y convertirse en 
admiración hacia los adelantos y mejoras 
científico-industriales de nuestro siglo : en 
los Goncourt la tomó más desusada y nueva, 
enteramente artística. Su ideal fué el de la 
generación presente, que no se limita á ad- 
mirar una sola forma del arte , sino que las 
comprende y disfruta todas con refinado 
eclecticismo, prefiriendo quizá las extrañas 
á las hermosas, como les sucedía á los Gon- 
court. Un párrafo de Teófilo Gautier sobre 
el poeta Carlos Baudelaire define muy bien 
este modo de sentir el arte, y es aplicable á 
los Goncourt : «Gustábale.... lo que impro- 
piamente se llama estilo decadente, y no es 
sino el arte llegado á esa madurez extrema- 
da que produce el oblicuo sol de las civili- 
zaciones vetustas : estilo ingenioso, compli- 
cado, hábil, lleno de matices y tentativas, 
que ensancha los límites del idioma, pone á 
contribución todo vocabulario técnico, pide 
colores á toda paleta, notas á todo teclado, 
y se esfuerza en traducir los pensamientos 
más inefables, las formas y contornos más 
vagos y fugitivos.... Tal es el idioma fatal y 
necesario de los pueblos en que la vida fac- 
ticia sustituye á la natural, desarrollando en 
el hombre necesidades desconocidas. Y no 



LA CUESTIÓX PALPITANTE. 



175 



es fácil de manejar este estilo que los pe- 
dantes desdeñan, porque expresa ideas nue- 
vas con nuevos giros y palabras nunca es- 
cuchadas. * 

¡Si es fácil ó no, sólo lo sabe quien lucha 
con el indómito verbo para domarlo! Ed- 
mundo de Goncourt cree que su hermano 
Julio enfermó y murió de las heridas que 
recibió batallando con la frase rebelde, á la 
cual pedía lo que ningún escritor le pidiera 
jamás : que sobrepujase á la paleta. Antes 
de escribir, se habían dedicado los Gon- 
court á la pintura al óleo y grabado al agua 
fuerte, y rodeádose de primorosos bibelots, 
juguetes asiáticos, ricas armas, paños de 
seda japonesa bordados á realce, porcelanas 
curiosas. Solteros y dueños de sí, se entre- 
garon libremente á su pasión de artistas, y 
al cultivar las letras quisieron expresar 
aquella hermosura del colorido que les cau- 
tivaba y aquella complexidad de sensaciones 
delicadas, agudas, en cierto modo paroxís- 
micas, que les producían la luz, los objetos, 
las formas, merced á la sutileza de sus sen- 
tidos y á la finura de su inteligencia. En vez 
de salir del paso exclamando (como suelen 
los escritores chirles) «no hallo palabras 
con que describir esto, aquello ó lo de más 



EMILIA PARDO BAZÁN. 



allá», los Goncourt se propusieron hallar 
palabras siempre, aunque tuviesen que in- 
ventarlas. 

Para comunicar al lector las impresiones de 
sus afinadísimos sentidos, los Goncourt am- 
plían, enriquecen y dislocan el idioma fran- 
cés. Indignados de la pobreza y deficiencia 
del habla al compararla con la abundancia y 
riquísima variedad de las sensaciones, le 
perdieron el respeto á la lengua, y fueron 
los más osados neologistas del mundo, sin 
reparar tampoco en tomarse otras licencias, 
pues no bastándoles la novedad de las pala- 
bras acudieron á colocarlas de un modo inu- 
sitado, siempre que así expresasen lo que ei 
autor deseaba. Y no se limitaron á pintar lo 
exterior de las cosas y la sensación que pro- 
duce su aspecto , sino las sugestiones de tris- 
teza, júbilo ó meditación que en ellas en- 
cuentra el ánimo: de suerte que no sólo do- 
minaron el colorido como Teófilo Gautier, 
sino el claro obscuro, la cantidad de luz ó 
de sombra, que tanto influye en nuestro es- 
píritu. 

Los Goncourt se valen de todos los me- 
dios imaginables para para lograr sus fines: 
repiten una misma palabra con objeto de 
que la excitación reiterada acreciente la in- 



LA CUESTIÓN PALPITANTE. I77 



tensidad de la sensación ; emplean dos ó tres 
sinónimos para nombrar un objeto ; cometen 
tautologías y pleonasmos ; inventan voca- 
blos ; sustantivan los adjetivos ; incurren á 
cada paso en defectos que horrorizarían á 
Flaubert. Á veces tales osadías dan resulta- 
dos felicísimos, y un giro ó una frase salta 
á los ojos del lector grabando en su retina y 
transmitiendo á su cerebro la viva imagen 
que el artista quiso mostrarle patente. Los 
procedimientos de los Goncourt, levemente 
atenuados, los adoptó Zola en sus mejores 
descripciones ; Daudet á su vez tomó de 
ellos las exquisitas miniaturas que adornan 
algunas de sus páginas más selectas, y todo 
escritor colorista habrá de inspirarse, de 
hoy más, en la lectura de los dos hermanos. 

¡Cuán bella y deleitable cosa es el color! 
Sin asentir á la doctrina de aquel sabio ale- 
mán que pretende que en tiempo de Homero 
los hombres veían muchos menos colores 
que hoy, y que este sentido se afina y enri- 
quece á cada paso, no dejo de creer que el 
culto de la línea es anterior al del colorido, 
como la escultura á la pintura ; y pienso que 
las letras, á medida que avanzan, expresan 
el color con más brío y fuerza y detallan 
mejor sus matices y delicadísimas transi- 

1 2 



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EMILIA PARDO BAZÁX. 



ciones , y que el estudio del color va com- 
plicándose lo mismo que se complicó el de 
la música desde los maestros italianos acá, 
En una Revista científica he leído no ha 
muchos días que existen sujetos que experi- 
mentan una sensación luminosa al escuchar 
un sonido, sensación luminosa y cromática 
que es siempre la misma cuando el sonido 
es igual, y varía cuando éste cambia. De 
modo que un sonido puede excitar la retina 
al par que el tímpano , y para el individuo 
dotado de tan singular propiedad, cada tono 
de sonido corresponde exactamente á un 
tono de color. Á obtener resultados análo- 
gos se endereza el método de los Goncourt: 
escriben de suerte que las palabras produz- 
can vivas sensaciones cromáticas, y en eso 
consiste su indiscutible originalidad. Aun- 
que la traducción forzosamente ha de deslu- 
cir el esmalte policromo de tan caprichoso 
estilo, trasladaré aquí un párrafo de la no- 
vela Manette Salomón , donde los Goncourt 
describen las exageraciones de un colorista, 
pero más bien parece que declaran su pro- 
pio empeño de vencer al pincel con la pluma. 

«Buscaba incesantemente el pintor medios 
de animar su paleta, de calentar los tonos, 
de abrillantarlos. Parado ante los escapara- 



LA CUESTIÓN PALPITANTE. 179 



tes de mineralogía, con propósito de despo- 
jar á la naturaleza apoderándose de las luces 
multicolores de las petrificaciones y crista- 
lizaciones relampagueantes, se embelesaba 
con los azules de azurita, de un azul de es- 
malte chino ; con los lánguidos azules de los 
cobres oxidados ; con el celeste de la lazu- 
lita que pasa del azul real al azul marino. 
Seguía toda la escala del rojo , desde los 
mercurios sulfurados , acarminados y san- 
grient os, hasta el negro rojizo de la hema- 
tites, y soñaba con ei amalito , color per- 
dido del siglo xvi, entonación cardenalicia, 
verdadera púrpura romana.... De los mine- 
rales se trasladaba á las conchas , á las colo- 
raciones madres de la suavidad é idealidad 
del tono, á todas las variedades del rosa en 
una fundición de porcelana , desde la púr- 
pura sombría hasta el rosa desmayado y el 
nácar donde el prisma se baña en leche. 
Inventariaba todas las irisaciones y opaliza- 
ciones del arco iris.... En su pupila recogía 
el azul del zafiro , la sangre del rubí, el orien- 
te de la perla, las aguas del diamante. Creía 
el pintor que para pintar necesitaba ya de 
cuanto brilla y arde en mar, tierra y cielo.» 

Esto mismo creen los Goncourt, y de ahí 
nacen las excepcionales condiciones— no me 



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EMILIA PARDO BAZÁN. 



atrevo á decir cualidades , aunque tengo 
para mí que lo son — de su estilo. Me apre- 
suro á añadir que los Goncourt no valen úni- 
camente por eximios maestros del colorido 
y singulares intérpretes de la sensación, 
pues demostrado tienen también ser gran- 
des observadores que saben estudiar carac- 
teres. Es verdad que no proceden como Bal- 
zac } nicomo Zola., quienes crearon perso- 
najes lógicos que obran conforme á los ante- 
cedentes sentados por el novelista, y van por 
donde los lleva la fatalidad de su complexión 
y la tiranía de las circunstancias. Los per- 
sonajes de los Goncourt no son tan automá- 
ticos ; parecen más caprichosos, más inex- 
plicables para el lector ; proceden con inde- 
pendencia relativa, y sin embargo , no se nos 
figuran maniquíes ni seres fantásticos y so- 
ñados, sino personas de carne y hueso, se- 
mejantes á muchos individuos que á cada 
paso encontramos en la vida real, y cuya 
conducta no podemos predecir con certeza, 
aun conociéndoles á fondo y sabiendo de 
antemano los móviles que en ellos pueden 
influir. La contradicción , irregularidad é 
inconsecuencia, el enigma que existe en el 
hombre , lo manifiestan los Goncourt mejor 
quizá que sus ilustres émulos. 



LA CUESTION PALPITANTE. l8l 



Hay dos grupos de novelas que llevan el 
nombre de Goncourt al frente: uno es obra 
de los hermanos reunidos , otro de Edmundo 
solo ; pero el método es igual en ambos. Na- 
die aplicó más radicalmente que los Gon- 
court el principio recientemente descubierto 
de que en la novela es lo de menos argumen- 
to y acción , y la suma de verdad artística 
lo importante. En algunas de sus novelas, 
como Sor Filomena y René Mauperin , to- 
davía hay un drama, muy sencillo, pero 
drama al cabo : en Manette Salomón , Car- 
los Demailly , Ger minia Lacerteux , apenas 
se encuentra más que la serie de los sucesos, 
incoherente al parecer, y lánguida á veces, 
como acontece en la vida : en Madame Ger- 
vaisais todavía es menor, ó más delicado si 
se quiere, el interés de la narración; no 
existen acontecimientos, y el drama íntimo 
y hondo de la conversión de una libre- 
pensadora al catolicismo se representa en el 
alma de la protagonista. Esta novela sor- 
prendente no sólo carece de asunto en el 
sentido usual de la frase, sino también de 
diálogo. 

Poseen los Goncourt un fuertísimo micros- 
copio, y lo emplean, no tanto en registrar el 
alma humana y visitar ios repliegues del 



EMILIA PARDO BAZÁN. 



cerebro , cuanto en observar en todos los 
objetos detalles menudos, exquisitos y cu- 
riosos, hilos delgadísimos que tejen la rea- 
lidad. Para otros autores, la vida estela 
grosera ; para los Goncourt, encaje primo- 
roso cuajado de cenefas, flores y estrellitas 
delicadísimas que bordó diestra mano. Pa- 
rece que bajo el cristal de su microscopio- 
como bajo el de los sagaces naturalistas que 
descubrieron el mundo de los infusorios y 
las regiones micrográficas— la creación se 
dilata , se multiplica y se ahonda. 

Las novelas más celebradas de los Gon- 
court son Germinia Lacerteux y La Elisa. 
El éxito de ellas se debe quizá á la curio- 
sidad y gusto depravado del público, que 
suele preferir ciertos asuntos y buscar en 
la novela la satisfacción de ciertos apeti- 
tos. Para mí las obras mejores de los Gon- 
court son el hermoso poema de amor frater- 
nal titulado Los hermanos Zemganno, don- 
de la poesía se cobija tras la verdad— como 
la perla en la valva del feo molusco ; y sobre 
todo, la admirable Manéíte Salomón, donde 
los egregios escritores encontraron aquello 
que tanto aprecia el artista, la conformidad 
del genio con el asunto. 



XII 



DAUDET 



lfonso Daudet nació en el mediodía de 



íjl Francia, país de literatura amena y 
clima benigno, semejante por esto á nuestra 
Andalucía. La templada atmósfera, el claro 
sol y la vegetación floribunda de las zonas 
meridionales parecen reflejarse en el carác- 
ter de Alfonso Daudet, en su chispeante fan- 
tasía y feliz complexión literaria. Su herma- 
no Ernesto, en el libro titulado Mi hermano 
y yo, descubre la precocidad del talento de 
Alfonso, y afirma que su primer novela, 
escrita á los quince años de edad, sería dig- 
na de figurar en la colección de sus obras 
actuales, observando también que la crítica 
no ha podido encontrar inferioridad relativa 
entre los distintos libros que publicó, ni ele- 
gir y señalar una obra suya superior á las 
restantes, como hizo con los Goncourt, Flau- 
bert y Zola. 




184 



EMILIA PARDO BAZÁN. 



Azarosos fueron los pródromos de la his- 
toria literaria de Alfonso Daudet. Luchó de 
un modo heroico contra la estrechez en que 
poco á poco se vió envuelta su familia — es- 
trechez que llegó á rayar en pobreza ;— entró 
de inspector en un colegio, acogióse después 
á la prensa, y desde su asilo comenzó á tra- 
bajar modesta y valerosamente para formar- 
se una reputación. Su primer libro fué un 
tomo de versos, Las enamoradas, por el 
cual la critica le dijo, con hiperbólico enca- 
recimiento, que había recogido la pluma del 
difunto Alfredo de Musset ; luego se dedicó 
á la prosa, empezando por componer cuen- 
tecillos breves, estudios ligeros sobre cual- 
quier tema, descripciones de lugares y tipos 
de su país, y de estas acuarelas fué pasando 
á cuadros de caballete, ó sea novelas de 
costumbres, hasta que por último se atrevió 
á cubrir de color vastos lienzos , grandes 
novelas sociales : grandes digo, no por las 
dimensiones, sino por la profundidad de ob- 
servación que encierran. 

No falta quien excluya á Alfonso Daudet 
de la escuela realista y naturalista , fundán- 
dose en ciertas dotes poéticas de su ingenio. 
Yo pienso que entre los realistas debemos 
clasificar sin género de duda al autor de 



LA CUESTIÓN PALPITANTE. 



185 



Numa Roumestan. En efecto : los procedi- 
mientos de Alfonso Daudet, su método para 
componer é idear, son del todo realistas. An- 
tes de acostarse , apunta minuciosamente los 
sucesos y particularidades que notó durante 
el día (á imitación de Dickens , con el cual 
tiene muchos puntos de contacto) , y bien se 
puede asegurar que no hay pormenor, carác- 
ter ni acontecimiento en sus novelas que no 
esté sacado de esos cuadernos ó del rico te- 
soro de su memoria. Zoia dice acertadamen- 
te que Daudet carece de imaginación en el 
sentido que solemos daráeste vocablo, pues 
nada inventa : solamente escoge, combina, 
dispone los materiales que de la realidad 
tomó. Su personalidad literaria, lo que Zola 
llama temperamento , interviene después 
y funde el metal de la realidad en su pro- 
pia turquesa. ¡Notable engaño el de los que 
creen que, por ajustarse al método realista, 
abdica un autor su libre facultad creadora, 
y lo afirman con tono doctoral, lo mismo 
que si formulasen irrecusable axioma de es- 
tética! 

Daudet ve las cosas á su modo y las estu- 
dia , no con la severa impersonalidad de 
un Flaubert, no con la intensa emoción ar- 
tística de los Goncourt, no con la lucidez de 



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EMILIA PARDO BAZÁN. 



visionario de un Balzac, sino con sensibili- 
dad ingenua , con esa velada y suave y hon- 
da ironía que conocen bien los asiduos lec- 
tores de Dickens. No es frío analizador, no es 
el médico refiriendo con glacial indiferencia 
los síntomas de una enfermedad, ni tampoco 
el artista que busca ante todo la perfección; 
es el narrador apasionado, que simpatiza 
con unos héroes y se indigna contra otros, 
cuya voz tiembla á veces, cuyos ojos anubla 
furtiva lágrima. 

Sin hablar incesantemente de sí propio, 
sin cortar el relato para dirigir al que lee 
reflexiones y advertencias, Daudet sabe no 
ausentarse jamás de sus libros ; su presencia 
los anima. Una de sus novelas, Le Petit 
Chose , está tejida con sucesos de la infan- 
cia y adolescencia del autor, y sus persona- 
jes sonindividuos de la familia Daudet; pero 
aun cuando no concurra en ellas esta misma 
circunstancia, todas las obras de Daudet 
conmueven, porque sabe practicar el si vis 
me flere.... del modo discreto que lo consien- 
te el arte contemporáneo; no por medio de 
exclamaciones y apostrofes , sino con cierto 
calor en el estilo, con inflexiones gramati- 
cales muy tiernas, muy penetrantes, que 
llegan al alma. Conocemos, aunque el autor 



LA CUESTIÓN PALPITANTE. 



187 



no se tome el trabajo de advertírnoslo , que 
profesa afición á este ó aquel personaje; 
escuchamos la risa melodiosa y sonora con 
que se burla de los picaros y de los necios; 
mas todo esto lo distinguimos al trasluz , y 
gozamos del placer de adivinarlo. Mientras 
Stendhal cansa, como cansaría una demos- 
tración matemática, y los Goncourt excitan 
los nervios y deslumbran la pupila, y Flau- 
bert abruma y causa esplín y misantropía; 
Daudet consuela, refresca y divierte el es- 
píritu, sin echar mano de embustes y patra- 
ñas como los idealistas, con sólo la magia 
de su amorosa condición y simpático carác- 
ter. Aquella nota festiva, ligera á veces, que 
en la vida no falta y sí en las novelas de 
Zola , la posee el teclado de Daudet. Es su 
talento de índole femenina, no por lo ende- 
ble, sino por lo gracioso y atractivo. 

Su estilo parece labrado sin violencia ni 
esfuerzo, con grato abandono, aunque sin 
descuido. Y no obstante, si Julio de Gon- 
court murió extenuado y hasta loco de puro 
adelgazar la frase para imprimirle intensa 
vibración nerviosa ; si Flaubert sudaba y 
gemía ai limar sus páginas como el leñador 
á cada golpe que descarga sobre el árbol ; 
si Zola llora de rabia y se trata de idiota ai 



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EMILIA PARDO BAZÁX. 



releer lo que escribe, y otra vez lo pone en 
el yunque y vuelve á martillarlo hasta darle 
la apetecida forma, Ernesto Daudet asegura 
que al redactar alguna página suelta, armo- 
niosa , donde la frase fluye majestuosamente 
á modo de río que rueda arenas de oro, su 
hermano, exigente consigo 'mismo, lidia, 
sufre y palidece, quedando enfermo de can- 
sancio para muchos días. ¡ Esta es la dif ícil 
facilidad por tantos deseada y obtenida por 
tan pocos ! 

No atesora Alfonso Daudet la portentosa 
cultura especial de los Goncourt, ni menos 
la vasta erudición de Flaubert. Sabe lo que 
necesita saber, ni más ni menos ; el resto se 
lo figura , y en paz. Ni alardea de filósofo, ni 
se precia con exceso de estilista y gramá- 
tico, ni sería capaz de sujetarse á los seve- 
ros estudios que pide una obra como Salam- 
hona,por ejemplo. Sus viajes de exploración 
los hace al través del mundo social, reco- 
rriendo á París en todas direcciones , escu- 
driñándolo todo con sus ojos miopes que 
concentran la luz, y observando cuantas 
variadas y curiosas escenas se desarrollan 
en la vida de la gran capital, donde ni fal- 
tan comedias, ni escasean dramas, ni deja 
á veces la tragedia de surgir , puñal en 



LA CUESTIÓN PALPITANTE. • 189 



mano, sobre la trama , vulgar en aparien- 
cia, de los sucesos. 

Ofrece Alfonso Daudet un fenómeno, re- 
velador de su naturaleza de artista : gústa- 
le, sobre todo, estudiar los tipos raros y 
originales, las costumbres extrañas y pin- 
torescas que un momento se dibujan, como 
muecas rápidas , en la fisonomía mudable y 
cosmopolita de París. Prefiere estas con- 
tracciones pasajeras al aspecto normal, y 
goza en fotografiar instantáneamente — y 
estereotiparlas después — esas existencias 
de murciélago, entre luz y sombra, esos ti- 
pos sospechosos que se llamaron un tiempo 
la bohemia ; aventureros de la ciencia , de 
la banca, del arte; figuras heteróclitas , que 
hunden los pies en el fango y levantan á los 
cielos del lujo y de la celebridad su frente ; 
gentes de quienes hablan hoy todos los pe- 
riódicos y mañana se enterrarán quizá en 
la fosa común. En alguna de las novelas de 
Daudet, el Nababo por ejemplo, casi todos 
los personajes son de esta ralea : el médico 
norte-americano Jenkins, mezcla de Locus- 
ta y Celestina ; Felicia Ruys, mitad artista 
excelsa y mitad cortesana ; el nababo Jan- 
soulet,la ex-odalisca su mujer, todos son 
personajes extraordinarios, hongos que bro- 



I90 EMILIA PARDO BAZÁN. 



tan en la podredumbre de una sociedad vie- 
ja, de una capital babilónica, y cuya forma 
singular y ponzoñosos colores atraen la mi- 
rada y la cautivan más que la belleza de las 
rosas. 

Fué el Nababo la primer novela de Dau- 
det que ganó á su autor celebridad inmensa : 
y la causa de su éxito — ¡triste es decirlo! — 
se debió en gran parte á que la novela esta- 
ba salpicada de indiscreciones, ó sea de 
noticias anecdóticas referentes á cierto pe- 
ríodo del segundo imperio, y á elevados 
personajes que en él figuraron. Triste es 
decirlo , repito , porque el hecho atestigua 
que el público es incapaz de interesarse por 
la literatura sola y sin aditamentos, y que si 
un autor se hace célebre de golpe y vende 
edición tras edición de un libro, es que supo 
espolvorearlo con la sal y pimienta de la 
crónica escandalosa. Cuando se dijo que el 
Nababo tenía clave; cuando se supo que Al- 
fonso Daudet, comensal y protegido del du- 
que de Morny, lo exhibía en los mínimos de- 
talles de su vida privada, hubo quien se es- 
candalizó tratando al autor de desagradeci- 
do y vil ; yo me escandalizo más aún de las 
gentes que por esa ingratitud y esa vileza, 
y no por el resplandor de su hermosura, 



LA CUESTIÓN PALPITANTE. I9I 



conocieron entonces el ingenio de Daudet. 

Alegó Alfonso Daudet , para lavarse de la 
mancha de ingrato, que él no había desfigu- 
rado ni afeado el perfil del duque de Morny 
ni de ninguna de las personas que retrataba ; 
que la opinión general se las representaba 
muchísimo más feas, y que si ellas viviesen, 
á buen seguro que le agradecerían los ras- 
gos que les prestó. Como artista, expuso 
otra razón más poderosa: su absoluta inca- 
pacidad para inventar, y la fuerza invenci- 
ble conque el modelo vivo se le incrustaba 
en la memoria, en términos de no permitir- 
le reposo hasta que los trasladaba al papel. 

Realmente es arduo el problema. ¿Por qué 
hacer al novelista de peor condición que el 
pintor? Va éste, supongamos, á una socie- 
dad ó á un festín , adonde le convidan ; mira 
en torno suyo; se fija en la cabeza del anfi- 
trión, en las formas de alguna señorita que 
se sienta á su lado ; vuelve á casa , coge los 
pinceles, y sin el menor escrúpulo pasa al 
lienzo lo que vió, y nadie le tacha de ingrato 
ni le califica de miserable. Pero que un es- 
critor realista se resuelva á aprovechar el 
más mínimo detalle observado en casa de 
un amigo, hasta de un indiferente ó enemigo 
jurado, y diránle que rasga el velo de la 



192 



EMILIA PARDO BAZÁN. 



vida privada, que viola el sagrado del ho- 
gar,' y todo el mundo se dará por ofendido, 
y hasta le pondrán pleito, como á Zola, por 
el apellido de un personaje. 

Claro está que el novelista digno de este 
nombre, al coger la pluma, no obedece á 
antipatías ni á rencores , ni ejerce una mi- 
sión vengadora, ni es siquiera el satírico 
que aspira á clavar en la picota al individuo 
y á la sociedad. Su propósito es muy diver- 
so : obedece á su musa, que le ordena estu- 
diar, comprender y exponer la realidad que 
nos rodea. Así es que, volviendo á Daudet, 
lo que éste toma indistintamente de sus ami- 
gos ó de sus adversarios, no es aquella ver- 
dad nimia que aun los biógrafos desdeñan, 
sino ciertos datos que son como el trozo de 
madera ó hierro llamado alma en que los 
escultores apoyan y sustentan el barro al 
modelarlo: la armazón, digámoslo así. Ei 
nababo Jansoulet, por ejemplo, existió; 
pero Daudet, al escribirlo, conservó el fon- 
do y modificó hartos pormenores. 

Si en alguna novela de Daudet hay inten- 
ción satírica, es en Los Reyes en el destie- 
rro. El autor se propuso allí demostrar, y ro 
sé si demostró ; sé que el propósito se trans- 
parenta. Sin embargo, á fuer de consumado 



LA CUESTIÓN PALPITANTE. 



T 93 



artista, evitó la caricatura y diseñó el nobi- 
lísimo y augusto contorno de la Reina de 
Iliria. El monárquico más monárquico no 
haría cosa tan bella. 

Además del mundo parisiénse, descuella 
Daudet en describir su provincia con donai- 
re singular. Conoce á los meridionales; y ya 
nos cuente la burlesca epopeya de Tartarín 
de Tarascón, el Quijote de Gascuña, que 
sale de su villa natal resuelto á matar leones 
en las africanas selvas, y sólo consigue ca- 
zar á un pollino y rematar á un león viejo, 
ciego y agonizante ; ya perfile con trazos tan 
genuinos y fisonomía tanregional al tambori- 
lero de Numa Roumestan , ó al mismo 
Numa , carácter soberano que lleva el sello 
indeleble de una localidad, siempre nos hará 
sonreír Daudet, y nos conmoverá siempre. 

Opina Zola que Daudet está providencial- 
mente destinado á reconciliar al público con 
la escuela naturalista, mediante las dotes 
con que se capta las simpatías del lector, y 
las cualidades que le abren puertas cerradas 
para Zola : las del hogar doméstico , las de 
la elegante biblioteca de palo de rosa , ador- 
no del gabinete de las damas. Tengo para 
mí que esas puertas no se franquearán jamás 
á todas las obras de Zola, aunque envíe de- 



EMILIA PARDO BAZÁX. 



lante á cien Daudets allanando obstáculos. 
Daudet pertenece á la misma escuela que 
Zola, es cierto ; pero se contenta con acusar 
la musculatura de la realidad, mientras el 
otro la desuella con sus dedos de hierro y 
la presenta al lector en láminas clínicas. Po- 
cos estantes de palo de rosa gemirán bajo el 
peso de Pot-Bouille. 

Alfonso Daudet posee una colaboradora, 
que es su mujer, autora también de algún 
libro. ¿Quién sabe si á tan blando influjo se 
deberá el que Daudet huya de extremar el 
método naturalista y se mantenga— según 
reconoce con generosa imparcialidad Zola— 
en el punto crítico donde acaba la poesía y 
comienza la verdad? 



XIII 



ZOLA. — SU VIDA Y CARÁCTER 



eservé adrede el último lugar para el 



primero deFlaubert,Daudet y losGoncourt, 
no tanto por ceñirme ai orden cronológico, 
cuanto por no emprenderla con el discoidí- 
simo novelista, sin estudiar antes las varia- 
das fisonomías de sus compañeros, cuya 
diversidad es argumento poderoso á favor 
del realismo. Si Stendhal no se parece á 
Balzac, ni Balzac á Flaubert ; si los herma- 
nos Goncourt lucen tan peregrinas y nuevas 
condiciones artísticas, y Daudet es tan per- 
sonal, Zola á su vez se distingue de todos 
ellos. 

Trataré de Zola más despacio que de sus 
colegas , no porque le otorgue la primacía— 
sólo el tiempo decidirá si la merece — pero 
porque, cuando el valor de sus obras pudiera 




naturalista , y hablé 



196 



EMILIA PARDO BAZAX. 



negarse, no así el puesto de jefe y campeón 
del naturalismo, que ocupa. Zola es—ade- 
más de novelista revolucionario que dispara 
libros á manera de bombas, cuyo estrépito 
obliga á la indiferente multitud á volver la 
cabeza y arremolinarse atónita — expositor, 
apologista y propagandista de una doctrina 
nueva que formula en páginas belicosas. En 
vano rehusa el titulo de jefe de escuela, ase- 
gurando que el naturalismo es antiguo , que 
él no se lo ha encontrado en los bolsillos del 
gabán, que á nadie lo impone, y que antes 
que él lo siguieron otros autores. Claro está 
que un hombre sólo, por eminente que sea 
su genio , no improvisa un movimiento lite- 
rario ; pero basta para que le llamemos jefe, 
que las circunstancias ó sus propios arrestos 
le traigan á acaudillarlo, como acaudilla 
Zola con gran bizarría las huestes de lo que 
todo el mundo llama ya naturalismo. 

Á Pablo Alexis , discípulo de los más adic- 
tos de Zola , debemos cantidad de pormeno- 
res biográficos referentes al maestro. Emilio 
Zola nació enParís el año 1840: por sus venas 
corre sangre italiana, griega y francesa: su 
padre era ingeniero. El futuro novelista no 
se mostró de muy despejado entendimiento 
en sus primeros años y estudios : en las ca- 



LA CUESTIÓN PALPITANTE. 



197 



sillas de su cerebro no encajaba la retórica, 
y hasta dos veces fué reprobado en los exá- 
menes del bachillerato en letras. Por falle- 
cimiento de su padre, Zola se halló privado 
de recursos , y para no morirse literalmente 
de hambre, desempeñó humildes empleos y 
tuvo á gran fortuna poder ingresar en el 
establecimiento de librería de Hachette, 
donde ejerció funciones más manuales que 
literarias. Desde aquel modesto asilo, ala 
sombra de los estantes cargados de volú- 
menes , comenzó á escribir : sus ensayos 
pasaron inadvertidos , y aunque Villemes- 
sant, amigo de proteger á los principiantes, 
le confió la sección bibliográfica del Fígaro, 
no tuvieron mejor suerte sus artículos de 
crítica que sus trabajos de amena litera- 
tura. Los Cuentos d Ninon , donde no faltan 
páginas hermosas, fueron acogidos con in- 
diferencia , y el pobre commis de librería, 
enterrado tras del pupitre , desconocido, 
anegado en el mar inmenso de las letras 
parisienses , sufría torturas no inferiores á 
las de Sísifo y Tántalo, al presenciar la rá- 
pida venta de libros ajenos y el estanca- 
miento de los propios. 

¡Cuántas vigilias, cuántas horas de cavi- 
laciones febriles corren para el autor que 



198 EMILIA PARDO BAZÁN. 



siente pesar sobre su alma la obscuridad de 
su nombre, como pesa en invierno la tierra 
sobre el germen ! Zola maduraba una idea 
que había de reportarle fama y bienestar ; 
proyectaba escribir algo análogo á la Come- 
dia humana de Balzac, un ciclo de novelas 
donde estudiase, en la historia de los indi- 
viduos de una familia, las diferentes clases 
y aspectos de la sociedad francesa bajo el 
cetro de Luis Napoleón ; pero necesitaba 
un editor que se asociase á sus planes y no 
temiera emprender la publicación de tan 
vasta serie de obras, de autor casi des- 
conocido. Consiguió por fin que Lacroix se 
arriesgase á editarle una novela , y se com- 
prometió á entregarle dos cada año, y que 
le pagase por ellas un sueldo de dos mil rea- 
les ai mes : la propiedad del libro quedaba 
por diez años enajenada á favor del editor, 
y lo mismo los derechos de traducción é in- 
serción en folletines. Así que Zola granjeó 
esta renta mezquina, retiróse á Batignolles, 
y allí, en una casita con huerto poblado de 
conejos, gallinas y patos, comenzó la vida 
de productor metódico é incansable que des- 
de entonces lleva. 

No protegía la suerte al editor Lacroix, y 
hubo de liquidar, y traspasó los negocios 



LA CUESTIÓN PALPITANTE. 



I99 



emprendidos al fénix de los editores, lla- 
mado Charpentier. Ya en poder de éste, 
Zola, que es muy despacioso en idear y es- 
cribir, se retrasó en la entrega de los dos 
tomos anuales estipulados , y hallóse debien- 
do al editor dos mil duros adelantados por 
éste: grata sorpresa causóle, pues, Char- 
pentier cuando, llamándole á su despacho, 
le declaró que sus libros producían dine- 
ro, que no quería abusar de un contrato 
leonino, y que no solamente se daba por co- 
brado de su anticipo, sino que le ofrecía 
otra suma igual, asociándole además á sus 
ganancias futuras y asegurándole un lucido 
rédito sobre los volúmenes anteriormente 
publicados. Esto era para Zola, más que do- 
rada medianía, riqueza ; animóse, y en vez 
de gastar en alegre y poética holganza sus 
fondos , se aplicó á trabajar con más ardor 
que nunca. 

Á fuer de enemigo de los románticos, se 
propuso Zola vivir enteramente al revés que 
ellos y llevar una existencia ordenada, en 
prosa, por decirlo así. Su huerto, su gabi- 
nete de estudio, sus contados amigos, su 
familia, alguna reunión en casa del editor 
Charpentier, son las ocupaciones que le ab- 
sorben y las distracciones que goza. Leván- 



200 



EMILIA. PARDO BAZÁN. 



tase siempre á la misma hora, se sienta al 
escritorio, y despacha sus tres cuartillas de 
novela, ni más ni menos; echa su siesta 
para restaurar el sistema nervioso y no gas- 
tar más cerebro del necesario ; despierta, 
hace ejercicio, ensarta un fulminante ar- 
tículo crítico de los que tanto escuecen á 
sus compañeros en letras, y después asiste 
al teatro ó pasa la noche recogido en su ho- 
gar ; y este método es invariable y exacto 
como la marcha de un reloj.... cuando rige 
bien, por supuesto. 

Recordando el modo de vivir de la genera- 
ción que precedió á Zola, se advierte el con- 
traste. Devorados por su ardiente fantasía, 
la mayor parte de los poetas y literatos del 
romanticismo pudieron decir con nuestro 
Espronceda : «siempre juguete fui de mis 
pasiones». La inspiración, que para Zola es 
una criada fiel y laboriosa , que todas las ma- 
ñanas á la misma hora viene á cumplir su 
obligación de hilar tres cuartillas, era para 
los románticos una amante caprichosa y co • 
queta, que cuando menos se percataban acu- 
día á otorgarles dulcísimos favores, y luego 
se volaba como un pájaro ; al sentir el roce 
de sus alas, Alfredo de Musset encendía las 
bujías y abría de par en par el balcón para 



LA CUESTIÓN PALPITANTE. 



201 



que entrase la musa. Otros la invocaban 
sobreexcitando sus facultades con el abuso 
del café, del opio ó de la cerveza, y para 
todos era feliz aventura lo que hoy para 
Zola es función natural, digámoslo así, ó 
costumbre adquirida, como la de la siesta 
que duerme. 

Los rostros, la apostura y hasta el traje, 
poseen una elocuencia no accesible quizá á 
Jos profanos , pero clarísima para el obser- 
vador. Al comparar los retratos de algunos 
corifeos del romanticismo con el único que 
de Zola pude procurarme, comprendí, me- 
jor que leyendo un tomo de historia de la li- 
teratura moderna , cuánta distancia separa 
á Graziella del Assommozr. El pensamiento 
se graba en la faz, las ideas se filtran, se 
transparentan bajo el cutis, y los semblantes 
de la generación romántica descubren aque- 
llos entusiasmos y melancolías , aquel ideal 
poético y filosófico que caldea sus obras. El 
largo cabello, las facciones finas, expresi- 
vas, más bien descarnadas, lo caprichoso 
del traje, el fuego de los ojos, el porte altivo 
y meditabundo á la vez , son rasgos comu- 
nes á la especie ; pueden darse estas señas 
lo mismo de la apolínica é imberbe faz de 
Byron ó de Lamartine, que de las elegantes 



202 



EMILIA PARDO BAZÁN. 



y soñadoras cabezas de Espronceda , Zorri- 
lla y Musset. En cuanto á Zola.... 

Su cara es redonda , su cráneo macizo, su 
nuca poderosa , sus hombros anchos como 
de cariátide , tiene trigueña la color, roma 
la nariz , recia la barba y recio y corto tam- 
bién el cabello. Ni en su cuerpo atlético ni 
en su escrutadora mirada hay aquella dis- 
tinción, aquel misterioso atractivo , aquella 
actitud aristocrática, un tanto teatral, que 
poseyó Chateaubriand en sus buenos tiem- 
pos, y hace que al contemplar su retrato se 
quede uno pensativo y vuelva á mirarlo otra 
vez. Si algún rasgo característico ofrece el 
tipo de Zola , es la fuerza y el equilibrio 
intelectual , patentes en el tamaño y propor- 
ciones armónicas del cerebro , que se adivi- 
nan por la forma de la bóveda craneana y el 
ángulo recto de la frente. 

En resumen : el físico de Zola correspon- 
de al prosaísmo, al concepto mesocrático 
de la vida , que domina en sus obras. Xo se 
entienda que al decir el prosaísmo de Zola 
me refiero al hecho de que trate en sus no- 
velas asuntos bajos, feos ó vulgares. Goethe 
siente que no hay tales asuntos , y que el 
poeta puede embellecer cuantos adopte. Alu- 
do más bien al carácter , vida y actos del 



LA CUESTIÓN PALPITANTE. 



203 



escritor naturalista , donde falta del todo eso 
que los franceses llaman rgverie (la palabra 
española ensueño no lo expresa bien), y alu- 
do, en suma, á la proscripción del lirismo, 
á la rehabilitación de lo práctico , que supo- 
ne la conducta de Zola. 

Como los antiguos atletas , Zola hace pro- 
fesión de limpieza y honestidad de costum- 
bres, y se jacta de preferir, como Flaubert, 
la amistad al amor , declarándose un tanto 
misógino óaborrecedor del bello sexo, y des- 
deñando á Sainte-Beuve por apegado á las 
faldas en demasía. A este alarde de conti- 
nencia añade Zola otro de conyugal ternu- 
ra , y habla siempre de su mujer de un modo 
no galante ni apasionado , que eso no está 
en su cuerda , pero sí cariñosote y cordial 
en extremo. Su vida interior es pacífica y 
ejemplar, y huyendo de la sociedad, se com- 
place en la compañía de su madre, su mujer 
y sus hijos , acariciando la esperanza de re- 
tirarse , andando el tiempo , á alguna aldea, 
á algún rincón fértil y sosegado. 

Tales el terrible jefe del naturalismo, el 
autor diabólico cuyo nombre estremece á 
unos, y á otros enfurece; el novelista cuyas 
obras encienden en rubor el semblante de 
las damas que las leen por casualidad ; el 



204 



EMILIA PARDO BAZÁN. 



cronista délas abominaciones , impurezas, 
pecados y fealdades contemporáneas. Él 
dice de sí propio : « Soy un ciudadano in- 
ofensivo , y nada más. \ Ay de mí ! Ni siquie- 
ra tengo un vicio. » 

A San Agustín le compararon con un 
águila ; Zola compara á Balzac con un toro: 
¿ por qué no he de permitirme también un 
símil zoológico , diciendo que el animal á 
quien más se asemeja Zola es el buey? Como 
él , es vigoroso , forzudo y lento. Como él, 
abre despacio el surco , y se ve el esfuerzo 
de su testuz al remover la tierra hondamen- 
te arrancando piedras y estorbos. Como él, 
no tiene gracia , ni finura , ni alegría , ni son 
airosas sus formas, ni su paso es ágil. Como 
él , hace labor sólida y duradera. 

En lo que no se parece Zola al buey es en 
la mansedumbre. Para la lucha se convierte 
en toro, y toro furioso, que arremete á cie- 
gas al adversario , soportando impertérrito 
en su dura piel los pinchazos de la crítica. 
Una persona sensible , tímida y cosquillosa, 
estaría ya muerta si sobre ella descargasen 
los insultos y ataques que llovieron sobre 
Zola ; mientras él los recibe , no ya con indi- 
ferencia , sino como estímulos y espolazos 
que más le animan al combate. Cuando pu- 



LA CUESTIÓN PALPITANTE. 20> 



blicó el Assommoir levantóse un somatén 
general : no quedó injuria que no le prodiga- 
sen; como suele suceder, el público confun- 
dió al autor con la obra, y le atribuyó las 
groserías y delitos de todos sus personajes, 
lo mismo que á Balzac se le acusó de liber- 
tinaje porque reseñaba costumbres licencio- 
sas. Hasta creyeron á Zola viejo , feo y ri- 
dículo , y le supusieron parroquiano de la 
innoble taberna que describe, jurando que 
debía hablar la jerga de los barrios -bajos; 
como si para conocer esa jerga y poder 
trasladarla al papel en un libro como el 
Assommoir , no se necesitase ser, ante todo, 
literato, y hasta filólogo sagaz. 

Zola se creció ante los ataques, que debie- 
ron lisonjearle mucho, según su teoría de 
que sólo las obras discutidas valen y viven. 
Desdeñando la opinión así del público que le 
admira como del que le insulta, prescinde 
del juicio de la multitud y se propone domar- 
la é imponerle el suyo propio. En sus labios 
no brilla la dulce sonrisa de Daudet, sino un 
mohín de reto y orgullo. No seduce, desafía; 
no se reporta ni se corrige, antes acentúa su 
manera en cada libro. Ediciones innumera- 
bles, celebridad ruidosísima, traducciones á 
todos los idiomas , las columnas de la prensa 



206 



EMILIA PARDO BAZÁN. 



llenas del sonido de su nombre , la trasfor- 
mación literaria que sufrimos vaciada en sus 
moldes , son motivos suficientes para que 
Zola, á despecho del lodo que le arrojan á la 
faz, crea que el triunfo está de su parte y 
que él es quien acertó con el gusto de nues- 
tro siglo. 



XIV 



ZOLA. — SUS TENDENCIAS 



El ciclo de novelas á que debe Zola su es- 
truendosa fama se titula Los Rougon 
Macquart , historia natural y social deuna 
familia bajo el segundo imperio. Herida esta 
familia en su mismo tronco por la neurosis, 
se va comunicando la lesión á todas las ra- 
mas del árbol , y adoptando diversas formas, 
ya se presenta como locura furiosa y homi- 
cida, ya como imbecilidad, ya como vicio de 
alcoholismo, ya como genio artístico; y el 
novelista, habiendo trazado en persona el 
árbol genealógico de la estirpe de Rougon, 
con sus mezclas, fusiones y saltos atrás, re- 
seña las metamorfosis del terrible mal here- 
ditario, estudiando en cada una de sus no- 
velas un caso de enfermedad tan misteriosa. 

Adviértase que la idea fundamental de los 
Rougon Macquart no es artística , sino cien- 
tífica , y que los antecedentes del famoso ci- 



208 



EMILIA PARDO BAZÁN, 



cío, si bien lo miramos, se encuentran en 
Darwin y Haeckel mejor que en Stendhal, 
Flaubert ó Balzac. La ley de transmisión 
hereditaria , que imprime caracteres inde- 
lebles en los individuos por cuyas venas co- 
rre una misma sangre ; la de selección na- 
tural , que elimina los organismos débiles y 
conserva los fuertes y aptos para la vida ; la 
de lucha por la existencia , que desempeña 
oficio análogo ; la de adaptación , que con- 
diciona á los seres orgánicos conforme al 
medio ambiente ; en suma, cuantas forman 
el cuerpo de doctrinas evolucionistas pre- 
dicado por el autor del Origen de las espe- 
cies, pueden verse aplicadas en las novelas 
de Zola. 

Atentos solamente al aspecto literario de 
éstas, suelen los críticos reírse del aparato 
científico que desplega el jefe de la escuela 
naturalista : lo cual me parece ligereza no- 
toria, dado que Zola no es un Edgardo Poe 
que se sirva de la ciencia como de entrete- 
nida fantasmagoría ó medio de excitar la 
curiosidad del lector. Prescindir del conato 
científico en Zola, es proponerse delibera- 
damente no entenderlo, es ignorar dónde 
reside su fuerza , en qué consiste su flaqueza 
y cómo formuló la estética del naturalismo. 



LA CUESTIÓN PALPITANTE. 2C 9 



Su fuerza digo, porque nuestra época se 
paga de las tentativas de fusión entre las 
ciencias físicas y el arte, aun cuando se rea- 
licen de modo tan burdo como en los libros 
de Julio Verne ; y por muchas burletas y 
donaires que los gacetilleros disparen á Zola 
con motivo de su famoso árbol genealógico 
y sus alardes de fisiólogo y médico, no im- 
pedirán que la generación nueva se vaya 
tras sus obras, atraída por el olor de las 
mismas ideas con que la nutren en aulas, an- 
fiteatros, ateneos y revistas , pero despoja- 
das de la severidad didáctica y vestidas de 
carne. 

Digo su flaqueza , porque si es verdad que 
hoy exigimos al arte que estribe en el firmí- 
simo asiento de la verdad , como no tiene 
por objeto principal indagarla, y la ciencia 
sí, el artista que se proponga fines distintos 
de la realización de la belleza, tarde ó tem- 
prano, con seguridad infalible, verá desmo- 
ronarse el edificio que erija. Zola incurre á 
sabiendas en tan grave herejía estética, y 
será castigado , no lo dudemos, por donde 
más pecó. 

Curioso libro podría escribir la persona 
que dominase con igual señorío letras y 
ciencias, sobre el darvcinismo en el arte 

M 



210 



EMILIA Px\RD0 BAZÁN. 



contemporáneo. En él se contendría la clave 
del pesimismo, no poético á la manera de 
Leopardi, sino depresivo, que como negro 
y mefítico vapor se exhala de las novelas de 
Zola ; del empeño de patentizar y describir 
la bestia humana, ó sea el hombre esclavo 
del instinto, sometido á la fatalidad de su 
complexión física y á la tiranía del medio 
ambiente ; de la mal disimulada preferencia 
por la reproducción de tipos que demues- 
tren la tésis ; idiotas, histéricas, borrachos, 
fanáticos, dementes, ó personas tan despro- 
vistas de sentido moral, como los ciegos de 
sensibilidad en la retina. 

Los darwinistas consecuentes y acérri- 
mos, para apoyar su teoría de la descen- 
dencia animal del hombre , gustan de re- 
cordarnos las tribus salvajes de Australia y 
describirnos aquellas enfermedades en que 
la responsabilidad y la conciencia fallecen; 
Zola los imita, y en un arranque de sinceri- 
dad, declara que prefiere el estudio del caso 
patológico al del estado normal, que es , sin 
embargo, lo que en la realidad abunda. 

Aquí ocurre una pregunta : ¿será censu- 
rable en Zola el fundar sus trabajos artísti- 
cos en la ciencia moderna y consagrarlos á 
demostrarla? ¿No parece más bien loable 



LA CUESTIÓN PALPITANTE. 



211 



intento? Paso ; enterémonos primero de qué 
cosa son las ciencias á que Zola se atiene. 

No es ahora ocasión propicia para aquila- 
tar la certidumbre ó falsedad del darwinis- 
mo y doctrina evolucionista : hícelo en otro 
lugar lo mejor que supe, y lo digo, no por 
alabarme, sino á fin que no me acuse algún 
malicioso de hablar aquí de cosas que no 
procuré entender. Pero, en resumen, limi- 
tándome á exponer el dictamen de los más 
calificados é imparciales autores, indicaré 
que el darwinismo no pertenece al número 
de aquellas verdades científicas demostra- 
das con evidencia por el método positivo y 
experimental que Zola preconiza, como, por 
ejemplo, la conversión de la energía y co- 
rrelación de las fuerzas, la gravitación, cier- 
tas propiedades de la materia y muchos 
asombrosos descubrimientos astronómicos ; 
sino que, hasta la fecha, no pasa de sistema 
atrevido, fundado en algunos principios y 
hechos ciertos ; pero riquísimo en hipótesis 
gratuitas, que no descansan en ninguna 
prueba sólida, por más que anden á caza de 
ellas numerosos sabios especialistas allá 
por Inglaterra , Alemania y Rusia. Ahora 
bien : como quiera que en achaque de cien- 
cias exactas, físicas y naturales tenemos 



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EMILIA PARDO BAZA Y. 



derecho para exigir demostración, sin lo 
cual nos negamos terminantemente á creer 
y rechazamos lo arbitrario , he aquí que 
todo el aparato científico de Zola viene á 
tierra, al considerar que no procede de las 
ciencias seguras, cuyos datos son fijos é 
invariables, sino de las que él mismo declara 
que empiezan aún á balbucir y son tan tene- 
brosas como rudimentarias : ontogenia, filo- 
genia, embriogenia, psico«física.— Y no es 
que Zola las interprete á su gusto, ó falsee 
sus principios ; es que esas ciencias son de 
suyo novelescas y vagas ; es que, mientras 
más indeterminadas y conjeturales las en- 
cuentre el científico riguroso , más campo 
abrirán á la rica imaginación del novelista. 

¿Qué le queda, pues, á Zola, si en tan de- 
leznables cimientos basó el edificio orgullo- 
so y babilónico de su Comedia humana? 
Quédale lo que no pueden dar todas lascien- 
cias reunidas ; quédale el verdadero patri- 
monio del artista; su grande é indiscutible 
ingenio, sus no comunes dotes de creador y 
escritor. Eso es lo que permanece, cuando 
todo pasa y se derrumba ; eso es lo que los 
siglos venideros reconocerán en Zola (aparte 
de su inmensa influencia en las letras con- 
temporáneas). 



LA CUESTIÓN PALPITANTE. 21 3 



Si Zola fuese únicamente el autor porno- 
gráfico que hace arremolinarse á la multitud 
con curiosidad y dispersarse con rubor y 
tedio, ó el sabio á la violeta que barniza sus 
narraciones con una capa de lustre científi- 
co, Zola no tendría más público que el vul- 
go, y ni la crítica literaria ni la reflexión 
filosófica hallarían en sus obras asunto don- 
de ejercitarse. ¿Consagra alguien largos ar- 
tículos al examen de las popularísimas y 
entretenidas novelas de Verne? ¿Dedícase 
nadie á censurar despacio las no menos po- 
pulares de Pablo de Kock? Todo ello es cosa 
baladí, que no trasciende. Las de Zola son 
harina de otro costal, y su autor — á pesar 
délos pesares — grande, eximio, extraordi- 
nario artista. 

Pasajes y trozos hay en sus libros que, 
según su género, pueden llamarse definiti- 
vos, y no creo temeraria aseveración la de 
que nadie irá más allá. Los estragos del alco- 
hol en el Assommoir , con aquel terrible epí- 
logo del delirium tremens ; la pintura de 
los mercados en El vientre de París ; la de- 
licada primera parte de Una página de 
amor ; el graciosísimo idilio de los amores 
de Silverio y Miette en La fortuna de los 
Rougon ; el carácter del clérigo ambicioso 



214 



EMILIA PARDO BAZÁN. 



en La conquista de Plasans ; la riqueza 
descriptiva de La falta del cura Mouret, y 
otras mil bellezas que andan pródigamente 
sembradas por sus libros, son quizá insupe- 
rables. Con la manifestación de un poderoso 
entendimiento, de una mirada penetrante, 
firme, escrutadora, y á la vez con la copia 
de arabescos y filigranas primorosísimas, 
Zola suspende el ánimo. Tengamos el arrojo 
de decirlo, una vez que tantos lo piensan : 
en el autor del Assommoir hay hermo- 
sura. 

En cuanto á sus defectos, mejor diré á sus 
excesos, ellos son tales y tanto los va acen- 
tuando y recargando, que se harán insufri- 
bles, si ya no se hicieron, á la mayoría. Pe- 
cado original es el de tomar por asunto no 
de una novela, pero de un ciclo entero de 
novelas, la odisea de la neurosis al través 
de la sangre de una familia. Si esto lo consi- 
derase como un caso excepcional, todavía lo 
llevaríamos en paciencia; pero si en los Ron- 
gon se representa y simboliza la sociedad 
contemporánea, protestamos y no nos ave- 
nimos á creernos una reata de enfermos y 
alienados, que es, en resumen , lo que resul- 
tan los Rougon. ¡Á Dios gracias, hay de 
todo en el mundo , y aun en este siglo de tu- 



LA CUESTIÓN" PALPITANTE. 21 5 



berculosis y anemia, no falta quien tenga 
mente sana en cuerpo sano! 

Dirá el curioso lector: ; según eso. Zola 
no estudia sino casos patológicos? ¿Xo hay 
en la galería de sus personajes alguno que 
no padezca del alma ó del cuerpo , ó de am- 
bas cosas á la vez? Sí los hay : pero tan nu- 
los, tan inútiles, que su salud y su bondad 
se traducen en inercia , y casi se hacen más 
aborrecibles que la enfermedad y el vicio. Á 
excepción de Silverio— que en rigor es un 
fanático político— y de la conmovedora y 
angelical Lalie del Assommoir , los héroes 
virtuosos de ZDla son marionetas sin volun- 
tad ni fuerza. Lo activo en Zola es el mal: 
el bien bosteza y se cae de puro tonto. ¡Cui- 
dado con la singularísima mujer honrada de 
Pot-Boiiille ! ¡Pues y el sandio protagonista 
de El vientre de París ! Es cosa de preferir 
álos malvados . que al menos están descritos 
de mano maestra y no se duermen. 

Cuando un escritor logra descubrir el filón 
de las ideas latentes y dominantes en su si- 
glo ; cuando se hace intérprete de aquello 
que más le caracteriza,— sea maloóbueno,— 
por fuerza ha de abundar en el sentido de 
los errores de la edad misma que inter- 
preta. Esta mutua acción del autor sobre el 



2X6 



EMILIA PARDO BAZÁN. 



público y del público sobre el autor favori- 
to, explica asaz los yerros que cometen ta- 
lentos claros y profundos, pero que al cabo 
lleVan impreso el sello de su época. No na- 
cieron las novelas de Zola entre el polvo de 
los estantes henchidos de libros clásicos, ni 
como resplandecientes mariposas revolaron 
acariciadas por el sol de la fantasía del 
autor : se engendraron en el corral donde 
Darwin cruzó individuos de una misma es- 
pecie zoológica para modificarlos , en el 
laboratorio donde Claudio Bernard verificó 
sus experimentos y Pasteur estudió las pon- 
zoñosas fermentaciones y el modo conque 
una sola y microscópica bacteria inficiona y 
descompone un gran organismo : la idea de 
Nana, Antes que Zola dibujase el árbol ge- 
nealógico délos Rougon-Macquart ,Hc€ckel, 
con rasgos muy semejantes, había trazado 
el que une á los lemúridos y monos antropo- 
morfos con el hombre ; antes que Zola nega- 
se el libre albedrío y proclamase el pesi- 
mismo, el vacío y la nada de la existencia, 
Schopenhauer y Hartmann ataron la volun- 
tad humana al rollo de hierro de la fatalidad, 
declarando que el mundo es un sueño vacío, 
ó más bien una pesadilla. 
Que existe esta íntima relación entre las 



LA CUESTIÓN PALPITANTE. 



2I 7 



novelas de Zola y las teorías y opiniones 
científicas propias de nuestro siglo , no pue- 
de dudarse , por más que hartos críticos 
afirmen que Zola carece de cultura filosófica 
y técnica, siendo muchísimo lo que ignora 
y bien poco lo que sabe. En primer lugar, 
esta ignorancia de Zola es relativa, pues se 
refiere únicamente al pormenor y al detalle, 
no impidiendo á su inteligencia abarcar la 
síntesis y el conjunto de tales doctrinas, 
para lo cual no hay necesidad de quemarse 
las cejas, y sobra con leer algunos artículos 
de revista y hasta una docena de libros de 
la Biblioteca científica internacional. Ca- 
balmente distingue al artista— y Zola lo es— 
la intuición rápida y segura que le permite 
reflejar y encarnar en sus obras, por sor- 
prendente manera, lo que apenas entrevio. 

Además, los miasmas de ciencia noveles- 
ca, que pudiéramos llamar leyendas délo 
positivo, flotan en la atmósfera como los gér- 
menes estudiados por Pasteur, y se filtran 
insensiblemente en las creaciones del arte. 
Apuntemos en el capítulo de cargos centra 
Zola el fundarse , para sus trabajos realistas, 
en lo incierto y obscuro de la ciencia, y olvi- 
dando sus ideas filosóficas, estudiemos sus 
procedimientos artísticos y retórica especial. 



XV 



ZOLA.— SU ESTILO 



Si exceptuamos á Daudet, todos los natu- 
ralistas y realistas modernos imitan á 
Flaubert en la impersonalidad , reprimién- 
dose en manifestar sus sentimientos, no in- 
terviniendo en la narración y evitando inte- 
rrumpirlacon digresiones ó raciocinios. Zola 
extremó el sistema perfeccionándolo. Fácil- 
mente se advierte, al leer una novela cual- 
quiera, cómo los pensamientos de los perso- 
najes, aun siendo verdaderos y sutilmente 
deducidos , salen bañados y cubiertos de un 
barniz peculiar al autor, pareciendo que es 
éste, y no el héroe, quien discurre. Pues Zola 
—y aquí empiezan sus innovaciones — pre- 
senta las ideas en la misma forma irregular 
y sucesión desordenada, pero lógica , en que 
afluyen al cerebro, sin arreglarlas en perío- 
dos oratorios ni encadenarlas en discretos 
razonamientos ; y con este método hábil y 



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EMILIA PARDO BAZÁX. 



dificilísimo á fuerza de ser sencillo , logra 
que nos forjemos la ilusión de ver pensar á 
sus héroes. Es indudable que la idea , des - 
pertada rápidamente al choque de la sensa- 
ción, habla un lenguaje menos artificioso del 
que empleamos al formularla por medio de 
la palabra ; y si alguna vez la lengua va más 
allá que el pensamiento , por lo general las 
percepciones del entendimiento é impulsos 
de la voluntad son violentos y concisos, y la 
lengua los viste, disfraza y atenúa ai expre- 
sarlos. Los novelistas , cuando levantaban la 
cubierta de las molleras (como Asmodeo 
los tejados), y querían mostrarnos su interior 
actividad, empleaban perífrasis y circunlo- 
quios que Zola ha sido tal vez el primero en 
suprimir, procediendo como los confesores, 
que si el penitente por vergüenza ó deseo de 
cohonestar su conducta, busca rodeos y anda 
á caza de frases ambiguas y palabras obscu- 
ras, suelen rasgar los tules en que se en- 
vuelve el alma , y decir el vocablo propio , de 
que el pecador no osaba servirse. 

Mas no por eso son justos los que afirman 
que la frase cruda , callejera y brutal , y el 
pensamiento cínicamente desnudo , tejen el 
estilo grosero de Zola. Créenlo así muchos 
que de sus obras sólo conocen lo peor de lo 



LA CUESTIÓN PALPITANTE. 



221 



peor , es decir , aquello que precisamente li- 
sonjeó su depravada curiosidad. En el con- 
junto de sus obras , el creador de Albina, 
Helena y Miette sacrifica en aras de la poe- 
sía. Si inventó, como dicen sus censores, la 
retórica del alcantarillado , también, según 
él mismo declara , sentó el pie hartas veces 
en prados cubiertos de hierbas y flores. No 
creo que sea prosa la sinfonía descriptiva, 
el poema paradisíaco que ocupa una tercera 
parte de La falta del cura Mouret , y donde 
el mismo buril firme que grabó en metal el 
estilo canallesco de los mercados y barrios 
bajos de París, esculpió las formas esplén- 
didas de la rica vegetación que en aquella 
soñada selva crece, se multiplica y rompe 
sus broches embalsamando el aire. Y no sólo 
en La falta del cura Mouret , sino en otros 
muchos libros, se entrega Zola al placer de 
forjar con elementos reales, calenturienta 
poesía. La fortuna délos Rougon,con su 
enamorada pareja de adolescentes; la Ralea, 
con su mágico jardín de invierno, sus inte- 
riores suntuosos poetizados por el arte y el 
lujo; Una página de amor , con sus cinco 
descripciones de la misma ciudad, vista ya 
á los arreboles del ocaso, ya á la luz de la 
aurora,— descripciones que son puro capri- 



222 



EMILIA PARDO BAZÁX. 



cho de compositor, serie de escalas destina- 
das á mostrar la agilidad de los dedos y la ri- 
queza del teclado,— y, por último, hasta Nana 
y el Assommoir , en ciertas páginas , dan 
testimonio de la inclinación de Zola á hacer 
belleza , digámoslo así, artificiosamente, do- 
minando lo vulgar, innoble y horrible de los 
asuntos. Zola reconoce y declara esta pro- 
pensión que va comunicándose á su escuela, 
y la considera grave defecto, heredado de 
los románticos. Su aspiración suprema, su 
ideal, sería alcanzar un arte más depurado, 
más grandioso, más clásico, donde en vez 
de escalas cromáticas y complicados arpe- 
gios, se ostentase la sencillez y naturalidad 
de la factura unida á la majestad del tema. 
Conviene Zola en que su estilo, lejos de po- 
seer esa hermosa simplicidad y nitidez que 
aproxima en cierto modo la naturaleza al es- 
píritu y el objeto al sujeto, y esa sobriedad 
que expresa cada idea con las palabras es 
trictamente necesarias y propias, está re- 
cargado de adjetivos, adornado de infinitos 
penachos y cintajos y colorines que le harán 
tal vez de inferior calidad en lo venidero. 
¿Débense realmente tales defectos á la tra- 
dición romántica? ¿No será más bien que 
esas puras y esculturales líneas que Zola 



LA CUESTIÓN PALPITANTE. 22} 



ambiciona y todos ambicionamos, excluyen 
la continua ondulación del estilo, el detalle 
minucioso, pero rico y palpitante de vida, 
que exige y apetece el público moderno ? 

En resolución, Zola, lejos de ser descui- 
dado , bajo é incorrecto , peca de alambicado 
aveces; y los críticos ultrapirenaicos, que 
no lo ignoran y le quieren mal , á vueltas de 
las acusaciones de grosería, brutalidad é 
indecencia, le lanzan alguna muy certera, 
apellidándole autor quintesenciado y rela- 
mido. El jefe del naturalismo carece de na- 
turalidad y sencillez; no lo niega, y lo acha- 
ca á la leche romántica que mamó. Artista 
llenó de matices, de primores y de refina- 
mientos, diríase, no obstante, que su prosa 
carece de alas, que está ligada por ligadu- 
ras invisibles, faltándole aquel grato aban- 
dono, aquella facilidad , armonía y número 
que posee, por ejemplo, Jorge Sand. Su es- 
tilo, igual y llano, es en realidad trabajadí- 
simo , sabiamente dispuesto, premeditado 
hasta lo sumo, y ciertas frases que parecen 
escritas á la buena de Dios y sin más propó- 
sito que el de llamar á las cosas por su nom- 
bre , son producto de cálculos estéticos que 
no siempre logra disimular la habilidad del 
autor. 



224 



EMILIA PARDO BAZÁN. 



Hasta el valor eufónico de las palabras, y, 
sobretodo, su vigor como toques de luz ó 
manchones de sombra, está combinado en 
Zola para producir efecto, lo mismo que el 
modo de usar los tiempos de los verbos. Si 
dice « iba » en vez de « fué », no es por casua- 
lidad ó descuido, es porque quiere que nos 
representemos la acción más aprisa ; que el 
personaje eche á andar á vista del lector. 
Cuando usa ciertos diminutivos, ciertas fra- 
ses de lástima ó de enojo, oimos el pensa- 
miento del personaje formulado por boca 
del autor, sin necesidad de aquellos sempi- 
ternos monólogos con que ocupan otros no- 
velistas páginas y más páginas. 

Las descripciones largas fueron y son im- 
putadas á la escuela naturalista; mas ¡cuán- 
tos presolistas hubo en lo tocante á descri- 
bir! Sólo que en las antiguas novelas ingle- 
sas lo pesado é interminable era la pintura 
de los sentimientos, afectos y aspiraciones 
de héroes y heroínas, y sus grandes bata- 
llas consigo mismos y sus querellas amoro- 
sas , y en Walter Scott, todo, paisajes, figu- 
ras, trajes y diálogos. ¿Quién más prolijo en 
extender fondos que Rousseau? Consiste la 
diferencia entre los idealistas y Zola, en que 
éste prefiere á los poéticos castillos , lagos, 



LA CUESTIÓN PALPITANTE. 



225 



valles y montañas, las ciudades, sus calles, 
sus mercados, sus palacios, sus teatros y 
sus congresos , é insiste lo mismo en porme- 
nores característicos y elocuentes que en 
detalles de poca monta. ¿Ha visto el lector 
alguna vez retratos al óleo hechos con ayu- 
da de un vidrio de aumento? ¿Observó cómo 
en ellos se distinguen las arrugas , las verru- 
gas, las pecas y los más imperceptibles ho- 
yos de la piel ? Algo se asemeja la impresión 
producida por estos retratos á la que causan 
ciertas descripciones de Zola. Gusta más 
mirar un lienzo pintado á simple vista, con 
libertad y franqueza. 

No por eso es lícito decir que las descrip- 
ciones de Zola se reducen á meros inventa- 
rios. Debieran los que lo aseguran probar á 
hacer inventarios así; ya verían cómo no es 
tan fácil hinchar un perro. Las descripcio- 
nes de Zola, poéticas, sombrías ó humorís- 
ticas (nótese que no digo festivas), cons- 
tituyen no escasa parte de su original mérito 
y el escollo más grave para sus infelices 
imitadores. Esos sí que nos darán listas de 
objetos, si como es probable les niega el 
hado el privilegio de interpretar el lenguaje 
del aspecto de las cosas, y el don de la opor- 
tunidad y mesura artística. 

15 



226 



EMILIA PARDO BAZÁX. 



Lo mismo digo de cuantos piensan que el 
método realista se reduce á copiar lo pri- 
mero que se ve, sea feo ó bonito, y mejor si 
es feo, y que copiando así á bulto saldrá una 
novela de las que se estilan. Leí no sé dónde 
que un mozalbete decía á un escultor, seña- 
lando á la Venus que éste terminaba: «En- 
séñeme V. á hacer otra como esa, que debe 
ser fácil;» y respondíale el escultor: «Faci- 
lísimo : se reduce á coger un trozo de már- 
mol é irle quitando todos los pedazos que le 
sobran.» La ironía del artista es aplicable al 
caso de la novela. Zola ha formulado su es- 
tética y su método con harta claridad y pro- 
lijidad nada menos que en siete volúmenes, 
y lo ha aplicado en quince ó veinte ; no con- 
tento con esto, él y sus discípulos á porfía 
dan al público detalles y revelan secretos 
del oficio, explicando cómo se trabaja, cómo 
se recogen notas, cómo se clasifican y em- 
plean, cómo se parte de los antecedentes de 
familia para restablecer el carácter y condi- 
ción de un personaje (los novelistas antiguos, 
al contrario , gustaban de envolver en el 
misterio y hacer mítico el nacimiento de sus 
obras); y sin embargo, á pesar de tantas re- 
cetas, falta quien las aplique. Por ahora , á 
pesar de la creciente fama y provecho que á 



LA CUESTIÓN PALPITANTE. 



227 



Zola y Daudet reportan sus libros , lo que 
pulula son novelistas idealistas de la escuela 
de Cherbuliez y Feuillet , de los que imagi- 
nan en lugar de observar y sueñan despier- 
tos. En efecto : si la vida, la realidad y las 
costumbres están presentes á todo el mundo, 
pocos las saben ver y menos explicar. El 
espectáculo es uno mismo , los ojos y enten- 
dimientos diferentes. 

Aquí se ofrece otra cuestión : cierto que 
Zola pretende observar la verdad, y asegu- 
ra que con ella están tejidos sus libros; pero, 
¿se engañará? ¿Será también la imaginación 
elemento de sus obras? 

Cuando escribió el Assommoir , no faltó 
quien dijese que desfiguraba y exageraba el 
pueblo : más fuerte aún gritaron los críticos 
contra la exactitud de Nana y Pot-Bouille. 
Si Nana se compone de embustes , para toda 
persona decente el mentir de Nana es el 
mentir de las estrellas ; mas por lo que toca 
á Pot-Bouille , la exageración me parece in- 
dudable ; y mejor que exageración le llama- 
ría yo simbolismo, ó si se quiere , verdad 
representativa. Aunque suene á paradoja, 
el símbolo es una de las formas usuales de 
la retórica zolista : la estética de Zola es en 
ocasiones simbólica como.... ¿lo diré? como 



228 



EMILIA PARDO BAZA.V. 



la de Platón. Alegorías declaradas (La falta 
del cura Mouret) , ó veladas (Nana, La 
Ralea, Pot-Bouille), sus libros representan 
siempre más de lo que son en realidad. En 
La falta el autor no oculta la intención sim- 
bólica, y hasta el nombre Paradou (Paraíso), 
y el gigantesco árbol á cuya sombra se co- 
mete el pecado, recuerdan el Génesis. Nana, 
la meretriz impura, la mosca de oro que se 
incubó en las fermentaciones del estercolero 
parisiense y cuya picadura todo lo inficiona, 
desorganiza y mata, ¿qué es sino otro símbo- 
lo? Sobre la rubia cabeza de Nana el autor 
acumuló toda la inmundicia social, derramó 
la copa henchida de abominaciones , é hizo 
de la pervertida griseta un enorme símbolo, 
una colosal encarnación del vicio ; y por el 
mismo procedimiento, en la casa mesocráti- 
ca de Pot-Bouille reunió cuantas hipocresías, 
maldades, llagas y podredumbres caben en 
la mesocracia francesa. 

Difícilmente puede un extranjero— aunque 
haya visitado á París, como casi todo el 
mundo lo ha visitado— discernir si las cos- 
tumbres de Francia son tan pésimas: se su- 
surran de allá males que por acá, á Dios 
gracias, aún no nos afligen, y el censo de 
población arroja cifras é indica descensos 



LA CUESTIÓN PALPITANTE. 



229 



que deben de sugerir profundas reflexiones 
á los estadistas de la nación vecina ; mas con 
todo eso, yo me figuro que el método de 
acumulación que emplea Zola sirve para 
hinchar la realidad, es decir, lo negro y tris- 
te de la realidad, y que el novelista procede 
como los predicadores, cuando en un ser- 
món abultan los pecados con el fin de mover 
á penitencia al auditorio. En suma, tengo á 
Zola por pesimista , y creo que ve la huma- 
nidad aún más fea, cínica y vil de lo que es. 
Sobre todo más cínica, porque aquel Pot- 
Bouille , mejor que estudio de las costum- 
bres mesocráticas, parece pintura de un lu- 
panar, un presidio suelto y un manicomio, 
todo en una pieza. 

Quisiera no errar juzgando á Zola, y no 
atacarlo ni defenderlo más de lo justo. Sé 
que está de moda hacer asquillos al oir su 
nombre, pero ¿qué significan en literatura 
los asquillos ? Una cosa es el genio y el in- 
genio ; otra las licencias, los extravíos, los 
yerros de una escuela. En su misma patria 
aborrecen á Zola: detestábale el difunto 
Gambetta, porque Zola le discutió como es- 
critor y orador, y la Academia, la Escuela 
normal, todos los novelistas idealistas, todos 
los autores dramáticos, la Revista de Am- 



230 



EMILIA PARDO BAZÁN. 



bos Mundos, madama Edmond Adam, á por- 
fía, reniegan de Zola , le excomulgan y ha- 
cen que no le ven. Quizá nosotros, situados 
á mayor distancia, apreciaremos mejor la 
magnitud del caudillo naturalista y preferi- 
remos entender á escandalizarnos. 



XVI 



DE LA MORAL 



Z ola nos conduce á tratar el bien mano- 
seado y mal esclarecido punto de la mo- 
ralidad en el arte literario, y especialmente 
en la escuela realista. Y ante todo, persig- 
némonos para que Dios nos libre de filoso- 
fías. Ya sé yo que en la Esencia Divina se 
dan reunidos los atributos de verdad, bon- 
dad y belleza : mas también sé con certi- 
dumbre experimental que en las obras hu- 
manas aparecen separados y siempre en 
grado relativo. Un final de ópera donde el 
tenor muere cantando, puede ser hermosísi- 
mo, y no cabe cosa más apartada de la ver- 
dad : un licencioso grupo pagano será bello 
sin ser bueno. Y esto me parece evidente 
per se, y ocioso el apoyarlo en razonamien- 
tos, porque hay en la percepción de la be- 
lleza algo de inefable que se resiste á la ló- 
gica y no se demuestra ni explica. 



232 



EMILIA PARDO BAZÁN. 



Viniendo ya á las relaciones de la moral y 
de las novísimas escuelas literarias, empe- 
zaré por observar que es error frecuente 
en los censores del realismo confundir dos 
cosas tan distintas como lo inmoral y lo 
grosero. Inmoral es únicamente lo que in- 
cita al vicio ; grosero, todo lo que pugna 
con ciertas ideas de delicadeza, basadas en 
las costumbres y hábitos sociales ; bien se 
entiende , pues, que el segundo pecado es 
venial , y mortal de necesidad el primero. 
Ya en distintos lugares de estos estudios lo 
indiqué : la inmoralidad que entraña el na- 
turalismo procede de su carácter fatalista, 
ó sea del fondo de determinismo que contie- 
ne ; pero todo escritor realista es dueño de 
apartarse de tan torcido camino, jamás pi- 
sado por nuestros mejores clásicos, que, no 
obstante, realistas y muy realistas eran. 

Pocos críticos de aquellos que más cla- 
man en contra del naturalismo echan de ver 
las malas hierbas deterministas que crecen 
en el jardín de Zola ; y el cargo más grave 
que á éste dirigen— no sin velarse antes la 
faz— es que sus libros no pueden andar en 
manos de señoritas. ¡ Válanos Dios! Lo pri- 
mero habría que empezar por dilucidar si 
conviene más á las señoritas vivir en para- 



LA CUESTIÓN PALPITANTE. 233 



disíaca inocencia, ó conocer la vida y sus 
escollos y sirtes, para evitarlos; problema 
que, como casi todos, se resuelve en cada 
caso con arreglo á las circunstancias, por- 
que existen tantos caracteres diversos como 
señoritas, y lo que á ésta le convenga será 
funestísimo quizá para aquélla, y vaya V. á 
establecer reglas absolutas. Es análoga esta 
cuestión á la del alimento ; cada edad y cada 
estómago lo necesita diferente ; proscribir 
un libro porque no todas las señoritas de- 
ban apacentar en él su inteligencia, es como 
si tirásemos por la ventana un trozo de car- 
ne bajo pretexto de que no la comen los ni- 
ños de teta. Désele norabuena al infante su 
papilla, que el adulto apetecerá el manjar 
fuerte y nutritivo. ¡Cuán hartos estamos de 
leer elogios de ciertos libros, alabados tan 
sólo porque nada contienen que á una seño- 
rita ruborice! Y, sin embargo, literaria- 
mente hablando , no es mérito ni demérito 
de una obra el no ruborizar á las señoritas. 

Los extranjeros piensan con más acierto, 
pues comprendiendo que el género de lec- 
turas varía según las edades y estados, y 
que desde la edad en que el niño deletrea 
hasta la plenitud de la razón, media un pe- 
ríodo durante el cual algo ha de leer, escri- 



234 



EMILIA PARDO BAZÁN. 



ben obras á propósito para la infancia y ju- 
ventud, obras en que se emplean á menudo 
plumas diestras y famosas , hábiles en adap- 
tarse al grado de desarrollo que suelen al- 
canzar las facultades del público especial á 
quien se consagran. Por nuestra tierra no 
dejan de escribirse libros anodinos y muci- 
laginosos : sólo que sus autores pretenden 
cautivar á todas las edades, cuando en rea- 
lidad no se salvan de aburrir á ninguna. 

Otro grave inconveniente encuentro en 
los libros híbridos que aspiran á corregir 
deleitando. Como cada autor entiende la 
moral á su manera, así la explica, y dejo al 
juicio del lector discreto resolver qué será 
más malo ; si prescindir de la moral ó fal- 
sificarla. Para mí, no hay más moral que la 
moral católica, y sólo sus preceptos me pa- 
recen puros, íntegros, sanos é inmejora- 
bles ; dicho se está que si un autor bebe sus 
moralejas en Hegel. Krause ó Spencer, las 
tendré por perniciosas. Rousseau, Jorge 
Sand, Alejandro Dumas hijo, y otros cien 
novelistas que se erigieron en moralizado- 
res del género humano, escribiendo novelas 
docentes y tendenciosas, parécenme de más 
funesta lectura que Zola, puesto caso que el 
lector los tomase por lo serio. 



LA CUESTIÓN PALPITANTE. 



235 



Es opinión general que la moralidad de 
una obra consiste en presentar la virtud pre- 
miada y castigado el vicio : doctrina insos- 
tenible ante la realidad y ante la fe. Sino 
hubiese más vida que ésta ; si en otro mundo 
de verdad y justicia no remunerasen á cada 
uno según sus merecimientos, la moral exi- 
giría que en este valle de lágrimas todo an- 
duviese ajustado y en orden ; pero siendo el 
vivir presente principio del futuro, querer 
que un novelista lo arregle y enmiende la 
plana á la Providencia, téngolo por risible 
empeño. 

De todas suertes, sea inmoralidad ó gro- 
sería lo que en el realismo se descubre, los 
chillidos de la prensa y del público y el mag- 
no tolle tolle que nos aturde los oídos, pa- 
rece que delatan la aparición de un mal 
nuevo y desconocido, como si hasta la fecha 
las letras hubiesen sido espejo de honestidad 
y recato. Y no obstante, hace años que Va- 
lera, contendiendo con Nocedal, dijo discre- 
tamente que no habiendo ocurrido nunca los 
tiempos felices en que la literatura se mos- 
tró decorosa é irreprochable, nadie podía 
desear la vuelta de tales tiempos. De esta 
gran verdad, que Valera demuestra con su 
acostumbrada elegante erudición, no ha me- 



EMILIA PARDO BAZÁN. 



nester pruebas quien conozca unas miajas 
nuestros clásicos y teatro antiguo. Sólo que 
los adversarios del naturalismo emplean una 
táctica de mala fe ; tan pronto le echan en 
cara no ser nuevo, como le oponen, despre- 
ciándolo , el ejemplo de la literatura an- 
terior. 

¿Hallaremos acaso, en tiempos más re- 
cientes que el siglo de oro, modelos de esa 
literatura pulcra y austera? Yo he sido edu- 
cada en la privación y el santo horror de las 
novelas románticas ; y aunque leía en mi 
niñez— hasta aprenderme trozos de memoria 
—la litada y el Quijote , jamás logré apode- 
rarme de un ejemplar de Espronceda ó de 
Nuestra Señora de París , obras que su 
fama satánica apartaba de mis manos. Si los 
clásicos delinquieron y los románticos tam- 
bién, ¿por qué echar sobre naturalistas y 
realistas todo el peso de la culpa? 

Es cosa peregrina ver cómo cada escuela 
pasa una indulgente esponja sobre sus pro- 
pias inmundicias, y señala con el dedo á las 
ajenas. Hoy los neo-clásicos absuelven á los 
escritores paganos, alegando que no cono- 
cieron á Cristo— aunque muchos escribiesen 
después de haber sido anunciado el Evange- 
lio, y como si la naturaleza misma, á falta 



LA CUESTIÓN PALPITANTE. 237 



de religión , no proscribiese asaz ciertas 
abominaciones en cuyo relato se complacen 
los poetas latinos. — Á su vez los idealistas 
perdonan los extravíos románticos, porque, 
aunque un héroe romántico haga, comoWer- 
ther, la apología del suicidio, ó dude hasta 
del aire que respira , como Lelia , tiene la 
disculpa de ir en pos del ideal, y no importa 
zampuzar el cuerpo en el lodo con tal que 
la mirada se dirija á las estrellas. Y, por úl- 
timo, para cohonestar aquellas cosazas que 
abundan en Tirso y Quevedo, se echa mano 
del candor y sencillez de la época en que 
vivían. El que no se consuela es porque no 
quiere. Diránme los defensores de esas es- 
cuelas que no d causa sino d pesar de sus 
lunares, celebran á Horacio y á Espronceda 
y á todos los santos de su devoción : lo mis- 
mito nos sucede á los demás. Cuando Zola 
atenta contra el gusto , de mí sé decir que no 
me da ninguno. Le preferiría más reportado, 
y cierto que no elogio en él deslices, sino 
bellezas. 

Ahora, si alguien me pregunta dónde em- 
piezan esos deslices, y hasta dónde llega la 
libertad que puede otorgarse al escritor, yo 
no lo sabré decidir. Son límites eminente- 
mente variables, y sólo el tacto, el pulso 



238 



EMILIA PARDO BAZÁN. 



firme que posee un gran talento, le sirve de 
guía para no descarriarse, para levantarse 
si llega á caer. Es innegable que el Quijote 
encierra pasajes bien poco áticos, que con 
justicia se pueden calificar de groseros, pero 
al fin son partes de aquel divino todo, el 
genio de Cervantes los ha marcado con su 
estampilla, y, para declararlo de una vez, 
están muy bien donde están, y yo no los 
borraría si de mí dependiese suprimirlos. 
Me inclino á comparar los bellos frutos del 
ingenio humano con la esmeralda, piedra 
hermosa, pero que apenas se halla una que 
no tenga un poco de veta ó mancha, llama- 
da jar din. Los grandes autores tienen vetas, 
y no por eso dejan de ser piedras preciosas. 

Nana es acaso la obra por la cual se juzga 
con más severidad á Zola. ¿Será debido al 
asunto ? Siento que más bien á la falta de 
tino, al cinismo brutal con que está tratado. 
De hecho en la sociedad hay formas, lími- 
tes, vallas que quizá no puede salvar una 
obra que aspira á atravesar victoriosa las 
edades ; y digo quizá, porque si Rabelais y 
otros escritores rompieron esos diques y 
alcanzaron nombre imperecedero, todavía 
su licencia constituye un elemento de infe- 
rioridad y como una nota desafinada en la 



LA CUESTIÓN PALPITANTE. 239 



sinfonía de su talento. Vallas y límites son 
que el genio remueve , pero que vuelven á 
alzarse de suyo. Si bien es verdad que se 
mudan, jamás desaparecen; y con tanta 
fuerza se imponen, que no sé de escritor 
alguno que totalmente las haya atropellado. 
Por atrevida que sea una pluma, por mucho 
que intente copiar la nuda realidad, hay 
siempre un punto en el cual se para, hay 
cosas que no escribe, hay velos que no 
acierta á levantar. El toque está en saber 
detenerse á tiempo en las lindes del terreno 
vedado por la decencia artística. 

Pero aquí conviene advertir que la mayo- 
ría de los críticos parece imaginar que sólo 
existe un género de inmoralidad, la erótica; 
como si la ley de Dios se redujese á un man- 
damiento. Que el autor se abstenga de pin- 
tar la pasión amorosa , y ya tiene carta 
blanca para retratar todas las restantes. 
Y , sin embargo, hay novelas como El Ju- 
dío Errante ó Los Misterios de París, que 
por su carácter antisocial y antirreligioso 
no son menos inmorales que Nana por otro 
concepto. En cuestiones religiosas y socia- 
les, los naturalistas proceden como sus her- 
manos los positivistas respecto de los pro- 
blemas metafísicos ; las dejan á un lado, 



240 



EMILIA PARDO BAZAX. 



aguardando á que las resuelva la ciencia, si 
es posible. Abstención mil veces menos pe- 
ligrosa que la propaganda socialista y heré- 
tica de los novelistas que les precedieron. 

En cuanto á la pasión, sobre todo la amo- 
rosa, fuera de los caminos del deber, lejos 
de glorificarla, diríase que se han empeñado 
los realistas en desengañar de ella á la hu- 
manidad, en patentizar sus riesgos y fealda- 
des-, en disminuir sus atractivos. De Mada- 
ma Bovar y á Pot-Bouille, la escuela no hace 
sino repetir con fatídico aceuto que sólo en 
el deber se encuentra la tranquilidad y la 
ventura. El portugués Eca de Queiroz, en 
su novela O primo Basilio— donde imita á 
Zola hasta beberle el alma— traza un cuadro 
horrible bajo su aparente vulgaridad, el del 
suplicio de la esposa esclava de su culpa. 
Claro está que la enseñanza moral de los 
realistas no se formula en sermones ni en 
axiomas : hay que leerla en los hechos. Así 
sucede en la vida, donde las malas acciones 
son castigadas por sus propias consecuencias. 

En resolución, los naturalistas no son re- 
volucionarios utópicos, ni impíos por siste- 
ma, ni hacen la apoteosis del vicio, ni cal- 
dean las cabezas y corrompen los corazones 
y enervan las voluntades pintando un mun- 



LA CUESTIÓN PALPITANTE. 



2 4 I 



do imaginario y disgustando del verdadero. 
Son imputables en particular al naturalismo 
—no huelga repetirlo— las tendencias deter- 
ministas, con defectos de gusto y cierta falta 
de selección artística , grave delito el pri- 
mero , leve el segundo, por haber incurri- 
do en él los más ilustres de nuestros drama- 
turgos y novelistas. Lo que importa no son 
las verrugas de la superficie, sino el fondo. 



16 



XVII 



EN INGLATERRA 



Hay gentes que, preciándose de gusto 
delicado , y repugnando la crudeza de 
los naturalistas franceses, ponderan la no- 
vela inglesa y encomian cierta manera de 
naturalismo mitigado que le es peculiar. Ya 
corre con fueros de opinión aristocrática y 
elegante la de la supremacía de la novela 
inglesa, así en el terreno moral como en el 
literario. 

Por lo que hace á la moralidad , el lector 
no ignora cuán infundados y erróneos son á 
veces los juicios generales: podrá, pues , ex- 
plicarse fácilmente cómo en nuestra tierra 
católica y latina está en olor de santidad una 
literatura hija legítima del protestantismo y 
adecuada á las costumbres meticulosas , mo- 
jigatas, reservadas y egoístas que en la an- 
tigua Isla de los Santos aclimató el triste 
puritanismo unido al instinto mercantil de 



244 



EMILIA PARDO BAZÁN. 



raza.— Y no es que Inglaterra no tenga sanas 
tradiciones realistas é ilustre abolengo lite- 
rario. Chaucer, padre de su poesía, era ya 
un realista, y sus Cuentos de Cantorbery, 
cuadros tomados del natural ; el astro mayor 
del firmamento británico , el egregio Sha- 
kespeare, llevó el realismo hasta donde no 
osará seguirle acaso ni Zola. Mas si flore- 
cieron tempranamente en la Gran Bretaña 
la poesía y el teatro, la novela nació tarde, 
cuando ya el país pertenecía irrevocable- 
mente á la Reforma. 

;La Reforma ! Donde quiera que prevale- 
ció su espíritu, fué elemento de inferioridad 
literaria ; y bien sabe Dios que no lo digo 
por encomiar el Catolicismo, cuya excelen- 
cia no pende de estas cuestiones estéticas, 
sino por dar á entender que la novela 
inglesa se resiente de su origen. De cuan- 
tosgéneros se cultivaron en Inglaterra desde 
Enrique VIII acá, la novela es donde más se 
infiltró el protestantismo : por eso los ingle- 
ses no produjeron un Quijote, es decir, una 
epopeya de la vida real que pueda ser com- 
prendida por la humanidad entera. 

Desde su misma cuna dominan en la nove- 
la inglesa tendencias utilitarias que la atan, 
digámoslo así , al suelo, y la impiden volar 



LA CUESTIÓN PALPITANTE. 245 



por los espacios sublimes que cruzó la libre 
y rauda fantasía de Shakespeare y Cervan- 
tes. Con tanto como ponderan á Foe dándole 
el pomposo dictado de Homero dH indivi- 
dualismo , Robinsón no pasa de ser una 
obra incomparable.... para los niños de dos 
á tres lustros. Swift, el misántropo coetáneo 
del autor de Robinsón, es de más honda 
lectura, pero no le va en zaga respecto á in- 
tenciones docentes, que ai fin y al cabo la 
sátira representa una dirección radical del 
docentismo. El Vicario de Yíakefield , de 
Goldsmith, á trechos suave idilio, grata pin- 
tura doméstica, encierra un ideal propia- 
mente inglés , patriarcalista: y mientras el 
ejemplo de las hijas del Vicario enseña á 
huir de la vanidad, Clarisa y Pamela con- 
denan irrevocablemente la pasión, y abren 
la serie de las novelas austeras, donde el 
corazón rebelde es siempre vencido. En 
cuanto á Walter Scott, no ha tenido descen- 
dencia legítima. Walter Scott es un fenóme- 
no aislado en la literatura inglesa, ó, para 
hablar con más exactitud, un hijo de otra 
nacionalidad diferente , la escocesa, que tie- 
ne de soñadora, idealista y poética lo que la 
inglesa de práctica y utilitaria. No procede 
Walter Scott de Shakespeare , no pór cierto; 



246 



EMILIA PARDO BAZÁN. 



mas tampoco discurre por sus venas la pa- 
cífica y prosaica sangre de Foe. Es el bardo 
que vive en un pasado teñido de luz y color, 
semejante á ocaso espléndido; que reanima 
la historia y la leyenda, demandando tan 
sólo á la realidad aquel barniz brillante 
nombrado por los románticos color local; en 
suma, es el último cantor de las hermosas 
edades caballerescas, the last minstrel. 

Cuando Walter Scott evocaba desde la re- 
sidencia señorial de Abbotsford las tradicio- 
nes de su romancesca patria, empezaba ya 
á congregarse en el campo de la novela in- 
glesa la hueste de novelistas-hembras que 
tanto influyó é influye en el carácter de aquel 
género literario , prestándole especial sabor 
pedagógico y ético: comenzaban las mujeres 
á conquistar el territorio que hoy señorean, 
y se leían con afán los Cuentos inórales de 
miss Edgeworth, y sonaban los nombres de 
miss Mary Russell Milford, miss Austen, 
mistress Opie, lady Morgan, mistress Shel- 
ly. El elemento femenino, una vez dueño de 
la novela, ya no soltó la presa. Hoy se cuen- 
tan por docenas las authoress que hacen 
gemir anualmente las prensas de Londres 
con frutos de su ingenio, y desde que falta- 
ron Dickens, Thackeray y Lytton Bulwer, 



LA CUESTIÓN PALPITANTE. 



247 



el primer novelista inglés fué una mujer, 
Jorge Elliot. 

Á consecuencia de este predominio de la 
mujer, la novela inglesa propende á enseñar 
y predicar, más bien que á realizar la belle- 
za. Apenas la hija del clergyman ase la pé- 
ñola, se encuentra á la altura de su padre, y, 
¡oh inefable placer!, ya puede ir y doctrinar 
á las gentes; no sólo posee una cátedra y un 
púlpito, sino que dispone de medios mate- 
riales para la propaganda de la fe. Escribe 
Carlota Yonge el Heredero de Redcliffe ; 
véndese bien la edición, y con el producto 
compra la autora un navio y se lo regala á 
un obispo misionero. Así es que en las mo- 
dernas novelistas inglesas llegó á extinguir- 
se casi del todo aquel noble orgullo literario 
que aspira á la gloria ganada por medio de 
la concentración del talento y del esfuerzo 
constante hacia la perfección suma:— amor 
propio de artista, que tan varonilmente ma- 
nifestó Jorge Sand;— y lejos de aspirar á 
producir obras hermosas y duraderas, se 
lanzan al espumoso torrente de la produc- 
ción rápida , porfiando no á quién lo hará 
mejor, sino á quién lo despachará más pron- 
to. La extensión obligada de las novelas in- 
glesas son tres gruesos tomos; y las nove- 



248 



EMILIA PARDO BAZÁN. 



Itsts que están de moda , como Francés 
Trollope, no se conforman con menos de 
una novela por trimestre, ó sean doce to- 
mos al año. ¡Qué estilo, qué invención, qué 
carácteres habrá que no inunde y devaste 
tan caudaloso río de tinta! 

Y es que para la nación inglesa la novela 
ha llegado á ser artículo de primera nece- 
sidad y consumo ordinario, como el beefs- 
teack que repara sus fuerzas , como el car- 
bón cuyo calórico templa sus días glaciales 
y alegra sus largas noches. Hay para la no- 
vela concurrencia diaria y segura , lo mis- 
mo que aquí para los cafés. Y la novela se 
hace eco de las aspiraciones del lector , y 
cumple su oficio político , religioso y moral; 
se inspira en las exigencias del público , y 
ya es filosófica como las de Carlos Reade; 
ya republicana, igualitaria y socialista como 
en Joshua Davicison ; ya teológica como 
en Carlota Yon ge; ya política como en Dis- 
raeli ; ya fantasmagórica del género de Ana 
Radcliffe, que todavía entretiene y gusta; 
ya histórica, al estilo de Walter Scott, que 
aún cuenta discípulos. Los geógrafos y au- 
tores de paisajes^ marinas, que siguen 
las huellas de Fenimore Cooper— el capitán 
Mayne Reyd, el capitán Marryat y otros 



LA CUESTIÓN PALPITANTE. 2^ 



capitanes — gozan asimismo del favor de 
aquel pueblo viajero . colonizador y turis- 
ta ; y los norte-americanos Bret Harte y 
Mark Twaín cortan las nieblas de la atmós- 
fera inglesa con unas chispas de humoris 
ntOj esa penosa y dolorida jovialidad del 
Xorte. Lisonjeadas así sus inclinaciones, 
atendido en sus gustos menos literarios que 
prácticos , el pueblo inglés á su vez consa- 
gra á los novelistas un cariño personal de 
que aquí no conocemos ejemplo : díganlo los 
innumerables peregrinos que todos los años 
acuden en romería al presbiterio de Ha- 
worth , donde nació y pasó los primeros 
años de su vida la novelista simpática que 
ilustró el pseudónimo de Currer Bell. Xo 
es el lauro literario, es un afecto más íntimo 
el que rodea de una aureola el nombre de 
los novelistas favoritos y caros á la nación 
británica; porque la novela no se considera 
allí pasatiempo ni mero deleite estético, 
sino una institución el quinto poder delEsta- 
do. y porque, según dijo en público el novelis- 
ta Trollope . las novelas son los sermones 
de la época actual. Su influencia se extien- 
de no sólo á las costumbres , sino á las leyes, 
influyendo en las deliberaciones de las Cá- 
maras, en las continuas reformas que expe- 



250 



EMILIA PARDO BAZÁN. 



rimenta el Código de una nación tan eminen- 
temente conservadora. ¡Qué diversidad de 
tierra ! , diremos con el protagonista de Ve- 
rry well. No sino váyanle á proponer á este 
revuelto y declamatorio Congreso español 
una modificación legal sugerida, v. gr., por 
la lectura de la Desheredada ó de Don Gon- 
zalo González de la Gonzalera... y ya verán 
con qué homérica risa acogen la propuesta 
nuestros graves padres de la patria! 

En Inglaterra, reconocido ya el dinamismo 
social de la novela, todas las clases se jac- 
tan de poseer novelistas , y los hay minis- 
tros, marinos, diplomáticos y magistrados. — 
Magistrados, sí ; ¡ y qué se diría acá en las 
Audiencias, Dios de Israel, si un presidente 
de sala publicase una novelita! Para dar á 
entender el influjo y acción de la novela en la 
raza sajona, baste citar una, La choza de 
Tom, cuyos efectos anti-esclavistas no ig- 
nora nadie. 

Pero ¿y el naturalismo inglés? Vamos al 
caso del naturalismo. Repito que las tradi- 
ciones de la literatura inglesa son realistas, 
y añado que realistas fueron Dickens y Thac- 
keray , quizá los nombres más ilustres que 
honran á la novela británica. Carlos Dic- 
kens no temió, en la entonada nación ingle- 



LA CUESTIÓN PALPITANTE. 



251 



sa, descender al estudio de las últimas ca- 
pas sociales, ladrones, asesinos y mendi- 
gos ; Thackeray, con más inclinación á la 
sátira, también estudió en el mundo que le 
rodeaba sus tipos característicos , de carica- 
turesco perñl. Y por lo que hace á Jorge 
Elliot, en cuyas obras resuena hoy la nota 
más aguda del naturalismo inglés , su pro- 
grama es realista á la manera de Champ- 
fleury , proponiéndose por objeto de sus ob- 
servaciones, no á las brillantes y excepcio- 
nales criaturas tan predilectas de los ro- 
mánticos, sino á la generalidad de los indi- 
viduos , á los personajes comunes y corrien- 
tes, á la clase media, digámoslo así, de la 
humanidad. Pues con todo eso, hay en los 
novelistas ingleses , por muy realistas que 
sean, propósito moral y docente, empeño 
de corregir y convertir , afán de salvar al 
lector,— según dice con gracia un reciente 
historiador de la literatura británica,— no del 
aburrimiento, sino del infierno, y esto se 
transparenta lo mismo en la pietista Yonge, 
que en la librepensadora y filósofa autora 
de Adán Bede, y les roba aquella serena 
objetividad necesaria para hacer una obra 
maestra de observación impersonal , según 
el método realista, y detiene su escalpelo 



252 



EMILIA PARDO BAZÁX. 



antes de que llegue á lo íntimo de los tejidos 
y á los últimos pliegues del alma. 

Parte de esta culpa debe imputarse al pú- 
blico , factor importantísimo de toda obra 
literaria. Según queda dicho, el público in- 
glés pide incesantemente novelas, y no de 
las que saborea á solas en su gabinete el 
lector sibarita que gusta de admirar primo- 
res, contar filigranas y penetrar en abismos 
psicológicos , si no de las que se leen en fa- 
milia y pueden escuchar todos los indivi- 
duos de ella, inclusa la rubia girl y el im- 
berbe scholar. Á los autores que satisfacen 
esta necesidad, el público inglés les paga 
espléndidamente : la primera edición de una 
novela se vende á razón de unos tres duros 
el volumen, y la edición se agota pronto ; de 
suerte que la multitud de honradas misses 
hijas de clergymen, en vez de ponerse á 
institutrices, se ponen á novelistas, y de su 
prolífica pluma brotan tomos de incoloro 
estilo, de incidentes enredados como los 
cabos de una madeja. De aquí la creciente 
inferioridad, el descenso del género. 

Perdóneme la dilatada y fecunda familia 
de noveladores de allende el Estrecho si co- 
meto injusticia al hablar de su general deca- 
dencia. Podré preciarme de conocer algunas 



LA CUESTIÓN PALPITANTE. 



2 53 



obras suyas ; pero ¿ quién se alabará de ha- 
berlas leído todas ? Mi juicio es el que emi- 
ten los críticos que consideran principal- 
mente el aspecto literario , y en segundo 
lugar, como es justo, el moral, y ven que 
la fabricación precipitada y la sujeción al 
gusto del público redunda en perjuicio de las 
cualidades de frescura, inspiración y energía 
de pensamiento. Si sobre ese océano de ca- 
bezas vulgares descuella la noble frente de 
Jorge Elliot, ó se destaca la graciosa fisono- 
mía de Ouida, lo cierto es que la mayoría 
de los novelistas ingleses se ha empeñado — 
expresémoslo con una metáfora—en llenar 
tres jicaras con una onza de chocolate. 

Por añadidura trae la novela inglesa — aun 
cuando es superior— tan fuertemente impre- 
sa la marca de otra religión, de otro clima, 
de otra sociedad, que á nosotros, los latinos, 
forzosamente nos parece exótica. ¿ Cómo 
nos ha de gustar, v. gr., la predicadora meto- 
dista, heroína de Adán Bede? Ya sé que es 
de moda vestir con sastre inglés : mas la lite- 
ratura, á Dios gracias, no depende entera- 
mente de los caprichos de la moda. La mali- 
cia me sugiere una duda. Si la novela inglesa 
tiene hoy entre nosotros muchos admirado- 
res oficiales, ¿tendrá otros tantos lectores? 



XVIII 



EN ESPAÑA 



Allá por Inglaterra y Francia la novela 
tiene un ayer ; acá en España, sólo un 
anteayer, si es lícito expresarse así. Allá los 
noveladores actuales se llaman hijos de 
Thackeray, Scott y Dickens, Sand, Hugo y 
Balzac, mientras acá apenas sabemos de 
nuestros padres , recordando sólo á ciertos 
abuelos de sangre muy hidalga, del linaje de 
los Cervantes , Hurtados , Espineles y otros 
apellidos no menos claros. Es tanto como 
decir que no hubo en España más novela 
que la del siglo de oro y la hoy floreciente. 

Sin embargo, la vida de la novela contem- 
poránea española puede ya dividirse en dos 
épocas distintas : la del reinado de Isabel II, 
y la que empezó con la revolución de Sep- 
tiembre. Suscitó la guerra de la Independen- 
cia grandes poetas líricos, pero hasta que el 
torrente romántico salvó el Pirene, no tuvi- 



256 



EMILIA PARDO BAZÁX. 



mos novelistas. Walter Scott hizo su entrada 
triunfal en nuestras letras, y comenzó el rei- 
nado de la novela histórica. Muy curioso li- 
bro se podía escribir, por el estilo del Hora- 
cio en España, reseñando las peregrinacio- 
nes de la idea walterescotiana al través de 
los cerebros ibéricos. El espíritu del bardo 
escocés encarnó en seres tan diversos entre 
sí como Espronceda, Martínez de la Rosa. 
Gil, Escosura, Cánovas del Castillo, Vicetto, 
Villoslada, Fernández y González y otros 
cuyos nombres ahora no quieren venírseme 
á la memoria. También se nos coló en casa 
Jorge Sand, traída de la mano por su insigne 
compañera la Avellaneda, y no se quedó 
atrás Eugenio Sué, apadrinado por Pérez 
Escrich y Ayguáls de Izco. 

Entre los walter escotianos , gente toda de 
provecho, se contaba uno que, á no haber 
derrochado sus singulares facultades y em- 
pleado mal sus preciosas dotes, pudo llamar- 
se, mejor que seide, rival del autor de 
Ivanhoe. El ingenio de Fernández y Gonzá 
lez semejaba árbol frondosísimo cuya made- 
ra servía para obras de talla y escultura ; 
por desgracia la malgastó su dueño en mesas 
y bancos de lo más común. ¡Riquísima fan- 
tasía y variada paleta descriptiva y numero- 



LA CUESTIÓN PALPITANTE. 



257 



sa invención la de Fernández y González! 
Al principio fué el poeta del pasado , que 
remozaba los libros de caballerías y presta- 
ba á la tradición heroico-nacional esa vida 
nueva que de vez en cuando le otorgan pri- 
vilegiados genios como Zorrilla, Walter 
Scott y Tennyson. Cómo concluyó, nadie lo 
ignora: por entregas interminables, por to- 
mos vendidos á ínfimo precio , por obras de 
baja ley, escritas pro pane lacrando. Dos ó 
tres novelas de las primeras que dió á luz 
son las columnas en que se apoya su nombre 
para no caer en el olvido. 

Acaso poseyó la simpática y tierna autora • 
de La Gaviota el talento más original é in- 
dependiente de cuantos se señalaron en el 
renacimiento de nuestra novela. A pesar de 
todas sus digresiones y reflexiones y su idí- 
lico optimismo, adornan á Fernán Caballero 
un encanto especial, una gracia característi- 
ca suya, y ostenta una imaginación alemana 
en los ensueños y española en el despejo y 
viveza. Mientras los novelistas de su época 
metían en tinta lienzos de asunto histórico, 
á lo Walter Scott , Fernán tomaba apuntes 
de las costumbres que veía, de la gente que 
alentaba á su alrededor, pintando asisten- 
tas, bandidos, gaviotas, curas, pastores, 

17 



258 



EMILIA PARDO BAZÁX. 



labriegos y toreros, y algunas veces en sus 
bosquejos andaluces brillaba el sol del Me- 
diodía , el que Fortuny condensó en sus cua- 
dros. Hay patio de Fernán que no parece 
sino que lo estamos viendo y que nos alegra 
los ojos con sus flores, y el oído con el ru- 
mor del agua, el cacareo de las gallinas y la 
inocente charla de los niños. Más real , más 
sincera y sencilla inspiración es la de Fer- 
nán que la de casi todas las novelas de pen- 
dón y caldera, capa y espada, ó cimitarra y 
turbante, que se estilaban entonces. 

Trueba no alcanza la talla de Fernán Caba- 
llero. Un país idólatra de sus propias tradi- 
ciones y recuerdos labró el pedestal en que 
se encumbra el pintor vascuence, cuya pa- 
leta no atesora sino medias tintas y colores 
claros, graciosos, pero sin vigor ni inten- 
sidad. El verde, el rosa y el azul celeste 
dominan, faltando casi del todo los negros, 
las tierras, los betunes, de que Fernán mis- 
mo hizo uso con medida. Algunas escenas 
rurales de Trueba agradan, como agrada 
contemplar el curso de un riachuelo poco 
profundo y de márgenes amenas. 

Selgas no describió campesinos, ni perte- 
nece á la escuela de los paisajistas : era un 
Alfonso Karr, un violinista caprichoso que 



LA CUESTIÓN PALPITANTE. 259 



ejecutaba primorosas variaciones sobre un 
tema cualquiera, bordándolo de arabescos 
delicados y airosos. Más bien que novelista, 
fué un humorista cáustico, ingenioso y ri- 
sueño, como suelen ser los humoristas en 
los países donde el sol pica fuerte. Su estilo 
desigual se parecía á esos rostros de faccio- 
nes irregulares que compensan la falta de 
corrección con la repentina luz de la sonri- 
sa, ó con el fuego de la mirada. Selgas brin- 
da al lector mucha grata sorpresa , regalán- 
dole , cuando no se percata , rasgos de obser- 
vación, parodojales agudezas, frases felices, 
chispazos de ideas originales ó al menos 
presentadas de un modo picante y nuevo. 
Otro atractivo de Selgas es haber comenza- 
do á estudiar la vida moderna en las gran- 
des ciudades, dejándose de guerreros, mo- 
ros, odaliscas y castellanas. 

Ahora bien : si queremos buscar el eslabón 
que enlaza con la actual esa época anterior 
de la novela española, donde figuran Fer- 
nán, la Avellaneda, la Coronado, Trueba, 
Selgas, Fernández y González y Miguel de 
los Santos Álvarez ; esa época en que la 
novela humanitaria de Escrich convivía con 
la lírica y vertheriana de Pastor Díaz, y la 
cota de malla de Men Rodríguez y el brial 



26o 



EMILIA PARDO BAZÁN. 



de la Sigea se rozaban con el frac del héroe 
á quien sus malandanzas obligaron á emi- 
grar de Villahermosa á la China ; si quere- 
mos , repito , dar con la soldadura de los dos 
períodos, es fuerza escribir el nombre de 
Don Pedro Antonio de Alarcon. 

Infiltrado de romanticismo hasta la medu- 
la de los huesos, El final de Norma deleitó 
á nuestros padres, lo mismo que el precioso 
capricho de Goya llamado El Sombrero de 
tres picos nos deleita á nosotros ; y he aquí 
cómo mi ilustre amigo Alarcon, sin llegar 
á viejo todavía, puede jactarse de haber 
cautivado á dos generaciones de gusto bien 
diferente. En efecto, los otros noveladores, 
los que ayer fueron regocijo de su edad, ya 
desaparecieron, arrastrados por la incon- 
trastable corriente del tiempo, de nuestros 
actuales horizontes literarios , y los que no 
bajaron á la tumba muérense en vida, de la 
indiferencia del público inteligente, del des- 
deñoso silencio de la crítica, y en suma, del 
olvido, que es la peor muerte para un escri- 
tor ; mientras Alarcon, resistiéndose como 
el que más á aceptar las nuevas tendencias, 
reina aún, es dueño de los corazones y de 
las imaginaciones, y sostiene con sus hábiles 
manos el ruinoso edificio de la novela idea- 



LA CUESTIÓN PALPITANTE. 



2ÓI 



lista. No sé si habrá algún novelista con- 
temporáneo que hechice al público como el 
autor de El escándalo ; no sé si existirá al- 
guno tan leído y predilecto de todos, sin dis- 
tinción de sexos ni edades ; pero sé que har- 
ta gente me pide prestada «una novela de 
Alarcon» con preferencia á las de otros au- 
tore^-Y no es el público de Alarcon aquel 
que devora con bestial apetito entregas y 
tomos de Manini ; es el que Spencer llama- 
ría la medianía ilustrada ; se compone de 
personas que demandan á la novela entre- 
tenimiento ó, como se decía antaño, honesto 
solaz, y abundan en él las damas. ¿Agrada- 
rá Alarcon por conservar aún cierto perfu- 
me romántico? Pienso que no : á los espa- 
ñoles les dan mucho que hacer los partidos 
políticos y poco que pensar las escuelas 
literaria.ví-o que atrae en Alarcon es el in- 
genio amable , « la buena sombra » , la galan- 
tería morisca que respiran sus retratos de 
mujer, tocados con pincel voluptuoso y bri- 
llante ; el estilo suelto, fácil y animado, el 
interés de las narraciones, y en suma, una 
multitud de cualidades ajenas al romanticis- 
mo y que no le deben nada á nadie, salvo á 
Dios que se las privilegió con larga mano. 
Si en los tipos de la Pródiga, del Niño de 



2é2 



EMILIA PARDO BAZÁX. 



la Bola, de Fabián Conde y de otros hé- 
roes y heroínas de Alarcón se descubre la 
filiación romántica, en cambio ei ya citado 
Sombrero de tres picos ostenta un colorido 
español neto, una frescura tal, que le hacen 
en su género modelo acabado. Y es que el 
ingenio de Alarcon gana con reducirse á 
cuadros chicos : su cincel trabaja mejor ex- 
quisitos camafeos, ágatas preciosas, que 
mármoles de gran tamaño. Descuella en el 
cuento y la novela corta, variedad literaria 
poco cultivada en nuestra tierra , y que 
Alarcon maneja con singular maestría. Por 
todas estas peregrinas dotes, es Alarcon 
poderoso mantenedor de la antigua divisa 
novelesca y temible adversario de la nueva ; 
mas los del campo enemigo , pedimos á 
Dios que desista de colgar la pluma.— ¿Dic- 
tará su resolución la coquetería de reti- 
rarse cuando más le ama ei público , de- 
jando de sí radiante memoria? ¿Será por 
cansancio? Lo cierto es que se halla en la 
plenitud de sus facultades, y que jamás su 
fantasía pareció tan lozana como estos años 
últimos. 

Con la retirada de Alarcon, pierde el idea- 
lismo el adalid más fuerte ; Valera, aunque 
idealista, es un novelista aparte, que no for- 



LA CUESTIÓN PALPITANTE. 



263 



mará escuela, porque es recio de imitar, se- 
gún se entiende, á poco que reflexionemos 
en las condiciones que reúne. La más alta 
valla que separa de Valera á la profana tur- 
ba de imitadores, es su elegante y pura dic- 
ción, tomada, mejor que del espontáneo 
Cervantes, de los místicos, escritores cas- 
tizos por excelencia. No sólo bebió en ellos 
Valera la limpieza un tanto arcaica de su 
estilo , sino el esmero y perspicacia conque 
escrutan y sondean los arcanos misteriosos 
del alma para explicarlos en frases de oro y 
párrafos de labrado marfil. Así es que, cuan- 
do se tradujeron al francés las novelas de 
Valera , bajo el título de Narraciones anda- 
luzas , fué forzoso suprimir mucho de ellas, 
porque , según la Révue littéraire , conte- 
nían trop de théologie. Pensaban nuestros 
vecinos que las hijas de Dom Valera eran 
unas gitanas alegres, armadas de castañue- 
las, dispuestas á bailar seguidillas y jaleo, y 
se encontraron con unas monjas contempo- 
ráneas de Santa Teresa y Fray Luis de Gra- 
nada, que apenas dejaban asomar por entre 
los pliegues de la toca su bello rostro helé- 
nico, donde lucía una volteriana sonrisilla ! 
Con efecto, Valera enamora á los sibaritas 
de las letras, fundiendo la nata y flor de tres 



26 4 



EMILIA PARDO BAZÁN. 



ideales de belleza literaria : el pagano , el de 
nuestro siglo de oro, y el de la más refinada 
cultura moderna; á todo lo cual hay que 
agregar una vena andaluza, dicharachera y 
jocosa./Como además Valera es muy sagaz, 
muy psicólogo, muy dueño de sí, parece que 
los hados le reservaban en la novela espa- 
ñola el lugar de Stendhal en la francesa— un 
Stendhal perfeccionado , impecable en la 
forma cuanto fué pecador el verdadero 
pero á Valera le alejan del realismo varias 
cosas, y sobre todo su condición atildada y 
aristocrática, que le mueve quizá á conside- 
rar el naturalismo como algo tabernario y 
grosero, y la observación de lo real como 
trabajo indigno de una mente prendada de 
la hermosura clásica y suprema. Así es que 
el mayor título de gloria de Valera será la 
forma , esa forma aún más admirable aisla- 
da, que relacionada con los asuntos de algu- 
nas de sus obras. 

No cabe duda que Pepita Jiménez , Doña 
Luz y otras heroínas de Valera hablan muy 
bien, y con muy concertadas y discretas ra- 
zones; mas tampoco puede negarse que, por 
desgracia, hoy nadie habla así , á estilo de 
personaje de Cervantes. Y cuenta que si 
nombro á Cervantes para encarecer la per- 



LA CUESTIÓN PALPITANTE. 



26> 



fección con que disertan los héroes de Va- 
lera, no omitiré advertir que el genio rea- 
lista de Cervantes le impulsó á hacer que 
Sancho, por ejemplo, hablase muy mal, y 
cometiese faltas, y que Don Quijote le en- 
mendase los voquibles. En Valera rio hay 
Sanchos; todos son Valeras, y esto hace que 
se le estudie más bien como á un clásico 
que como á un novelista moderno; lo cual 
para unos será elogio, y para otros censura, 
v allá se las hayan, que yo por mi parte leoá 
Valera hasta con nimia delectación. Y si es 
cierta una teoría literaria que hallé no sé 
en qué famoso crítico francés, y establece 
que los novelistas copian la sociedad, pero 
ésta á su vez imita y refleja á los novelistas, 
aun pudiera ocurrir que nos entrase á todos 
tentación de hablar como los héroes de Va- 
lera, y redundaría en pro del idioma. Deje- 
mos á un lado hipótesis, y pasemos á nom- 
brar los novelistas que representan en Es- 
paña el realismo. 



XIX 



EN ESPAÑA 



ara decir dónde empieza el realismo es- 



X7 pañol contemporáneo, hay que remontar- 
se á algunos pasajes de las novelas de Fer- 
nán Caballero, y sobre todo á los autores de 
las Escenas matritenses y Ayer, hoy y ma- 
ñana, sin olvidar á Fígaro en sus artículos 
de costumbres. Á pesar de lo mucho que se 
diferencian el razonable y discreto Mesonero 
Romanos y el benévolo Flórez del alado, 
cáustico y nervioso Larra, sus estudios so- 
ciales coinciden en cierto templado realis- 
mo, salpimentado de sátira. Cuando tanta 
novela de aquella época pasó para no vol- 
ver, los escritos ligeros de Fígaro y del Cu- 
rioso Parlante se conservan en toda su 
frescura, porque los embalsama la mirra 
preciosa de la verdad. Acrecienta su interés 
el ser espejo de las añejas costumbres na- 
cionales que desaparecían y las nuevas que 




268 



EMILIA PARDO BAZÁN. 



venían á reemplazarlas; en suma, de un-a 
completa transformación social. 

Pereda es descendiente en línea recta de 
aquellos donosos, perspicaces y amables 
costumbristas. Adhirióse francamente á su 
escuela, pero trasladándola de las ciudades 
al campo, al corazón de las montañas de 
Santander. Bizarro adalid tiene en Pereda el 
realismo hispano : al leer algunas páginas 
del insigne autor de las Escenas montañe- 
sas, parece que vemos resucitar á Teniers 
ó á Tirso de Molina. Puédese comparar el 
talento de Pereda á un huerto hermoso, 
bien regado, bien cultivado, oreado por aro- 
máticas y salubres auras campestres, pero 
de limitados horizontes : me daré prisa á ex- 
plicar esto de los horizontes, no sea que al- 
guien lo entienda de un modo ofensivo para 
el simpático escritor. No sé si con delibera- 
do propósito ó porque á ello le obliga el re- 
sidir donde reside , Pereda se concreta á des- 
cribir y narrar tipos y costumbres santande- 
rinas, encerrándose así en breve círculo de 
asuntos y personajes. Descuella como pintor 
de un país determinado, como poeta bucóli- 
co de una campiña siempre igual, y jamás 
intentó estudiar á fondo los medios civiliza- 
dos, la vida moderna en las grandes capita- 



LA CUESTIÓN PALPITANTE. 



269 



les, vida que le es antipática y de la cual 
abomina; por eso califiqué de limitado el 
horizonte de Pereda, y por eso cumple de- 
clarar que si desde el huerto de Pereda no 
se descubre extenso panorama, en cambio 
el sitio es de lo más ameno, fértil y deleita- 
ble que se conoce. 

Pereda, á Dios gracias, no cae en el opti- 
mismo, á veces empalagoso, de Trueba y 
Fernán: al contrario, sus paletos, por otra 
parte divertidísimos, se muestran ignoran- 
tes, maliciosos y zafios , como los paletos 
de veras, y no obstante, los tales rústicos 
son hijos predilectos del autor, á quien visi- 
blemente enamora la sana, apacible y rege- 
neradora vida rural, tanto como le repugnan 
los centros obreros é industriales y su des- 
consolada miseria. Pereda traza con amor 
los perfiles de jándalos , labriegos y mayo- 
razguetes de aldea, gente sencilla , apegada 
á lo que de antiguo conoce , rutinaria y sin 
muchos repliegues psíquicos. Si algún día 
concluyen por agotársele los temas de la tie- 
rruca— peligro no inminente para un inge- 
nio como el de Pereda,— por fuerza habrá de 
salir de sus favoritos cuadros regionales y 
buscar nuevos rumbos. No falta , entre los 
numerosos y apasionados admiradores de 



270 



EMILIA PARDO BAZÁN. 



Pereda , quien desea ardientemente que va- 
ríe la tocata : yo ignoro si el hacerlo sería 
ventajoso para el gran escritor ; siempre 
reina cierta misteriosa armonía entre el es- 
tilo y facultades de un autor y los asuntos 
que elige; esta concordia procede de causas 
íntimas ; además el realismo perdería mucho 
si Pereda saliese de la montaña. Pereda ob- 
serva con gran lucidez cuando la realidad 
que tiene delante no subleva su alma , antes 
le divierte con el espectáculo de ridiculeces 
y manías profundamente cómicas ; pero aca- 
so rompiese el pincel por no copiar las llagas 
más hediondas y la corrupción más refinada 
de otros sitios y otras gentes. 

Para el realismo, poseer á Pereda es po- 
seer un tesoro, no sólo por lo que vale, sino 
por las ideas religiosas y políticas que pro- 
fesa. Pereda es argumento vivo y palpable 
demostración de que el realismo no fué in- 
troducido en España como mercancía fran- 
cesa de contrabando, sino que los que aman 
juntamente la tradición literaria y las demás 
tradiciones, lo resucitan. Cosa que no cogerá 
de nuevo á los inteligentes, pero sí á la tur- 
ba innumerable que cuenta la era realista 
desde el advenimiento de Zola. 

Si Pereda tiene el realismo en la masa de 



LA CUESTIÓN PALPITANTE. 



2 7 I 



la sangre, no así Galdós. Por cierto fondo 
humano y cierta sencillez magistral de sus 
creaciones , por la natural tendencia de su 
claro entendimiento hacia la verdad , y por 
la franqueza de su observación , el egregio 
novelista se halló siempre dispuesto á pa- 
sarse al naturalismo con armas y bagajes ; 
pero sus inclinaciones estéticas eran idealis- 
tas, y sólo en sus últimas obras ha adoptado 
el método de la novela moderna y ahondado 
más y más en el corazón humano , y roto de 
una vez con lo pintoresco y con los persona- 
jesrepresentativos para abrazarse á la tierra 
que pisamos. Aunque no gusto de citarme 
á mí misma, he de recordar aquí lo que dije 
de Galdós, hará sobre tres años, en un estu- 
dio no muy breve que consagré á sus obras 
en la Revista Europea. Desde aquella fe- 
cha , mis opiniones literarias se han modi- 
ficado bastante, y mi criterio estético se for- 
mó como se forma el de todo el mundo , por 
medio de la lectura y de la reflexión; desde 
entonces me propuse conocer la novela mo- 
derna, y no sólo llegó á parecerme el género 
más comprensivo é importante en la actua- 
lidad, y más propio de nuestro siglo, que 
reemplaza y llena el hueco producido por la 
muerte de la epopeya, sino el género en que, 



272 



EMILIA PARDO BAZÁN. 



por altísima prerrogativa, los fueros déla 
verdad se imponen, la observación desinte- 
resada reina, y la historia positiva de nues- 
tra época ha de quedaf escrita con caracte- 
res de oro. No obstante, entonces como hoy 
Galdós era para mí novelista de primer or- 
den, sol del firmamento literario, porque en 
él se reúnen las dotes de equilibrio y armo- 
nía, abundancia y vigor; porque su estilo, si 
no cabe en la estrecha y cincelada ánfora de 
Valera, fluye á oleadas de una urna precio- 
sa ; porque posee felicísima inventiva y ese 
don de la fecundidad , don funesto para los 
malos escritores y aun para los medianos 
que propenden á dormitar, prenda de valor 
inestimable para los grandes artistas. Con 
una sola novela ó con un fragmento de oda, 
puede ganarse la inmortalidad, es cierto; 
pero hay algo que cautiva y suspende en la 
manifestación de la energía creadora de esos 
escritores y poetas que son ellos solos un 
mundo, y que dejan en pos de sí larga poste- 
ridad de héroes y heroínas ; los Shakespea- 
re , los Balzac , los Walter Scott , los Galdós. 

Mas lo que desaprobaba entonces en el 
Galdós de los Episodios , lo que me parecía 
el lado flaco de su extraordinario talento, 
era la tendencia docente —en un sentido am- 



LA CUESTIÓN PALPITANTE. 



273 



plio é histórico, es cierto, pero docente al 
cabo,— el alegato sistemático contra la Espa- 
ña antigua , las paletadas de tierra arrojadas 
sobre lo que fué; y está tendencia, que cada 
vez se iba acentuando más en la magnífica 
epopeya de los Episodios , hasta declararse 
explícitamente en la segunda serie, hizo ex- 
plosión, digámoslo así, en Doña Perfecta, 
en Gloria, en la Familia de León Rock, 
novelas trascendentalísimas, de tesis, y hasta 
simbólicas. Por fortuna, ó más bien por el 
tino que guía al genio, Galdós retrocedió 
para huir de ese callejón sin salida, y en El 
Amigo Manso y en La Desheredada com- 
prendió que la novela hoy, más que enseñar 
ó condenar estos ó aquellos ideales políti- 
cos , ha de tomar nota de la verdad ambiente 
y realizar *con libertad y desembarazo la 
hermosura. ¡Bien haya el ilustre escritor, 
bien haya por haber sacudido el yugo de 
ideas preconcebidas ! Sus desposorios con el 
realismo le preservarán de la tentación de 
hacerse en sus novelas paladín del libre 
pensamiento y del sistema constitucional, 
cosas que yo aquí no juzgo, pero que en los 
admirables libros de Galdós no hacen falta 
como espíritu informante. 
Contando, pues, en la falange realista á 

18 



2 7 4 



EMILIA PARDO BAZÁX. 



Galdós y Pereda , como en la idealista hemos 
visto descollar las figuras de Valera y Alar- 
con, podemos decir que en España está en- 
tablada la lucha — lo mismo que en Francia 
—entre las dos escuelas. Es verdad que aquí 
la batalla se da callandito y sin gran ardor 
bélico; es verdad que aquí no se toma la 
cuestión— ¡qué se ha de tomar! — con el calor 
que en Francia ; puede consistir en varias 
cosas : en que aquí los idealistas no se van 
tan por íos cerros de Úbeda como allá, ni 
los realistas recargan tanto el cuadro, ó sea 
que ninguna de las dos escuelas exagera por 
distinguirse de la otra ; ó acaso en que el 
público es indiferente á la literatura, sobre 
todo á la impresa ; la representada le pro- 
duce más efecto. 

El escritor es un factor de la'producción 
literaria, mas no olvidemos que el otro es el 
público ; al escritor toca escribir, y al pú- 
blico animarle y comprar y poner en las nu- 
bes, si lo merece, lo escrito ; pues bien, en 
España casi no se puede contar con el pú- 
blico ; la amante del público español no es 
la literatura , es la política, y sólo cuando 
esta querida imperiosa le deja unos minutos 
libres, se le ocurre decir á las letras algún 
requiebro é ir á buscarlas al rincón donde 



LA CUESTIÓN PALPITANTE. 275 



se empeñan en no morirse de tedio. No afir- 
mo yo que las novelas carezcan en absoluto 
de lectores, si bien la novela, en nuestra 
tierra de garbanzos, dista mucho de ser, 
como en Inglaterra, una necesidad social; 
pero aquí, que no somos ni comunistas ni 
tacaños, guardamos el comunismo y la ta- 
cañería para las novelas, y todo el mundo 
se asusta de que una novela cueste tres pe- 
setas y hasta dos, como la primera edición 
de los Episodios. Dos pesetas se gastan pron- 
to en el café, en una butaca para el teatro, en 
cohetes, en naranjas, ¡pero en una novela! 
Todo español se tienta el bolsillo. Novela 
tengo yo de Alarcon, Valera ó Galdós, que 
ya he prestado á una docena de personas 
acomodadas , y á cada una que me la pide le 
aconsejaría, por su bien , que la comprase, 
á no recelar que atribuyese el consejo á 
mala voluntad de no prestarla. En fin, ¿qué 
más? jhubo quien me pidió prestadas mis 
propias novelas! Y sin embargo, no sé si 
llegaría á cincuenta duros lo que costase 
formar una biblioteca completa de novelis- 
tas españoles contemporáneos. 

¿Qué puede esperar aquí el novelista? Fi- 
jemos el plazo de medio año para planear, 
madurar, escribir y limar una novela, es- 



276 



EMILIA PARDO BAZAN. 



merada en la forma y meditada en el fondo : 
¿cuál es el producto? Valera declara que su 
Pepita Jiménez— su perla— le habrá valido 
unos ocho mil reales. ¡De suerte que no as- 
ciende á mil duros al año lo que el ingenio 
novelesco de Valera puede reportar! Casi 
comprendo que prefiera la embajada. 

Y es de advertir que si el novelista espa- 
ñol no saca provecho materialmente ha- 
blando , tampoco gana mucha honra , ni esas 
ovaciones embriagadoras que elevan veinte 
palmos del suelo á los autores dramáticos. 
Para éstos son todas las ventajas, las pecu- 
niarias y las literarias , amén de verse li- 
bres y exentos de la innoble competencia 
que la novela por entregas y las malas tra- 
ducciones del francés hacen á los novelado- 
res que se precian de respetar el idioma y el 
sentido común. 

Y no me diga nadie que la cuestión de di- 
nero es baladí, y que basta con la prez de 
haber escrito algo bueno, aunque nadie ma- 
nifieste estimarlo. Si el sacerdote vive del 
altar, ¿por qué no ha de vivir el novelista de 
la novela? Y puesto caso que no necesite 
para vivir lo que la novela produzca, ¿no ha 
de apreciar el dinero, única señal evidente 
de que no le falta público? Con este sistema 



LA CUESTIÓN PALPITANTE. 277 



de empréstito que se estila en España , una 
novela puede tener treinta mil lectores y 
sólo mil ejemplares de edición. 

Entre las causas que hacen improductiva 
la novela en España, no debería contarse la 
escasez de lectores , pues nosotros tenemos 
un público inmenso, si atendemos á las re- 
públicas de Sud América que hablan nues- 
tro idioma. Pero gracias á la indiferencia 
conque se mira cuanto á las letras atañe» 
los libreros é impresores de por allá pueden 
saquear á los escritores hispanos muy á su 
sabor, y ese público ultramarino resulta es- 
téril para la prosperidad de la literatura 
ibera. 

Asi es que, bien considerado, todavía es 
admirable que gocemos de tantos buenos 
novelistas en España, y de tanta excelente 
novela, y que en ese género , que Gil y Za- 
rate y Coli y Vehi ponen á la cola y hoy 
marcha á la cabeza de los demás, nos halle- 
mos á la altura de las primeras naciones 
europeas. No contamos por docenas los 
grandes novelistas vivos, pero tampoco los 
cuenta Francia, ni menos, que yo sepa, In- 
glaterra, Alemania é Italia. Comparadas 
obras con obras , no cede nuestra patria el 
paso. Además de Pereda, Galdós, Alarcon 



278 EMILIA PARDO BAZÁN. 



y Valera, de quienes más especialmente 
traté , hay la cohorte donde figuran Nava- 
rrete, Ortega Munilla, Castro y Serrano, 
Coello, Teresa Arroniz, Villoslada, Pala- 
cio Valdés, Amos Escalante, Oller, unos 
representando los antiguos métodos, otros 
los nuevos, pero todos enriqueciendo la no- 
vela patria. 

¡Quiera Dios que el homenaje públicamen- 
te tributado á Pérez Galdós estos días sea 
indicio cierto de que el público empieza á 
recompensar los esfuerzos de la falange sa- 
grada! ¡Quiera Dios que el entusiasmo no 
se disipe como la espuma del Champagne 
conque brindaron ! 



XX. 



Y ÚLTIMO 



Hemos llegado al fin de la jornada, no por- 
que se agotase la materia, sino porque 
se cumplió mi propósito de reseñar la histo- 
ria del naturalismo, sobre todo en la novela, 
campo donde con más lozanía crece esa 
planta tenida por ponzoñosa. Tela queda 
cortada , no obstante , para el que venga 
atrás : aparte del interesantísimo estudio 
que podrán hacer sobre la novela italiana, 
alemana, portuguesa y rusa— en todas ellas 
ha penetrado, con más ó menos pujanza , el 
espíritu del realismo— le dejo intacto y vir- 
gen el casi pavoroso problema de la reno- 
vación del arte dramático y la poesía lírica 
por medio del método naturalista. Yo bien 
diría mi parecer acerca de todo eso que 
paso por alto; sólo que si de la novela italia- 
na, rusa y alemana conozco lo más culmi- 
nante,— las obras de Fariña , Turgueneff, 



280 



EMILIA PARDO BAZÁN. 



Evers, Freytag , Sacher Masoch,— apenas 
me formo clara idea del conjunto, y sentiría 
proceder con esas literaturas del modo que 
suelen los críticos franceses con la nuestra, 
hablando á tun tun y sin conocimiento de 
causa; y por lo que hace al naturalismo en 
las tablas, se me ocurren tantas cosas, y al- 
gunas tan peregrinas y desusadas por acá, 
que me sería forzoso escribir otro libro si 
había de exponerlas debidamente. Quédese 
para pluma más experta en achaque de lite- 
ratura dramática. 

Tocante al naturalismo en general , ya 
queda establecido que, descartada la per- 
niciosa herejía de negar la libertad hu- 
mana, no puede imputársele otro género de 
delito : verdad que éste es grave, como que 
anula toda responsabilidad , y por consi- 
guiente , toda moral ; pero semejante error 
no será inherente al realismo mientras la 
ciencia positiva no establezca que los que 
nos tenemos por racionales somos bestias 
horribles é inmundas como los yahús de 
Swift, y vivimos esclavos del ciego instinto 
y regidos por las sugestiones de la materia. 
Antes al contrario, de todos los territorios 
que puede explorar el novelista realista y 
reflexivo, el más rico, el más variado é in« 



LA CUESTIÓN PALPITANTE. 28 1 



teresante es sin duda el psicológico , y la 
influencia innegable del cuerpo en el alma 
y viceversa, le brinda magnífico tesoro de 
observaciones y experimentos. 

Sin detenerme en el punto anterior, ya su- 
ficientemente tratado, no quiero omitir que 
si abundan los acusadores rutinarios del na- 
turalismo, en cambio no falta quien asegure 
que no existe, ó que bien mirado es idéntico 
al idealismo, como dicen algunos historia- 
dores de la filosofía que son , en el fondo, 
Platón y Aristóteles. Y hay autores, por más 
señas realistas hasta los tuétanos , que re- 
pugnan ser clasificados con el nombre de 
tales , y protestan que al escribir sólo obe- 
decen á su complexión literaria , sin ceñirse 
á los preceptos de escuela alguna : así el 
insigne Pereda, en el prólogo de De tal palo 
tal astilla. ¿ Á quién no agrada blasonar de 
independiente, y quién no se cree exento del 
influjo , no sólo de otros autores, sino hasta 
del ambiente intelectual que respira? No 
obstante, ni al mayor ingenio es lícito jac- 
tarse de tal exención ; todo el mundo, sépalo 
ó no, quiéralo ó no, pertenece á una escuela 
á la cual la posteridad le afilia no respetando 
sus protestaciones y atendiendo á sus actos. 
La posteridad , ó dígase los sabios, eruditos 



282 



EMILIA PARDO BAZÁN. 



y críticos futuros, procediendo con orden y 
lógica, pondrán á cada escritor donde deba 
hallarse, y dividirán y clasificarán y consi- 
derarán á los más claros genios como repre- 
sentantes de una época literaria; así se hará 
mañana , porque así se hizo siempre. ; Ay del 
autor á quien no reclame para sí escuela al- 
guna! Los más excelsos artistas están clasi- 
ficados : sabemos qué fueron — según rasgos 
generales, y por modo eminente— Homero 
y Esquilo, Dante y Shakespeare. ¿Pierde 
algo Fr. Luis de León porque se le llame 
poeta neo-clásico y horaciano? ¿Vale menos 
Espronceda por by romano y romántico? ¿Es 
mengua de Velázquez ser pintor realista ? 

Una ventaja tenemos hoy, y es que la pre- 
ceptiva y la estética no se construyen a 
priori, y las clasificaciones ya no son arti- 
ficiosas y reglamentarias , ni se consideran 
inmutables, ni se sujetan á ellas los ingenios 
venideros, antes ellas son las que se modifi- 
can cuando hace falta. Se ha invertido el 
papel de la crítica, ó mejor dicho, se le ha 
señalado su verdadero puesto de ciencia de 
observación , suprimiendo sus enfadosos 
dogmatismos y su impertinente formulario. 
En el día , la crítica se concierta á los gran- 
des escritores, pasados y presentes , y los 



LA CUESTIÓN PALPITANTE. 283 



define , no como debieron ser en opinión del 
preceptista, sino como ellos se manifestaron, 
y el árbol es conocido por sus frutos. Así el 
artista independiente , que repugna las clasi- 
ficaciones arbitrarias, no tiene por qué suble- 
varse contra la crítica nueva , cuyo oficio 
no es corregir y distribuir palmetazos , sino 
estudiar y tratar de comprender y explicar 
lo que existe. 

Hoy más que nunca se proclama que, den- 
tro de cualquier dirección artística, convie- 
ne al individuo conservar como oro en paño 
su carácter propio y afirmarlo y desenvol- 
verlo lo más constante y enérgicamente que 
sepa, y que de esa afirmación y conserva- 
ción y desarrollo pende , en última instancia, 
el sabor y colorido de sus obras. Va es casi 
una perogrullada decir que cada cuál debe 
abundar en su propio sentido, y de hecho, 
si inventariamos á un autor según sus rasgos 
generales, lo distinguimos después por los 
particulares, al modo que suelen las her- 
mosuras dividirse en tipos morenos, rubios 
y castaños, y cada uno de ellos posee sus 
peculiares gracias y fisonomía. 

Zola siente acertadamente que el natura- 
lismo más se ha de considerar método que 
escuela; método de observación y experi- 



284 



EMILIA PARDO BAZÁW 



mentación , que cada cual emplea como pue- 
de; instrumento que todos manejan en dife- 
rente guisa. Tengo para mí que en esto he- 
mos adelantado, y que se parecían más en- 
tre sí dos líricos, ó dos autores dramáticos 
antiguos, de lo que se parecen hoy, por 
ejemplo, dos novelistas. Pienso que antes 
eran las escuelas más tiránicas y menos 
abundante el juego de los registros que po- 
día tocar un autor. Hasta en copiarse unos 
á otros se me figura que hacían menos es- 
crúpulo los antiguos. No me concierne decir 
si los estudios que hoy termino ayudarán al 
conocimiento de las tendencias de las nuevas 
formas y á la demostración de que llevan la 
mejor parte en la lid y son dueñas y señoras 
del último tercio de nuestro siglo. Yo no 
desconozco la gallardía, la riqueza, la fe- 
cundidad de otras formas hoy expirantes, ni 
trato de probar que las que se nos van im- 
poniendo sean límite fatal de la humana in- 
teligencia, que, ávida de belleza, la buscará 
siempre consultando con ansiosa ojeada los 
más remotos puntos del horizonte. La belle- 
za literaria , que es en cierto modo eterna, 
es en otro eminentemente mudable, y se re- 
nueva como se renueva la atmósfera, como 
se renueva la vida. No pronostico, pues, el 



LA CUESTIÓN PALPITANTE. 28 S 



perenne reinado, sino sólo el advenimiento 
del realismo; y añado que su noción funda- 
mental es imperecedera, y que su método 
será tan fértil en resultados dentro de diez 
siglos como ahora. 

Un fiel pintor de paisaje no pone en la pa- 
leta para copiar el sol y el firmamento de 
Andalucía las mismas tintas que empleó 
para celajes del Xorte. En España, realismo 
y naturalismo han de tener muy distinto co- 
lor que en Francia. Es el realismo tradición 
de nuestra literatura y arte en general; 
nuestros narradores se distinguieron por la 
frase gráfica y la observación franca y sin- 
cera; y desde los tiempos gloriosos de nues- 
tra mayor prosperidad intelectual, Cervan- 
tes hizo al lector trabar conocimiento con 
jiferos y rameras, arrieros , galeotes y pica- 
ros de la hampa, y lo condujo á la alma- 
draba y á la casa non sancta de la Tía Fin- 
gida ; que por entonces no se le daban á la 
literatura polvos de arroz, ni nadie la per- 
fumaba con almizcle, ni era remilgada da- 
misela atacada de vapores y desmayos, sino 
matrona robusta y bizarra, enamorada de 
la vida real y de la aventurera y heroica 
existencia del Renacimiento. Pues bien, hoy 
que los tiempos han cambiado, tanto se en- 



286 



EMILIA PARDO BAZÁN. 



gañará quien piense que podemos repetir en 
todo aquella novela picaresca , como quien 
pretenda calcar servilmente la francesa con- 
temporánea. Nuestro pueblo no es el de Bou- 
gival,ni el del arrabal de San Antonio, ni 
el que frecuenta el Assommoir ; nuestras 
damas no se asemejan á Renata, la esposa 
de Rougon, ni nuestras comediantas á la 
Faustin; pero tampoco hoy viven los hués- 
pedes de Monipodio , ni la heroína de La 
fuerza de la sangre , ni Preciosa, la gitani- 
11a, ni.... ¿á qué cansarnos? La España actual 
no es la del siglo xvi , ni menos es Francia, 
y las novelas contemporáneas españolas tie- 
nen que retratarla en su verdadera figura. 

No estamos muy lucidos , en cierto res- 
pecto, los iberos ; mas los pensadores de la 
nación vecina hablan de una cosa terrible 
que llaman finís Gallice y explica las som- 
brías tintas del naturalismo francés. Acá, 
los que estudiamos el pueblo , no ya en las 
aldeas, no en las comarcas montañosas, que 
gozan fama de morigeradas costumbres, sino 
en un centro obrero y fabril , notamos-— sin 
pecar de optimistas— que , á Dios gracias, 
nuestras últimas capas sociales se diferen- 
cian bastante de las que pintan los Goncourt 
y Zola. Así el realismo , que es un instru- 



LA CUESTIÓN" PALPITANTE. 



287 



mentó de comprobación exacta, da en cada 
país la medida del estado moral, bien como 
el esfigmógrafo registra la pulsaciónnormal 
de un sano y el tumultuoso latir del pulso de 
un febricitante. 

Dije al principio de estos artículos que me 
concretaría á exponer el naturalismo con 
imparcialidad, y, en efecto, me esmeré en 
señalar los que tengo por errores y vicios 
suyos . lo mismo que los que me parecen 
aciertos singulares. Ha recompensado mis 
esfuerzos la atención que el público otorgó 
á esta serie :— atención extraordinaria com- 
parada conla que acostumbra conceder á los 
trabajos de orden puramente crítico é histó- 
rico.— El interés con que se buscaron y leye- 
ron mis artículos; las observaciones, felicita- 
ciones y elogios ardentísimos que les prodi- 
garon varones eminentes; las voces que ya 
en son de aprobación , ya de protesta, llega- 
ron á mis oídos, probáronme, no la excelen- 
cia de mi trabajo ( cuyos defectos no se me 
ocultan), sino su oportunidad , y si la frase 
no parece inmodesta, lo muy necesario que 
en la república de las letras era ya alguien 
que tratase despacio la cuestión, á la vez tri- 
llada y ardua, y, sobre todo, realmente pal- 
pitante, del naturalismo. 



288 



EMILIA PARDO BAZÁN. 



Lo que me resta desear es que venga en 
pos de mí otro que con más brío, más cien- 
cia y autoridad que yo , esclarezca lo que 
dejé obscuro , y perfeccione lo que imper- 
fecto salió de mis manos. 



RESPUESTA 



A LA EP1STCL\ 



DEL SEÑOR MARQUÉS DE PREMIO-REAL 



uy señor mío: La cortés epístola que V. 



IVl se ha servido dirigirme en las columnas 
de La Epoca, correspondiente al domingo 
8 del actual, puede dividirse en dos partes. 
Redúcese la primera á dedicarme elogios 
inmerecidos y referir cómo llegaron á cono- 
cimiento de V. mis obras literarias; la se- 
gunda á impugnar algunos hechos y opinio- 
nes que se contienen en el artículo xvn de la 
serie que bajo el epígrafe de La Cuestión 
palpitante he publicado. 

Á la primera parte de su epístola no ten- 
go, pues, nada que contestar , como no sea 
inclinarmeagradeciendo las alabanzas, acep- 
tando la amistad que me brinda, y dispen- 

> Insértase esta respuesta por aclararse en ella algunos pun- 
tos tocados muy de paso en el discutido artículo xvn. 



EN INGLATERRA. 




290 



EMILIA PARDO BAZÁX. 



sando de buen grado la ceremonia sajona de 
la previa presentación, abrogada en la cam- 
pechanísima república de las letras, donde 
todos nos introducimos en casa de la perso- 
na más respetable para nosotros—el público 
—sin más padrinos que nuestro propio arres- 
to y desenfado. Respecto á la segunda, em- 
piezo advirtiendo que no es V. el primero en 
poner objeciones á La Cuestión palpitante, 
y que yo había resuelto no responder sino á 
los impugnadores de todo el cuerpo de doc- 
trinas que contiene la serie, si alguno se 
presentaba; obedeciendo esta determinación 
al deseo de que la polémica tuviese carácter 
grave y tal vez redundase en beneficio de 
las letras españolas. Mas su epístola de V. 
no sólo censura doctrinas mías , pero niega 
hechos concretos que cité en su apoyo : ya 
no puedo hacerme la desentendida. 

Empieza V. á objetarme diciendo que le 
falta espacio para demostrar la gran diferen- 
cia que existe entre el realismo de Shakes- 
peare y el de Zola. Si se refiere V. á diferen- 
cias de método, de concepto filosófico, y 
sobre todo históricas, no creo piense V. que 
las desconozco, cuando precisamente toda 
mi serie de artículos está basada en la idea 
de la incesante transformación que sufre la 



LA CUESTIÓN PALPITAN!^. 



29I 



literatura, adaptándose , ó, mejor dicho , con- 
certándose á la edad en que nace y vive; 
pero si (como se desprende del sentido del 
párrafo) lo que quiere V. dar á entender es 
que Shakespeare fué más pulcro y comedido 
que Zola, y presentó la realidad envuelta en 
más tupidos cendales, entonces sostengo mi 
afirmación de que el gran autor de Mid- 
summer night's dream llegó hasta donde 
Zola, con todo su naturalismo, no osará se- 
guirle, j Shakespeare ! Un año entero le tra- 
duje en alta voz , en unas reuniones íntimas, 
casi de familia , conque engañábamos las 
noches en esta su casa ; y aunque á ellas 
no asistían doncellitas inocentes, en mi vida 
me he visto en tales aprietos , variando acá 
y saltando acullá pasajes que no eran para 
leídos. V. me encarga que repase el texto 
shakesperiano. Bien, .pues haga usted el fa- 
vor de acompañarme, y lo repasaremos á 
medias : yo indicaré el pasaje, V. lo recorre- 
rá y me dirá luego qué le parece de él. 

Descartemos el Titus Andronicus, quesea 
original ó sólo refundido por Shakespeare, 
siempre es un espeluznante dramón,y hable- 
mos sólo de las obras maestras. ¿ Recuerda 
V. en Hamlet los groseros equívocos con 
•que éste abochorna á Ofelia (acto 3.°esce- 



292 



Emilia pardo bazán. 



na II); That's a fair thotight.... It would 
cost you.... y los consejos que da á la reina 
(acto 3.°, escena IV) Leí the bloat King..., 
diálogo entre un hijo y una madre que 
ningún autor dramático se atrevería hoy 
á escribir? ¿Se ha fijado V. en varios pa- 
sajes de Otelo, desde lo que Yago dice á 
Brabanczo ( acto escena I) Evennoiv, 
even now, an oíd black ram.... y lo que 
diserta con Rodrigo (acto escena III ) If 
the balance of our Uves.... hasta la esce- 
na III del acto 3.°, donde el mismo Yago en- 
ciende la sangre del moro : O , beware, my 
lord.... y todos los cuadros que después le 
pinta? ¿Qué me cuenta V. de Romeo and 
Juliet, con aquella conjuración de Mercu- 
rio (acto 2. , escena I) byherfinefoot, strai- 
ght leg.... y aquellas chanzonetas subidas 
de color que se permite la nurse, cuando en 
el mismo acto 2. , escena V, exclama diri- 
giéndose á Julieta, Then hie you henee? 

¿ Y AIVs well that ends well? ¿Cómo se las 
compondría V. para referir á una dama el 
argumento ( del cual han hecho reciente- 
mente una opereta que escandalizó á los na- 
cidos y dió pie á la gente gárrula para de- 
clamar contra el impudor del moderno tea- 
tro?) ¿Cree V. que, así y todo, el libretista 



LA CUESTIÓN PALPITANTE. 293 



contemporáneo habrá osado reproducir tex- 
tualmente pláticas como la del acto es- 
cena I, entre Parolles y Helena ó el conve- 
nio entre Beltrdn y Diana, « When mid- 
night comes...?» 

Por mucho que Zola extreme la grosería 
exterior , ¿ llegará á cosas tan indecorosas 
como es la escena IV del acto 3. de King 
Henry V, la lección de inglés que da á la 
princesa Catalina de Francia su camarista 
Alicia? Por mucho que acentúe la nota ho- 
rrible , ¿alcanzará al episodio del ojo arran- 
cado y pisoteado, en King Lear? ¿Hay 
estudio más cruel de la flaqueza humana 
que la escena en que Ricardo III , asesino 
de los hijos de Eduardo , pide á la madre 
de las inocentes víctimas la mano de su hija, 
y deposita en su frente un beso filial ? ¿ Qué 
le quedó á Shakespeare por analizar, ni qué 
respetó su musa , después de presentarnos á 
los príncipes de Gales corriéndola ( no en- 
cuentro palabra más expresiva ) con los 
Falstaff y los Poins y tomando la corona 
de la frente del agonizante padre , y á los 
magnates y obispos tratándose como se 
tratan Gloster y Winchester en la esce- 
na IV del acto 5. de King Henry VI, y al 
severo Angelo de Measure for measure 



294 



EMILIA PARDO BAZÁN. 



murmurando al oído de Isabel «fit thy con- 
sent to....?» En fin, señor Marqués, el lector 
se impacientará de tanta cita inglesa ; mas 
si á V. le parecen pocas , dispuesta estoy á 
multiplicarlas, porque aún perdoné la men- 
ción de Troilus and Cr essida, que, como 
V. sabrá, es la madre de las actuales des- 
vergonzadas óperas bufas, y de Merry wi- 
ves of Windsor , donde hay sal y pimienta 
y hasta guindillas valencianas , y de otras 
mil cosas de Shakespeare ante las cuales— 
insisto en ello— se queda Zola tamañito. 

Y ahora dígame V. por su vida : ¿dejará 
Shakespeare de ser un genio portentoso y 
único en Inglaterra porque yo haya tenido 
que comerme pasajes del texto shakespe- 
riano cuando lo leía de recio? ¿Serán supe- 
riores á él, podrán siquiera mirarle sin ce- 
gar con su luz esos novelists de ambos sexos 
que amenizan las veladas del home británi- 
co? Reconozcamos de una vez que la belleza 
de la obra de arte no consiste en que se pue- 
da leer en familia : es más ; creo que apenas 
existirá familia en el mundo cuyos indivi- 
duos tengan todos la inteligencia al diapa- 
són de las obras maestras de alta literatura ; 
y añado que ni los mismos escritores místi- 
cos, ni la sublime Imitación, ni la Biblia, ni 



LA CUESTIÓN PALPITANTE. 295 

el Evangelio, son para todas las cabezas. 
Los protestantes, metiendo este divino li- 
bro en manos indoctas, hicieron hartos fa- 
náticos y muchos locos de atar. 

Le llama á V. la atención mi aserto de que 
donde quiera que prevaleció el espíritu de la 
Reforma , fué elemento de inferioridad lite- 
raria. No sé si se fijó V. en el valor de la 
palabra espíritu. Por prevalecer el espíritu 
entiendo yo, y creo que entiende todo el 
mundo, no la victoria material, sino el pre- 
dominio moral y completo en las costum- 
bres sociales y en los ideales artísticos. Así 
Alemania no es argumento en contra de 
mi tesis, porque allí el protestantismo no 
logró nunca hacer la sociedad y las letras 
á su imagen. Inglaterra, Suiza, Norte Amé- 
rica, son los países donde el espíritu refor- 
mista logró infiltrarse y dominar ; Inglate- 
rra, al enterrar con Shakespeare la última 
savia católica, enterró también, para siem- 
pre, el drama ; suizos y yankees ya sabe- 
mos lo que han dado de sí. Por lo demás, 
el aserto lio es hallazgo mío ; lo deduje de 
la lectura de Taine, autor poco sospechoso 
de parcialidad católica. 

Acúsame V. de demasiado severa con mis 
compañeras las novelistas británicas. Lo 



EMILIA PARDO BAZÁN. 



sentiría si fuese verdad, porque me parecen 
del peor gusto las envidillas entre señoras ; 
pero me tranquiliza el haber dicho que des- 
de la muerte de Dickens, Bulwer y Thacke- 
ray, el cetro de la novela inglesa pertenece 
á la ilustre Jorge Elliot. También asegura 
V. que mis observaciones sobre la influencia 
de las autoras hijas de clérigos pierden su 
valor, porque éstas sólo componen una mí- 
nima parte de las damas que escriben. Pues 
fijémonos sólo en las novelistas más conoci- 
das, y resulta que deben el ser á ministros, 
rectores y vicarios, Jane Austen, Jorge 
Elliot y Francés Trollope (tronco déla nu- 
merosa y célebre familia novelista Trollope), 
las tres nombradísimas Currer , Ellis y Ac- 
ión Bell, Elisa Linn Linton , ElizabetJi 
Gaskell (hija de un reverendo y mujer de 
otro, por más señas). Si esto sucede con las 
principales, lo mismo pasará con las secun- 
darias; por lo demás, claro está que no pre- 
tendo que todas las novelists sean hijas de 
clergymen ; ya sé que las hay hasta ladies, 
en el sentido restrictivo de la palabra, y que 
la primer authoress de Inglaterra— por or- 
den de jerarquía social— es la Reina Victo- 
ria. Mas no por eso es menos cierto lo que 
digo del carácter predicador que aquellas 



LA CUESTIÓN PALPITANTE. 297 



diaconisas imprimen á las letras, y délo que 
se esmeran, como miss Yonge y miss Se- 
well, en usar su pluma in aid of religión. 

No cité á Ouida y J. Elliot como únicos 
que se destacan sobre un océano de cabezas 
vulgares, pero confieso ingenuamente no co- 
nocer á las autoras ó autores de esas nove- 
las de relevante mérito, publicadas en los 
seis últimos meses y que V. nombra (á ex- 
cepción de Miss Oliphant , de la cual tengo 
noticia). Á los restantes misters, mistress y 
ladies, Grevilie, Diehl, Ridell, Adams, Cas- 
hel Hoey,Gerard, Say, los he buscado en 
balde, no sólo en el Diccionario biográfico 
de escritores contemporáneos de Guberna- 
tis (obra bastante incompleta, es cierto), sino 
en la detallada reseña que de la literatura 
inglesa contemporánea hace el volumen 2,000 
de la colección Tauchnitz, sin poder dar con 
ellos ni tropezados en Revista alguna de las 
que leo para seguir el movimiento literario. 
Estarán, pues, esos y esas novelistas en la 
aurora de su celebridad, y yo no puedo (se- 
gún indico en mi artículo sobre la novela 
inglesa) leer cuanta novela se imprime en 
Inglaterra, ni siquiera la mitad ó la cuarta 
parte; cuando la fama, salvando el Estrecho, 
trompetea una y otra vez un nombre de au- 



298 



EMILIA PARDO BAZAS. 



tor y lo levantad la altura, no ya del de 
Dickens ó Elliot , pero al menos del de Ouida 
ó missBraddon, es cuando los extranjeros 
podemos atrevernos á pedir sus obras, sin 
temor de que nos pase como á cierto amigo 
mío, que se perecía por los estrenos y com- 
praba muy cara la butaca, y luego salía re- 
negando de haber gastado tanto dinero en 
aburrirse y oir simplezas. 

He respondido á lo concreto; tocante á 
aquello que empieza V. á devanar, en mis 
artículos constan mis opiniones, y si tiene 
V. paciencia asaz para buscarlas, allí las 
encontrará. 

Una pregunta antes de concluir. ¿Por qué 
hace V. que Echegaray pague, como suele 
decirse, los platos rotos en esta escaramuza? 
Yo le aseguro á V. que Echegaray está ino- 
cente de los motines realistas que empiezan 
á estallar; yo le respondo á V. deque el 
ilustre autor de El Gran Galeoto no viste 
nunca el prosaico gabán de Zola, y prefiere 
la ropilla de Lope de Vega; no me meto en 
si le viene estrecha ú holgada; digo que viste 
ropilla y usa espada de cazoleta y chamber- 
go con plumas , y bizarro cintillo de pedre- 
ría. Y en cuanto á si diluye ó no los argu- 
mentos para que completen los tres actos, 



LA CUESTIÓN PALPITANTE. 



299 



siempre sería grave defecto, hiciéralo él ó 
hiciéralo el mismo Lope; mas yo creo que 
no es argumento ni recursos dramáticos lo 
que falta á Echegaray. 

Quiero terminar dando á V. gracias por 
haber confirmado de todo en todo mi aserto 
de que es opinión aristocrática la de la su- 
premacía de la novela inglesa. Ya ve V, si 
tenía yo razón : el primer paladín que sale á 
romper lanzas por esa miss pulcra y formal 
y derecha como un huso, es un título de 
Castilla. 

Celebra esta coyuntura de haber conocido 
á V. , y se ofrece de V. con especial consi- 
deración afectísima y segura servidora, 

Q. B. S. M , 

Emilia Pardo Bazán. 



La Coruña 12 de Abril de 1885. 



INDICE 



PÁGS. 



Prólogo de la autora á la cuarta edición. , . 5 

Prólogo de la edición francesa 17 

Opiniones de Emilio Zola sobre La Cuestión Palpitante. 23 

Prólogo de la segunda edición. . . , 27 

í. Hablemos del escándalo 43 

II. Entramos en materia 55 

III. Seguimos filosofando 67 

IV. Historia de un motín 77 

V. Estado de la atmósfera 89 

VI. Genealogía 99 

VII. Prosigue la genealogía 113 

VIII. Los vencidos 127 

IX. Los vencedores 141 

X. Flaubert 155 

XI. Los hermanos Goncourt . . 169 

XII. Daudet 183 

XIII. Zolá. — Su vida y carácter 195 

XIV. Zola. — Sus tendencias 207 

XV. Zola. — Su estilo 219 

XVI. De la moral 23 1 

XVII. En Inglaterra 243 

XVIII. En Espiña 255 

XIX. En España 267 

XX. ... y último 279 

Respuesta á la epístola del Sr. Marqués de Premio- 
Real 2SC) 



OBRAS 

DE 

EMILIA PARDO BAZAN 

DE VENTA EN LAS PRINCIPALES LIBRERÍAS , Y QUE PUEDEN PEDIRSE 

Á la Administración del «Nuevo Teatro Crítico», San 
Bernardo, 37, pral. — Madrid. 



Mi romería. — Forma un elegante tomo que se vende al pre- 
cio de 2 pesetas 50 céntimos, y contiene el siguiente índi- 
ce : A Roma. — La romería en siluetas. — Una Salve. — Viaje 
de recreo... espiritual. — La Noche Buena en Roma — La 
Iglesia Madre. — Güdfosy gibehnos. — El fantasma blanco. — 
Los Santos novísimos. — Dos muertes. — Una audiencia y una 
grilla. — Un cicerone gratis. — Jornada florentina. — Una visita 
á San Antonio de Padua. — Loreto. — Acqua Vergine. — Don 
Carlos. — Confesión política. 

La revolución y la novela en Rusia (segunda edición). — 
Forma un grueso tomo de 453 páginas, que se vende al pre- 
cio de 5 pesetas, y contiene el siguiente índice ¿ — I. Idea 
de este ensayo. — La naturaleza. — La ra%a. — La historia. — 
La autocracia. — El comunismo agrario. — Las clases sociales. 
— La servidumbre. — II. La palabra «nihilismo». — Orígenes 
de la revolución. — La mujer y la familia revolucionaria. — 
«Ir al pueblo.» — Hert^en y Bakunine. — La novela nihilista. 
— El terror. — Policía y censura. — Orígenes de las letras 
rusas. — El romanticismo : los poetas líricos. — El realismo: 
Nicolás Gogol. — III. El poeta y artista Turguenef. — «Oblo- 
movismo» : la pereda eslava. — El psicólogo y alucinado Dos- 
toyeuski. — El nihilista y místico , conde Tolstoy. — Naturalis- 
mo francés y naturalismo ruso. 

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ne el siguiente índice : Prólogo. — La poesía regional gallega 
(Rosalía Castro). — El Padre Feijóoy su siglo. — La casa sola- 
riega de Feijóo. — Eduardo Pondal. — Valentín Lamas Carva- 
jal. — Benito Losada. — El monasterio d¿ Rivas d¿ Sil. — San 
Rosendo y su monasterio, en Celanova. — El país d¿ las Ben- 
ditas Animas. — El castillo de Sobroso. — Manneda. — ¿Idioma 
ó dialecto ? 



OBRAS COMPLETAS 

DE 

EMILIA PARDO BAZÁN 

EDICIÓN CORREGIDA Y REVISADA l'OR LA AUTORA 



Publícase en tomos de más de 300 páginas , de esmerada im- 
presión y rico papel. 

En prensa el tomo 11. — Nuevo: lo formará La Piedra angu- 
lar, nove'a. — Tres pesetas en toda España. 

Seguirán muy en breve reimpresiones de Los Pa^os de Ulloa, 
La Madre naturaleza , La Tribuna, hoy agotadas, alternando 
con obras nuevas. 

Véndese en las principales librerías. Los pedidos al 
nistrador de las Obras completas de Emilia Pardo Ba^án, Ancha 
de San Bernardo , 57, pral. — Madrid. 



NUEVO TEATRO CRÍTICO DE EMILIA PARDO BAZAN 



El i.° de Enero de 1892 entra en el segundo año de s.: pu- 
blicación esta Revista, que ve la luz todos los meses en forma 
de elegante folleto, conteniendo cien páginas de texto. El \uc- 
vo Teatro Critico está redactado exclusivamente per Emilia 
Pardo Baz^n , y además de publicar cuentos, novelas, des- 
cripciones de viajes y biografías de personajes ilustres . estu- 
dia y juzga detenidamente todo libro de importancia que apa- 
rece en territorio español ó hispano-americano , así como los 
dramas y comedias que con justicia fijan la atención del flú- 
blico. Las personas deseosas de seguir la marcha de nuestras 
letras, especia'mente en lo que corresponde á novela , historia, 
crítica y teatro, la encontrarán seguida paso á paso y refleja- 
da fielmente en el Nuevo Teatro Cri ico. 

CONDICIONES DE VENTA Y SUBSCRIPCIÓN . 



Número suelto 1,50 pesetas. 
Subscripción : Un año, 15 pesetas. 

Los pagos deberán hacerse siempre adelantados, en !et r a o 
libranza de fácil cobro. 

La correspondencia administrativa, al Sr. Administrjdor del 
Nuevo Teatro Critico, Ancha de San Bernardo, 57. pral . Ma- 
drid. — La correspondencia literaria y libros , á la Sra. Dcña 
Emiüa Pardo Bazán.